Heráldica de Mandrake «Nunca Basto Con Rezar» (2025)
Por Pablo Rumel.
NUNCA BASTÓ CON REZAR: LOS TECNOBRUJOS VUELVEN A LA CARGA
Sombrío, tétrico, catastrófico, como un poema de César Vallejo, sangriento, satírico, obsceno, como los versos del Conde de Lautréamont, poesía más turbia que la bilis montada sobre un caballo pálido, NUNCA BASTÓ CON REZAR, es el último álbum de Heráldica Mandrake con cuatro pistas de mediana y larga duración, quienes vuelven al galope en el formato que ya nos tienen acostumbrados: crudo, directo al hueso, con canciones más espesas que alquitrán bajo la lluvia.
Con «Incertidumbre y gloria» comienza la gesta, un corte de 7:35 que inicia con pequeños golpes de platillos, dando paso a un punteo lento, armonizado con bajo y guitarras; las cuatro cuerdas, obra y gracia del tecnobrujo Vicente Zamorano se oye con una densidad especial, ni sucia ni limpia, en el justo medio para otorgarle la densidad que demanda el tema.
Tras el arranque llegan hasta nosotros riffs sabathianos, los cuales blindarán la voz del guitarrista y vocalista Francisco Visceral Rivera, voz con una vibra tenuemente de ultratumba, con tonos medios (algo forzados en los altos), y que nos recordarán las viejas glorias de los Candlemass de la etapa Messiah Marcolin, una voz que se abre paso desde lo profundo para acoplarse en las notas retumbantes, casi al borde de la saturación.
Capas de acordes abiertos y levemente arpegiados, a velocidades medias, se alternan con el riff principal, para llegar a la primera parada, 3:40 segundos, con guitarras acopladas sibilantes, una pura delicia de los tiempos analógicos en las que los músicos se valían más del ingenio que de juguetitos digitales. El bajo, renunciando de antemano a crear fills y adornos entre los silencios, muta a una distorsión con toques de wah-wah y flanger, creando líneas potentes y afiladas, en una línea dura tipo Motörhead, aunque también tomando elementos del rock alternativo, como ese bajo atronador característico de los Royal Blood.
En la sección final, promediando el minuto 6, nos llegan unos oms búdicos tipo mantra ¿solo con las armonías de las cuerdas o con algún sintetizador? Es la magia de los Heráldica de Mandrake, secretos que probablemente nunca sabremos. Un redoble estilo marcha militar con líneas de guitarras cierran la canción, augurando lo que nos temíamos; estamos frente a un discazo de tomo y lomo.
Llega el segundo viaje, de más de 16 minutos, «Jamás Domesticado», con riffs que recuerdan a los Sabbath del Master of Reality, notas espiraladas hipnóticas con figuras ascendentes y descendentes, con tritonos disonantes que transmiten pura malevolencia. En plena marcha oímos algunos ajustes, pudiendo oír la orgánica de los instrumentos, los cuales cobran cuerpo y vida delante de nuestros propios oídos, para progresar hacia secciones que van de parones y cambios de marcha, hasta momentos que son pura atmosfera. ¿Doom Metal progresivo? Son solo etiquetas, Heráldica rebasa las meras categorías.
La rítmica la empujan bajo y guitarra al unísono, con una batería jazzeada, obra del master Cristián Rivera, a media velocidad, la cual va ejecutando cambios y platillazos que sirven para darle brillo a la voz, más dramática que la interpretación anterior, acentuando las líricas casi como si estuviera declamando.
La distorsión roza la saturación, la mezcla final juega muy bien con esos umbrales, avanzando su desarrollo con cambios en las marchas sin romper las métricas: al minuto 7 volvemos a un nuevo silencio, nueva parada en este viaje, para ingresar a una zona más lóbrega, los arpegios se han vuelto lentísimos, como si las manos de los tecnobrujos de pronto se hubieran oxidado por el fango, creando pequeñas atmósferas con juego en las acentuaciones, y sumándole cantos contrapuntísticos a dúo, ligeros cambios en el volumen, todo pausadísimo, en cámara lenta, con densidades que se han tornado psicodélicas y no sabemos si nos hemos mandado un pipazo de alguna planta exóticas de la lejana Mandrake, o simple y llanamente el embrujo de la música nos ha cogido por sorpresa afectando nuestra mente.
Y llegamos a «Peca y sé libre»: así, nada más. La acústica que logra el baterista al comienzo se ve sencilla…claro, muchas veces lo fácil se ve difícil, y viceversa, pero hay que ponerle atención: se oyen golpes de ultratumba, húmedos, como si estuvieran siendo percudidos adentro de una cripta, no es un estilo lo-fi, o como esos tarros de leche Nido que a veces oímos en las producciones raw de Black Metal, sino con una característica muy propia, un sonido envolvente muy bien pensado y trabajado. Al oír las primeras entonaciones sabemos que esa elección no fue al azar: unos cánticos que nos recuerdan los momentos más dramáticos de la Cantata de Santa María de los Quilapayún, texturas que van entre lo gregoriano sacro, la canción de protesta y lo trovadoresco por su teatralidad, acompañados de acordes lentos, abiertos y espaciados.
Promediando el minuto 4 un nuevo corte, un silencio y luego cambio de marchas: se abandona la solemnidad anterior y ahora estamos con una onda mucho más callejera, incluso con ciertos ribetes futuristas, al incorporar pequeñas capas sintetizadas: el bajo y la batería se roban la película. Las líneas que dibujan las cuatro cuerdas suenan, sí, muy cinematográficamente, como si de pronto estuviéramos metidos dentro de una película de horror italiana de Mario Bava, Lucio Fulci o Dario Argento, un ritmo sincopado que para los conocedores, recordará a los legendarios Goblin, al maestro Fabio Frizzi o Riz Ortolani. Esta parte es una joya del disco, de esos momentos en que uno se levanta del asiento y aplaude a rabiar por los minutos de maestría que hemos escuchado.
Y el viaje llega a su fin con «Ebrio en el fin del mundo», con acordes lentísimos y golpes de caja espaciados, creando precisamente esa pesadez que vemos en esos borrachos consuetudinarios, que para simular su estado de intemperancia van caminando a paso firme y lento, casi agarrándose a los barrotes o a los árboles para no irse de traste al suelo. La voz del cantante suena limpia, como la hemos venido escuchando, forzando algunos tonos altos en su particular estilo.
Promediando el minuto 3 llegamos a una nueva sección, con guitarras limpias y levemente reverberadas, con algo de delay; se crean armonías nota a nota, con arpegios lentísimos. La voz se mueve hacia tonos más profundos, ligeramente atenorado, entregando los versos del tema con fuerte sentimiento.
A los 6:15 las marchas cambian y entramos a una construcción tipo vórtice, con densidades mortuorias, ritmos más cercanos a la galopa y al cabeceo. Bajo-batería marcan un interludio que queda muy bien puesto, pues le otorga a la pieza una progresión bien blusera, con golpes de platillos estruendosos y dinámicos.
En la última sección las velocidades vuelven a su cauce, dirigiéndose hacia un final con guitarras limpias, un final tipo litúrgico, una desmesura total con tintes apocalípticos, no sin antes regalarnos unos riffs bien movidos, con cambios en velocidades muy cercanas a lo progresivo. Esas cuerdas acopladas del final ponen bien arriba el broche de oro.
Así, entre letanías eléctricas, atmósferas cenagosas y pulsos que retumban como tambores de guerra en el corazón de una tormenta, Heráldica Mandrake firma un regreso donde la fe no salva y la música tampoco consuela: sólo arrastra. “Nunca bastó con rezar” no es un disco para redimirse, sino para hundirse con elegancia en el barro del fin del mundo. Y aun ahí, seguir tocando.
No podemos cerrar este breve análisis sin destacar que este álbum fue concebido y publicado en honor al bajista Vicente Zamorano, quien abandonó su forma terrenal en septiembre de 2024. Más allá de su innegable talento —evidente en cada nota que toca—, quienes lo conocieron lo recuerdan como una persona luminosa y entrañable. Zamorano no solo aportó su arte en las cuatro cuerdas, sino que también estuvo a cargo de la grabación y mezcla del disco, dejando en él una huella imborrable.
NovaMateria Current Mutations (2025)
Por Esther Gajardo Carrión
Son dieciocho minutos en cuatro tracks donde el dúo franco chileno rompe la formula tribal y primitiva de sus anteriores placas y desde una vereda más oscura y experimental transforma sonidos, ruidos y voces en canciones bailables, hipnóticas y selectas. La pregunta en loop de Eduardo Henríquez en “Lo Que No Entiendes” podría ser una canción para la pista de baile y también para caminar en el caluroso verano santiaguino. Las melodías oscuras y llenas de tracciones sonoras en “Invisible Flows” que podría musicalizar una escena de horror en una película y “Change Mutate Transforms” título para una canción que efectivamente muta entre un ritmo de carrera del Grand Prix en una nave a medio metro de la superficie para transformarse en un alunizaje forzoso en otra atmosfera, en otro tiempo. Mutaciones para un sonido inquieto, rítmico, tenso y oscuro que funciona y fascina por su exquisita escucha.
En vivo Nova Materia es una banda que puede ser una experiencia inmersiva y evasiva a la vez; para sumergirse en la experiencia sonora o para evadir el ruido y concentrarse en el efecto que provoca en nuestro organismo, ganas de más, sin aburrir y cansar a quien los escucha. La voz de Caroline Chaspoul en “Fictions of Myself” podría ser una declaratoria de eso: para mutar y transformar al ritmo de una propuesta que juega con el sonido industrial y dark que logran con distorsiones de guitarras post punk un sonido único para una dupla que registra en este Ep la poderosa propuesta para escuchar en vivo y en directo y también la grabación digital que esperamos ansiosos en algún formato análogo. Porque Current Mutations de Nova Materia lo merece.
TIMECODE: LA RUPTURA DEL EQUILIBRIO (2025)
Por Pablo Rumel
INNOVANDO DESDE LA VIEJA ESCUELA
Con su Quinta larga duración, los veteranos chilenos de Timecode, quienes vienen cultivando sonoridades violentas desde 1999, nos sorprenden con un denso viaje de treinta y nueve minutos y catorce segundos, con líricas completamente en español, distribuidas a través de ocho cortes entrelazados que, como las partes de un ser tentacular, buscan destruir nuestro equilibrio interno.
Empezamos este viaje demencial con «Paroniria», una condición médica que afecta a pacientes con sueños mórbidos y pesadillas, causada por uso de antihistamínicos, miedo, estrés, depresión o traumas. Unos primeros acordes tenues y limpios, como simulando la entrada al mundo onírico, son destruidos en mil pedazos por una sección de guitarras pesadas, con riffs rápidos que con la misma velocidad y saña disminuyen las marchas con patrones progresivos: la batería, obra y gracia de José Pulido, machaca el fraseo lírico, sumándole rapidez a la canción, creando así un contraste que va desde pequeñas secciones atmosféricas y lentas, a tempos más rápidos. A través de los muros sónicos de Timecode, la voz gutural de Abraham Lazo emerge rasposa y afilada, cargada de una gravedad y reverberación que adquieren tonalidades acuosas, como la de un ser anfibio que, chapoteando en un charco infecto, vocaliza con el agua pantanosa impregnando sus pulmones.
«Inquina», segunda canción, se funde con las notas finales de la anterior —será una constante en el disco—, dándonos a entender que estamos escuchando una sola gran pieza dividida en secciones. Con una introducción calma, ingresamos a este nuevo microcosmos acompañados por una voz susurrante pero gutural que nos espeta “todos parecen muertos”, cuya moldura es sacada de la viejos estandartes —o debería decir ataúdes—, del funeral doom, con un sonido espeso y mortuorio que remite a los primeros Katatonia o a los fugaces Thergothon: se trata de riffs lentos y arrastrados, con una batería bien manejada que alterna momentos jazzeros con blast beats, creando un contrapeso que celebramos, pues la artillería pesada no está ahí solo para llenar vacíos a puro machaque, platillazo y doble bombo, sino que aporta quiebres e intervalos; en esencia, se trata de una base rítmica alejada de esa linealidad vertiginosa que alguna vez caracterizó al baterista promedio de estilos como el black y el power. Mauricio Cornejo, al mando de las cuatro cuerdas, hasta el momento había desempeñado la función de darle mayor densidad al sonido, tiene su momento protagónico al cierre de la canción, con líneas de bajo distorsionadas y lentas con profundos reverbs, lo que le otorga un aire más funerario a la música.
Ya en «Sevicia» apreciamos mayor velocidad; acá se despliega una estructura death metalera más clásica de los Timecode, bien blackened, principalmente por el uso amplio de tremolo picking, algunos tramos con aceleraciones thrasheras (póngale atención a esos riffs bien arrastrados por el diapasón al primer minuto aproximado); en otro orden están las múltiples capas atmosféricas creadas a pura púa, trabajo muy bien ejecutado por los guitarras Celso Garcés y Emilio Parra, dúo que apuesta por potenciar las secciones rítmicas de la banda, evitando el vendaval de solos ultratécnicos: hay una contención bien dosificada que converge en composiciones grupales, y no en mero exhibicionismo, y por eso sostenemos que el sonido de este álbum está más cercanos a sus compatriotas de King Heavy o Capilla Ardiente, que de los Criminal o los Torturer.
«Desvarío» marca la nota alta en el disco. Con unos power chords de apertura con una batería que innegablemente entra en “desvarío”, crea unos rabiosos compases contrapuntísticos y sincopados que sitúan a la banda de lleno en las tierras del progresivo; las melodías desplegadas son pura vorágine al borde de la disonancia, y es que el tema demanda caos. La lírica resuena en nuestras cabezas recordándonos que todo esto va de patologías mentales: “Un cuerpo velado por sombras a merced de demonios internos/ Transforma su cordura al ver su imagen deformada atrapada en un espejo”, pura poesía negra de psiquiátrico que bien habrían firmado
un Baudelaire o una Sylvia Plath.
Y si tras el desvarío viene la calma, «Figuración» funge de fin de primera mitad, que como en los álbumes clásicos estaban ahí para marcar el fin del lado A. Se trata de un instrumental de menos de dos minutos, que con acordes hipnóticos, nos percatamos que en realidad no venía la calma, apenas una pequeña pausa, pues acto seguido llegamos a los territorios de «Entelequia»: el bajo le entrega todo el espesor a esta canción acelerada con secciones más ralentizadas. El solo del último tramo crea una disonancia muy bien lograda, pues mientras las notaciones van largas y sostenidas, la base rítmica se acelera, y esta es una clase de riesgos que los oídos agradecen, están ahí no solo para llamar nuestra atención, sino también para demostrarnos que se puede innovar en la música de siempre sin caer en los lugares comunes del género.
«Saliencia aberrante», otra terminología del argot psiquiátrico, trata sobre la aparición de trastornos psicóticos en esquizofrénicos. El séptimo corte es una suerte de compendio de lo que hemos venido escuchando, riffs lentos seguidos de rápidos, con breves parajes atmosféricos, destaca el cierre con unos coros que se entrelazan con las vocalizaciones, creando un momento de alto clímax, con cierre final de teclados con un sonido entre Hammond y dungeon synthero: una ambientación fúnebre que sirve como antesala para la última fase de este universo de locura y desgarro.
Y con esas notas largas mortuorias de ultratumba del tema anterior, llegamos al final con «Autoscopia». Una batería que viene de lejos va ganando presencia a ritmo acelerado y con harto fill, manejo de platillos y juego de toms y cajas, junto a líneas de bajos espiraladas, marcando el paso final del vórtice metalero en que hemos estado sumergidos, o mejor dicho, enterrados. Se trata de la pieza más larga, seis minutos y cuarenta y un segundos, no deja de tener una fuerte vocación deathmetalera, pero dejándonos de etiquetas, el sonido que producen estos muchachos es más acuoso y atmosférico, que el seco y arenoso de los grandes gigantones del género, como Asphyx, Nile u Obituary.
Al menos tres cosas hacen que este disco sea memorable: en primer lugar, es de agradecer que no exceda los cuarenta minutos. Es común que las bandas agreguen mucho material de relleno, y no hablo de bonus tracks ni de versiones alternas, hablo de álbumes inflados que rebasan los cincuenta minutos; acá ocurre lo contrario, gracias a su brevedad se ha favorecido la unidad compositiva del disco. En segundo lugar, se trata de un disco menos de cabecear que otros de su cosecha: es mucho más introspectivo, sin perder un ápice de brutalidad, ni traicionar su propia matriz compositiva. Y por último, su audición es compleja, el disco demanda una escucha activa, no es música para ir silbando por el cementerio, tiene muchas capas y recovecos, y como en las mejores obras, sus secretos se van descubriendo a medida que le damos más y más atención. En conclusión, Timecode se abre paso por la jungla metalera explorando nuevas sonoridades, y que sin temor a equivocarse, apuesta por algo nuevo con tal de no repetirse.
Pentagram – «Lightning in a Bottle» (2025)
Por Claudio Miranda.
Casi una década hubo que esperar desde «Curious Volume» (2015) para que Pentagram, el legendario combo fundado en Alexandria en 1971, volviera a la relevancia por un lanzamiento discográfico. La movida constante de fichas en el tablero, al menos durante dicho período, le permitió al incombustible Bobby Liebling dar con la alineación perfecta para darle forma y cuerpo al recién salido del horno «Lightning in a Bottle«. Al mismo tiempo, la duda de rigor es inevitable cuando reparas en la ausencia del histórico Victor Griffin, el equivalente estadounidense al todopoderoso Tony Iommi. Y es que es imposible entender la bruma distintiva de Pentagram sin el aporte de Griffin, como podemos apreciar tanto en redondos del calibre de «Relentless» (1993, editado originalmente en 1985 con título homónimo) y «Day of Reckoning» (1987) como en los más frescos «Last Rites» (2011) y el mencionado «Curious Volume».
El fichaje por el prestigioso italiano Heavy Psych Sounds es el primer gran atractivo, hablando en el plano mediático. Un sello quizás de alcance menor respecto a la tradición de Peaceville, pero coherente con la huella dactilar de Pentagram en el orígen e identidad del rock pesado. Lo que se propagaba desde el otro lado del charco con las huestes de Birmingham, Pentagram también respiraba los mismos humos, sin el éxito estratosférico de su contraparte británica pero plantando las semillas de maldad para todo lo que vendría durante las siguientes décadas. Con los imperiales Sabbath hoy retirados en sus cuarteles de invierno, Bobby Liebling se mantiene al frente de unos Pentagram renovados y, tal como mencionamos más arriba, hubo que ajustar las piezas en la interna. Es así como el guitarrista y productor Tony Reed, el baterista Henry Vasquez (Saint Vitus, Legions of Doom) y el bajista Scooter Haslip conforman una versión 2025 que traspasa al estudio un propósito tan genuino como esperable de una banda ícono del riff monolítico.
Cualquier duda o prejuicio respecto a este «Lightning in a Bottle», probablemente se respondan de manera automática con los 4 golpes a la caja que Henry Vasquez propina en el arranque con «Live Again». A la vena, en su sentido más literal, y exponiendo el disfrute de Bobby y sus nuevos compañeros de ruta. Un asalto de rock pesado que reluce por su intensidad y los pasajes que transita en dicha estación. «Sí, quiero vivir nuevamente», pregona Bobby con la convicción propia de un sobreviviente que mira de frente hacia una nueva aventura. Pura intrepidez desde el inicio, que en «In the Panic Room» matiza con jerarquía añadiendo un puente de atmósfera con voces fantasmagóricas de fondo. La referencia musical a los días de «Relentless» es inmediata, pero con brillo propio. Y todo potenciado por el trabajo de una alineación que se compromete a muerte con el legado de Pentagram y lo revitaliza.
La energía se contiene en «I Spoke to Death» solamente para dejar caer su peso en los espacios apropiados. El doom metal de 1972 en su esencia, actualizado a las formas del año en curso. Y si bien Tony Reed se manda una labor soberbia a lo largo de la placa, acá se las manda con un solo que intercala melodía y explosión, entablando un puente hacia el riff principal en el último tramo. Sin duda, un corte que va fijo en el repertorio en vivo y proyecta ese desplante de festividad y peligro tan clásico de Pentagram desde aquellas grabaciones en los ’70s y que adquirieron su forma definitiva a partir de los ’80s. Por otro lado, el uso del freno de mano en el single «Dull Pain» habla mucho de la capacidad que Pentagram ha forjado para distribuir los momentos memorables en el largaduración. Adjunto al atrevimiento, en «Lightning in a Bottle» predomina la inteligencia que sus creadores e intérpretes destilan para hacer de álbum un viaje por varias curvas y pendientes muy pronunciadas, incluso a riesgo de extraviarse por caminos inhóspitos.
Es necesario hacer énfasis en lo que ocurre en «Lady Heroin», un corte con rasgos autobiográficos. Imposible desconocer la incesante lucha de Bobby Liebling contra sus demonios, en especial la adicción a la ‘dama heroína’. Y es que tras la apabullante empezada, con Henry Vasquez haciéndose del papel protagónico en los tarros y la guitarra de Tony Reed construyendo una muralla de electricidad y lodo, la música adquiere un tono de atmósfera que va entre lo deprimente y lo siniestro. es el descenso a los infiernos que ha transitado un sobreviviente de mil y una batallas de todo tipo. Un fiel espejo de la seducción a la cual Bobby ha sucumbido para levantarse una y otra vez, como podemos apreciar en el documental «Last Days Here» (2011).
Si el track anterior es la historia de un largo camino de regreso desde el infierno, «I’ll Certainly See You In Hell» se puede interpretar como un manifiesto de quienes abrazan el destino que les espera. De frente y a los ojos, Pentagram lleva más de medio siglo enfrentando un destino que, al menos hasta ahora, le ha perdonado todas y por haber. Es lo que también da a entender su estilo más fiestero y pendenciero, rememorando en parte la época de los demos en los ’70s pero siempre consciente de todo lo que ha sorteado durante décadas.
Cuando «Thundercrest» vio la luz como el primer adelanto del disco hace unos meses, -precisamente el 31 de octubre del año pasado, víspera de Halloween-, las expectativas fueron inmediatas. No solamente por terminar con una década de silencio discográfico, sino por las intenciones detrás del retorno al estudio. partiendo por lo brillante que luce Tony Reed en las seis cuerdas, siguiendo con la solidez que Scooter Haslip brinda en las bajas frecuencias y el apoyo en retaguardia de Henry Vasquez, un baterista cuya pegada a lo largo del plástico destaca al mismo nivel que la precisión aplicada en cada patrón rítmico. Y, por supuesto, el componente humano a cargo del buen Bobby, gozando de un estado de gracia que su inconfundible voz refleja a pesar de todo -y de sí mismo, digámoslo-. En el contexto del disco, encaja de su posición en el corazón de la obra, en la carne de un trabajo que no busca sorprender sino confirmar su autoridad.
Cuando hablamos de Pentagram como un rock brumoso con aire desfachatado, «Solve the Puzzle» lo grafica en todas sus líneas. Una que te deja como si metieras los dedos en el enchufe, ni hablar de lo que es capaz de provocar en el directo. Si nos recuerda en parte a ZZ Top, es porque entre ambos, a pesar de las numerosas distancias, respiraban el mismo ecosistema y, seguramente, bebían del mismo licor evocando jornadas de trasnoche, juerga y borrachera hasta la resaca. En tanto, la pachorra de «Spread Your Wings» de pronto se vuelve una pendiente cuesta arriba durante la reproducción del disco. Un corte en la línea de lo que es Pentagram, pero que no logra obtener el carácter memorable que le hubiese valido un lugar en el repertorio.
Puede resultar extraña la elección del track titular en el lado más altivo del álbum. Si la primera parte del todo es un arsenal de bombas logrando su objetivo, acá da la impresión de que el ensayo con los cambios de ánimo puede incomodar hasta al fan más duro. Pero es también la idea en cuestión a profesar en una placa que, pudiendo ir a la segura, se juega el pellejo caminando por senderos angostos, con el abismo al frente y la posibilidad de caer al vacío en plena caminata. Pero, y tal como reza el título de la pieza y el álbum, tenemos acá a una banda en pleno dominio de sus facultades de escritura y ejecución, con toda la disposición a capturar un rayo en plena tormenta y embotellarlo para quizás liberarlo en una próxima correría. Y, tal como lo ejemplifica el corte titular en su recta final, hay que dejarlo todo si es necesario, incluyendo la vida.
El cierre con «Walk the Sociopath», corrobora la idea que plasma Pentagram en el estudio sobre lo que es el doom en su esencia. La vibra maldita del rock pesado, cuya bruma tétrica alcanza su máximo nivel de expresividad y le da a «Lightning in a Bottle» un toque concluyente en todo su esplendor. El fundido de salida con que termina el redondo, genera sensaciones encontradas; si bien es un recurso que Pentagram utiliza desde sus primeras grabaciones en el corazón de los ’70s, puede pillar desprevenido a quien no esté familiarizado con las viejas formas.
Tanto el CD como su edición en doble vinilo de cuatro colores, contiene 3 bonus track. Resaltan «Star the End» y «Might Just Wanna Be Your Fool», ambos fuera de la selección final pero con los elementos que distinguen la viscosidad sónica de Pentagram ayer y hoy. En especial el segundo corte mencionado, un ejercicio de expresión y talento que parece surgir de la nada y elevarse hasta donde sus creadores lo permiten. En tanto, el tercer bonus track es una versión preliminar de «Lady Heroin«, la cual refleja al desnudo el propósito de estos Pentagram más jugados que en los anteriores «Last Rites» y «Curious Volume».
Al momento de sacar conclusiones, respecto a «Lightning in a Bottle», somos testigos de la leve superioridad respecto a «Curious Volume». Mucho más inspirado y con una idea mucho más sólida respecto a su antecesor de hace una década. Sin embargo, y aunque parece estar demás decirlo, el factor Griffin termina siendo el inevitable punto de discusión. No es para menos, si por mucho que Tony Reed se mandara una labor extraordinaria -también estuvo involucrado en tareas de escritura-, hay un tema de nombre y peso históricos imposible de omitir. Que no se malentienda, ahí la responsabilidad debe asumirla automáticamente Bobby, como ideólogo y único fundador sobreviviente. Y si «Lightning in a Bottle» está varios metros abajo de trabajos fundamentales como «Day of Reckoning», «Relentless», «Be Forewarned» (1994) y «Review Your Choices» (1999) -este último, uno de los trabajos con el multi-instrumentista Joe Hasselvander a cargo de todos los artefactos-, es porque Bobby asumió hace rato que hay una cumbre que es improbable de reconquistar. Ojo, no es una crítica, sino lo que podemos constatar en una banda que ha hecho del hambre y la dificultad herramientas de gran utilidad al momento de producir material fresco.
Puede que este noveno largaduración, considerando el recorrido por más de 50 años y con todos sus altibajos, sea el último rito en un catálogo de valor incalculable en el circuito subterráneo. Es posible que Bobby Liebling, al momento de reformular este nuevo episodio discográfico y reclutar a sus nuevos compañeros de navegación, haya revisado todas las opciones a su alcance. De lo que estamos advertidos en cualquier caso, es que Pentagram es una bestia que vive y revive de nuevo, con la valentía necesaria para hablarle a la muerte mientras se empeña en capturar un rayo para encerrarlo en una botella. Una locura desde todo punto de vista, una inclinación natural de quienes extienden sus alas ante el inminente destino.
LACUNA COIL : SLEEPLESS EMPIRE (2025)
Por Pablo Rumel.
LACUNA COIL NO SE DUERME
Con su onceavo álbum de estudio (décimo si descontamos la regrabación de Comalies), los milaneses regresan con un disco potente, con momentos memorables, siguiendo la línea inaugurada desde Karmacode (2006), con un sonido más modernizado, con harto groove y capas industriales, y cómo no, altas dosis de lirismo gótico y atmosférico.
«The siege» es el arranque: teclados etéreos y un cántico que recuerda escenas extraídas de La Biblia abren los fuegos con el poderoso gutural de Andrea Ferro, que llega a este disco en plena forma, con su voz aceitada, más potente y rugiente que nunca. Unos riffs bien stoners, con teclados épicos, preparan la llegada de Cristina Scabbia, quien entra al disco con fraseos calmos, sosteniendo cada nota sin forzar nada, con su potencia vocal característica. La lírica es una suerte de scream contra los obstáculos, un retroceder, rendirse nunca jamás. La artillería tamboril a cargo de Richard Meiz está más que a la altura, ejecutando con maestría los cambios de ritmo que la canción demanda, con una rítmica a doble pedal alejada del “tuca-tuca”. El contrapunto del dúo Ferro-Scabbia del último tramo hay que ponerle oído, pues es uno de los momentos más altos del disco.
Y así llegamos a «Oxygen». Si el tema anterior tenía una marcada línea épica, con este corte entramos a una zona más metalcoresca, con unos riffs que ponen a las guitarras adelantes, en primerísimo primer plano. Los gritos iniciales de Cristina, como imitando el ahogamiento desesperante, seguido de los guturales largos y sostenidos de Andrea, nos recuerdan la estampa operística del dúo, trabajo que se agradece pues no repiten la fórmula ultraexplotada de “la bella y la bestia”; se nota que están en la misma sintonía, sin ese acartonamiento de otras bandas, ellos están cantando de cuerpo presente, en un diálogo que no se interrumpe ni que suena impostado: “My breath is getting lighter/float on crimson Waters”, no lo traducimos para no romper la musicalidad de los versos, brillantemente escritos y que el dúo les saca el máximo provecho.
Tercera pista: «Scarecrow», parado como un espantapájaros, nos espeta Andrea Ferro en la primera línea; Scabbia ingresa en un tono bien rapeado, con harto beat nu-metalero, acompañada por unas guitarras rítmicas y bajo en baja afinación obra de Marco Coti, y no
olvidemos que además de productor de la banda, es el que encarna en estudio el uso de teclados, guitarras y bajos: debemos reconocer que los Lacuna Coil ya no son los de sus primeros discos, pero han avanzado hacia otras zonas musicales sin perder su esencia, y les queda bien: acordes abiertos y teclados atmosféricos, que en esta canción se estructuran cual puente, son la tónica para que los cantantes brillen en su máxima potencia.
«Gravity» corona el cierre de la primera mitad, con uso del latín en algunos versos, extendida lengua entre cultores del gótico y afines como los gloriosos Therion y los no menos virtuosos Haggard, en una canción ya clásica de la agrupación: medios tiempos, con guitarras bien saturadas de atmosfera, una batería que marca los compases sin acelerarse ni volverse machacona, y en este caso con hartos ribetes industriales.
«I wish you were dead» llega justo a tiempo, pues a pesar de la excelente propuesta del álbum, la escucha se ha tornado la escucha algo repetitiva. Esta canción viene a oxigenar a la banda, con un estilo sonoro más cercano al gothic synth pop en formato metalero que alguna vez cultivara Lacuna Coil en sus comienzos. Con la canción «Hosting the shadow» es la prueba de que los italianos pueden navegar en diversos estilos sin naufragar ni sonar como mil bandas diferentes.
El estribillo Laughing with my shadow (¿quién dijo que la oscuridad no puede ser divertida?), da paso a la última estrofa a dos voces que marcan con fiereza esos momentos de sincronía perfecta que solo generan poquísimas bandas: crear sonoridades únicas.
Con «In nomine patris» volvemos a la carga en el uso del latín, con una batería más pesada que anteriores canciones, con una temática cristológica, utilizando la crucifixión del nazareno como metáfora que se hunde en preguntas existenciales ¿habrá valido el esfuerzo? ¿Existe la redención en un mundo degradado? ¡Sorpresa! Casi al cierre aparece el primer solo de guitarra, recurso que los Lacuna dosifican al mínimo, con fraseos contenidos y medidos, y acá no es la excepción: las notas le entregan harto feel al tema, sin la necesidad de recurrir a escalas ultrarrápidas.
Y llegamos a la canción que da el título al disco, «Slepless Empire». Los guturales de Ferro suenen mucho más growl, más rabiosos y contundentes, y por contraste, Cristina opta por tonos más altos y cálidos, estilo soprano, creando un juego vocal de extremos que la composición musical refuerza con acordes abiertos y un trabajo de teclados más dramático. Las guitarras del arranque sostienen con firmeza las notas, y ahora sí, el bajo brilla mucho más, con un sonido algo sintetizado. «Sleep Paralisis», la canción más larga del disco, cinco minutos y veinte segundos, sigue la senda de los últimos temas, destacando gritos bien heavys que nos regala Cristina. La canción no es mala, pero comparada con el resto se siente algo repetitiva. «In the mean time» no aporta grandes cambios en lo que ha sido la tónica del disco: temas de velocidad media, duración no más allá de los cuatro minutos, y quizá lo más distintivo sea la inclusión de la cantante pop Ash Costello (nada que ver con Elvis Costello), otorgándole una línea más comercial, con estribillos pegadizos.
Y llegamos al final con «Never Dawn». Oímos una intro muy en plan viking folk a lo Wardruna, trance que los Lacuna se encargar de romper con una arremetida bien metalcore. ¡Run! Nos dice de manera imperativa el bueno de Andrea, en una lírica que explora los recovecos de una mente atormentada, de una lucha encarnizada contra algo que no debe renacer ¿el mal? ¿Alguna enfermedad? Queda a la interpretación de cada uno. Con unos contundentes riffs y parajes melódicos, la elección para cerrar el disco no pudo haber sido mejor, pues estamos ante uno de los temas más complejos.
Sleepless Empire exuda intensidad y la pareja cantante suena más potente y afinada que nunca; quizá los nostálgicos de sus primeros discos extrañen esa veta más gótica, que no se ha abandonado, pero que en esta ocasión comparte terreno con otros elementos industriales y alternativos que puede que no sea del agrado de todos. Aún así, es un trabajo que está a la altura de sus últimas placas, un trabajo creativo que va en ascenso y que no teme probar con diversas sonoridades sin perder su rostro.
SAMSARA TRIP (2025): FLAMÍGERA ALQUIMIA SÓNICA
Por Pablo Rumel.
«Es preciso, que la vida humana se consuma completamente para agotar todas las posibilidades de creación o de manifestación; si se interrumpe bruscamente, por una muerte violenta, intenta prolongarse con otra forma: planta, flor, fruto”. Mircea Eliade, filósofo rumano.
Samsara Trip debuta con un disco rotundo que invita a un viaje sonoro profundo, donde se entrelazan elementos de stoner, psicodelia y postrock, fusionando influencias y creando una experiencia única para los oyentes.
«Kemet» es la primera pista del disco, que como frontispicio, nos invita a este alucinante viaje interior de desiertos cósmicos y cadenas rotas, un minuto del sonido tenue de una ventisca que trae consigo unos profundos ohms dhármicos, que cuales monjes meditando en el desierto, se transfiguran en acordes lentos y arrastrados: unas guitarras arpegiadas y reverberadas dan paso al juego de platillos y de lenta cadencia, obra del batero Gustavo Muñoz, que de la mano del bajista Michel Irribarra, le entregan la pulsación a esos parajes desérticos de esfinges enterradas y flores descarnadas. Promediando la mitad del tema, sin romper la lenta cadencia, las guitarras rompen sus líneas aéreas para convertirse en potentes riffs, a la par que el bajo se llena de polvo y la batería potencia el trance, que cual brújula, nos avisa que hemos llegado a extrañas tierras. Nos ponemos el cinturón, bien firme, pues el viaje recién comienza.
«Las dos serpientes» inicia con un ritmo de batería sincopado, dando la entrada a un bajo que va escribiendo con líneas hipnóticas este lienzo musical, una danza milenaria en la que las dos serpientes-guitarras, al mando de Marco Soto y Gabriel Lillo, se enroscan y se persiguen una a la otra creando atmósferas etéreas adornadas con chirridos, pequeños wha-whas y rasgueos disonantes. Escuchamos una base poderosa y danzarina a medios tempos, un bajo arenoso que también ensucia a las guitarras con riffs que poco a poco se van haciendo más pesados: cerca de los cuatro minutos la danza se torna frenética, pero el baterista tiene la sabiduría de contener a las serpientes que van rasgando sus pieles en una danza circular, que como la Triparasundari, rosa cósmica de la India, podemos contemplarla al igual que un mandala abriéndose sobre nuestras cabezas. Las guitarras gotean sangre, y ya para ese entones al baterista o le han crecido dos brazos y dos piernas, o el espíritu de un Clyde Stubblefield o un Nick Menza se han apoderado de su cuerpo, atacando la maquinaria con una energía endiablada, con ritmos finales que suenan a conga, a rumba, a funk, con el apoyo de Matías Soto en la percusión, todo en formato psicodélico.
Ya estamos en el tercer corte y hasta el momento no hemos hablado de influencias directas, y quizá «Lo que es del espíritu», sea la excusa perfecta para hacerlo: se trata de una faceta mucho más postrockera, y por acá pasan las estructuras de unos God is an Astronaut, Black Sky Giant, 65 days of Static, Collapse under the Empire, And so I Watch You from Afar, y no seguimos con más para no agotar al lector, que sin embargo sabemos que valora nuestras recomendaciones. Estamos frente a una canción lenta, más introspectiva que las anteriores, con secciones de guitarras limpias reforzadas con ecos y delays. El bajo etéreo que inicia el corte le otorga toda la atmosfera a esta canción, más cálida, con una batería suave y jazzeada, sorprendiéndonos casi al final con una guitarra solista que se abre como un cuchillo entre los murallones sónicos, que de la solidez pasan a lo vaporoso. Un escalón más dentro de la línea compositiva del disco, demostrándonos que Samsara Trip son capaces.«Se vuelve imaginario» es el tema más largo del disco, con 11 minutos y quince segundos, con al menos cuatro secciones que podemos identificar por los quiebres. Una introducción casi como hierofanía o anunciación divina le dan la bienvenida al tándem bajo-batería, quienes serán los encargados de encender las velas de esta homilía sideral. Promediando los tres minutos, la batería entra con una nueva energía, con más fuerza, pero sin acelerar los ritmos, escenificando una lucha interior que marcan el momento más stoner del disco. La atmosfera se profundiza con solos de guitarras whawheadas, una pesadez que comprende que ligereza y peso deben alternarse en la búsqueda de un equilibrio, y así llegamos hasta los seis minutos, en que una nueva sección con un sintetizador muy tenue nos sumerge una vez más en las alturas: bajo y batería vuelven a la carga, con ritmos a medio tempo, con secciones de bajo realmente notables, más limpio que en otras ejecuciones, dándole el groove necesario que la canción pide. En la sección final, ocho minutos y cincuenta, redobles de caja marcan la salida, volviendo real lo imaginario, en una pieza de exquisita factura que destila maestría a borbotones.
Llegamos a la última parada con «Samadhi», una síntesis del disco, la cual recoge esa base rítmica serpenteante, pero esta vez no la arrastra y la empuja al vacío, cercado a su vez por riffs más sucios con alta vocación reflexiva, en los que pasaremos de estados de quietud a momentos más esperpénticos: las cadenas se han hundido en abismos insondables, y al acercarnos a la mitad del tema, en un nuevo giro, la percusión domina esta canción con un juego de platillos que mandan al fondo al bombo y a la caja. Power chords flangereados se encargan de construir las capas atmosféricas, con algunos momentos tremoleados con harto eco y reverb: estamos llegando ya casi al final, la guitarra solista se transforma en una suerte de ritual vodú, y por un momento sentimos el mismo feeling de un Jimmy Hendrix envuelto en ácidas tinieblas: la ceremonia ha llegado al clímax, las cortinas se han caído y nos han dejado flotando en una inmensidad sonora que nos eleva a dimensiones insondables. Cuerpo y espíritus separados, atravesados por la flamígera llama sónica de estos sanantoninos, que podrían estar en Egipto, México, Indonesia o incluso tocando desde una lejana galaxia: la base rítmica se acelera y no perdona, el baterista sabe que estamos arriba y no nos va a permitir que escapemos del trance, vamos a caer estrepitosamente y renacer, o nos hundiremos en la vorágine que lo arrastra todo en esta química vegetal impresa en el gran Fuego Sutil, ese dispositivo que los antiguos alquimistas usaban para crear la rosa roja, la de la tintura metálica solar, la de la transformación final.
Samsara Trip debuta con un disco rotundo para celebrar y aplaudir de pie, grabado y mezclado por Michel Irribarra en Estudios Coscoroba San Sebastián/Cartagena (¡gran trabajo!), con arte de portada del mismo guitarrista de la banda Gabriel Lillo, lo que le otorga mayor unidad creativa, pues la imagen del grupo dialoga completamente con la propuesta. La música buena se celebra, y tras finalizar el viaje no queda más que sumergirnos en esta experiencia a la espera de nuevos trips, que nos transporte a pasajes desérticos y estrellados de poderosa luz.
GRAVE DIGGER “BONE COLLECTOR” (2025)
Por Pablo Rumel.
TEMAS CLÁSICOS EN ESTADO CRUDO
Vuelven a la carga estos sepultureros teutones (uno de los cuatro grandes del power alemán junto a Rage, Helloween y Running Wild) con su álbum número veintidós, con cuarenta y cinco años arrastrando sus esqueletos metalizados, manteniendo un promedio de un álbum cada dos años ¡nada mal! Como es costumbre, la pelona luce en la portada del disco, sentada en un trono y rodeada de esqueletos y cuervos; y sin ser puristas, lo lamentable es que fue generada por IA, habiendo tanto artista talentoso, optaron por una maléfica inteligencia artificial para crear el frontispicio de la nueva placa.
Pero acá estamos para hablar de música, de una banda señera en el estilo, agrupación que jamás se ha conformado con vivir sólo de las regalías de sus discos anteriores, probándose una y otra vez en las calderas hirvientes del metal con material recién forjado ¿superó la prueba?
Vamos a ello.
El álbum arranca con el tema homónimo, «Bone Collector». Una introducción de veinte segundos nos sumerge en el universo de Grave Digger, con una atmósfera digna de un filme slasher. De pronto irrumpe la guitarra de Tobias Kersting—quien debuta en este disco—con un rasgueo arrastrado por los trastes, estableciendo el compás con riffs pesados a medio tiempo. A su lado, Marcus Kniep, quien en 2018 dejó los teclados para tomar las riendas de la batería, refuerza la estructura con su doble bombo, preciso y sin abusar, con cambios de ritmo ejecutados con maestría, destacando especialmente en las secciones más épicas.
A nuestros oídos nos llega la característica voz del líder y fundador Chris Boltendahl; hay que decirlo, suena menos áspera que en discos anteriores, pero sigue desgarrada, dando las notas como si se tratara de una calavera en llamas empalada en una lanza, no obstante, esos agudos desafinados tipo fado tan característicos en otros discos, han sido reemplazados por tonos graves que nos recuerdan más al tío Lemmy Kilmister (que Satán lo tenga en su gloria), que al bueno de Udo Dickschneider.
Y así llegamos al segundo tema, uno de los mejores, «The Rich The Poor The Dyng», con los estribillos más coreables de todo el disco, versos que se te quedarán en el oído hasta que te vayas a la tumba. Unos tapping riffs muy inspirados abren la canción, con vocación speed metalera, y unos solos de guitarra que recuerdan la gloria del NWOBHM aderezan la canción que habla sobre la ambición y la estupidez humana: ricos y pobres, al final de la partida se irán al mismo sitio, y no es otro lugar que el cementerio.
Llegamos a «Kingdom of Skulls», con una apertura de bajo ejecutada por el veterano Jens Becker (arriba del barco desde el mítico Knights of the Cross de 1998), la batería marca la marcha y unos acordes potentes nos recuerdan que estamos ingresando a un reino cadavérico de destrucción; los versos resuenan en nuestros oídos: Un rey esqueleto/en un trono de huesos/ con profundos ojos vacíos/donde las almas se extravían, en una traducción libre hecha por vuestro servidor.
A continuación hay tres canciones al hilo de potente vocación hardrockera, puro feeling de motoqueros enfundados en cuero. Se trata de temas en una línea bien heavy, a lo Judas Priest, marcando sus acentos en riffs entrecortados y cañeros, sin exagerar el virtuosismo ni en acelerar las velocidades. «The Devil Serenade», «Killing is My Pleasure», y «Mirror of Hate», componen esta tripleta. Ojo con la segunda, que recuerda a los Megadeth noventeros y la tercera, una dark power ballad con coros épicos, que nos avisan que la droga más adictiva y poderosa nunca fue la meta o la heroína, sino que el amor. Y llegamos a «Riders of Doom», con las guitarras más doom metaleras del álbum que recogen la mejor cosecha de los Candlemass o los Cathedral, riffs pesados y más lentos que una tortuga, con una lírica de fraseos cortos en un tipo de canción ya clásica de los sepultureros, quienes nos cuentan una historia que va de cuatro jinetes, más horribles que la traición, evocándonos pasajes nocturnos de terror a través de bosques encantados.
Tras ese mal viaje asistimos a la siguiente canción, en la que un bajo ultra reverberado nos dibuja con sus líneas el pórtico de «Made of Madness», acompañándose de unas guitarras acústicas, para dar paso a la distorsión con secciones pesadas, en la línea más noventera de la banda. En el siguiente corte volvemos al cementerio con «Graveyard Kings», una experiencia cruda que crea una atmosfera grandiosa sin necesidad de teclados (tónica de todo el disco), que nos enseña que no es necesario componer con orquestas y miles de arreglos para crear una mística dramática y heroica.
«Forever Evil & Buried Alive» es el décimo y penúltimo tema de esta placa, una mezcla aderezada con harto power chords y algo más acelerada que las canciones anteriores, la que nos machaca al oído una letra que habla de una disyuntiva que ojala nunca tengamos que escoger: o te mueres enterrado por tus enemigos y te vas a la mierda, o sales de la tumba victorioso, y no para repartir besos y abrazos.
El viaje termina. Hemos escuchado canciones breves, con una duración media de cuatro minutos y cuarto, todas al hueso, sin exhibición de virtuosismo ni solos interminables, con un sonido bien producido y una mezcla made in Germany forjado en los hornos de la Graveyard Studios, propiedad del señor Chris Bolthendal (¿no es soñado contar con tu propio espacio, o mejor dicho, reino metalero?), y el broche de oro lleva por título «Whispers of the Damned (The Banality of Evil)» ¡vaya nombre!, la canción más larga del disco, seis minutos con dieciséis segundos, una balada blackened acompasada por riffs ultra pesados; se trata de la canción más introspectiva del disco, con una narrativa que nos pone de cabeza en paisajes pesadillescos adornados con neblinas y terrores interiores. Un temazo para oír lento y en calma, mejor si es acompañado de una birra bien helada.
En conclusión, mientras muchas bandas solo ostentan el título de metaleros y viven de sus royalties, Grave Digger continúa en la trinchera, demostrando con cada lanzamiento su compromiso con el género. Sin reinventar la rueda, esta nueva producción mantiene la esencia del grupo y, aunque está lejos de sus obras cumbre (Tunes of War o la inigualable Excalibur), recupera gran parte de la potencia compositiva de sus primeros álbumes. Bone Collector es un disco que no defraudará ni a los viejos bangers ni a las nuevas generaciones de metalheads.
ANGRA “CYCLES OF PAIN” UN REGRESO AL TEMPLO DEL DOLOR
Por Pablo Rumel.
Innumerables bandas, tras cambios de formación, luchas internas y el implacable paso del tiempo, se enfrentan a la disyuntiva de evolucionar hacia nuevos sonidos o naufragar en la mediocridad, convirtiéndose en pálidos reflejos de sí mismas. Pocas logran preservar la esencia original que las vio nacer, y menos no traicionar su raíz primigenia para proyectar una nueva luz, faro para las nuevas generaciones y espejo para las venideras. Con su último álbum, Angra logra renovarse con
versatilidad, potencia y una buena pizca de originalidad.
«Cycles of pain» versa sobre la redención y el dolor, simbolizados por el ser cadavérico que figura en la portada; va por la vida con sus ojos vendados, pero cuidado, no ha perdido el camino, lleva por amuleto una rosa de los vientos (la misma que luce la portada del Holy Land), y detrás de su cenicienta figura se extienden alas angelicales, que nos recuerdan que detrás de cada demonio también puede yacer la luz; no hay vida sin muerte, ni cielo sin infierno. Con una breve introducción de 47 segundos titulada «Cyclus Doloris», oímos de lejos, como si estuviéramos perdidos en la floresta, un coro de voces angelicales que nos llaman desde un templo: Dolor viderunt abire, vieron al dolor irse, nos dicen, y si bien sufrimos mucho en el ciclo del dolor, los ángeles nos llaman a la vida eterna.
Es tiempo. Es hora de comenzar la homilía neobarroca del metal. Vamos allá. Y arrancamos con el corte épico y powermetalero «Ride into the Storm», abriendo los fuegos con riff potentes acompañados de cantos gregorianos y un solo veloz —ya marca de la casa— del talentoso Rafael Bittencourt. Antes del primer minuto, nos llega la cálida la voz del veterano ex Rhapsody of fire, ex Labÿrinth, y tantas otras bandas más, Fabio Lione, quien nos deslumbra con su técnica vocal controlada, una voz llena de cuerpo y potentes vibratos, alcanzando las notas más altas sin fallar en ninguna. El ataque de las guitarras rítmicas va al galope, con secciones de palm mute, introduciendo quiebres acompañados de una batería calculada, que no duda en desbocarse en los coros con una técnica de doble bombo a toda máquina, para luego centrarse en los pasajes más melodiosos con toques acústicos, a veces casi desapareciendo para airear más la canción.
Tras la descarga épica llegamos a «Dead Man on Display», la cual inicia con el lamento de un ¿moribundo? Los latidos de un corazón y un sintetizador cinematográfico nos adelantan el dramatismo de esta canción, en la cual se alternan los medios tiempos con riffs más veloces ,siempre en progresión, con un par de blast beats de Bruno Valverde, quien nos recuerda que pegarle a toda velocidad al bombo, platos y cajas es solo un elemento más del power metal, y que por sobre la velocidad se impone la soltura y los diferentes ritmos y tempos.
«Tides of Changes» cuenta de dos partes; una introducción breve de 1:15, y ya el desarrollo posterior en una pieza que se empina por sobre los cinco minutos y medio. La entrada es sólo teclado, voz y bajo, y ¡vaya bajo! Felipe Andreoli nos deleita con un trabajo lleno de slaps y énfasis en sus fraseos, con un sonido potente que recuerda a los primeros Yes y Rush, un sonido a medio camino entre la distorsión y la nota limpia, logrando esa reverberación que solo los maestros pueden lograr. Una canción progresiva que la convierten en la joya de la corona.
Como las obras de antaño, «Vida seca» marca una suerte de primera mitad. Es un quiebre en la tónica del álbum; inicia como una balada rockera con ritmos brasileros, con la voz del cantante invitado Lenine al arranque, cantando en el bello idioma portugués, para dar paso a un desarrollo tipo power ballad con Lione al mando.
Hemos atravesado la primera mitad del disco, un ascenso versátil, de una banda dando cátedra musical, con una paleta musical que tiene colores del progresivo, del neobarroco y del neoclásico, todo muy equilibrado, un justo medio y calculado que deleitará a audiencias jóvenes y veteranas. «Gods of the World» marca el descenso de la cumbre, pero no un declive, sino un retorno al sonido más heavymetalero clásico, con toques de Judas Priest, Rainbow y Manowar, incluso empinándose en coros de marcada intención hard-rockera. «Generation Warriors» y la balada «Here in the Now», podrían componer una suerte de mini trilogía en el disco, las tres comparten ese espíritu del metal frontal y combativo, con arreglos precisos, muy lejos de esa faramalla happy-power-metalera ultra edulcorada que alguna vez fue novedad, pero que ahora provoca algo de, seamos sinceros, cringe.
«Cycles of Pain» es el corte número ocho, tema que da nombre al disco. Unos bajos que recuerdan a los antiguos Pink Floyds y una melodía atmosférica con un teclado preciso, nos deja caer al centro del álbum, recordándonos con una voz emotiva que los ciclos del dolor queman el corazón, y gritar con rabia no los desgarrará. La vida duele, señoras y señores, son heridas abiertas que nos acompañarán por siempre. Pero hay que salir a pelear. De eso siempre se ha tratado el metal, de levantarse y pelear. Y es lo que nos dice «Faithless Sanctuary», la cual abre el juego con ritmos africanos y una base potente con una percusión poderosísima, olvidándonos por un momento que se trata de un disco power, pues la tónica es el progresivo, y de primer nivel, como los mejores Dream Theater.
Llegamos al cierre, nada de exhaustos, sí maravillados, con «Tears of Blood». Y se trata de un broche de oro, una canción diferente al catálogo habitual de Angra, con un dueto interpretado por Lione y la melódica y sabia voz de Amanda Somerville, con toques operísticos y altamente sinfónicos, una canción que nos habla sobre el desgarro que produce el desengaño amoroso, con lágrimas de sangre incluidas, un tema sobre la venganza y la traición, en plan vampírico-gótico.
En conclusión, Angra ha vuelto en gloria y majestad, con una contundencia que no escuchábamos desde su aclamado Temple of Shadows de 2004, y que supone un paso más, una progresión de nivel respecto a su anterior placa Ømni (2018), una banda con un sonido consolidado que rescata lo viejo y se abre a lo nuevo, que también nos recuerda a sus ya clásicos Rebirth y Angels Cry. En suma; versatilidad, potencia y una buena pizca de originalidad.
The Polvos – «Floating»
Por Claudio Miranda.
Con los dedos de una mano se puede contar a aquellos proyectos cuya Opera Prima graba de entrada una huella propia. En el caso de The Polvos, y con el mundo al borde del abismo por el desastre pandémico, el estreno en sociedad con «Darkness Emotions» (2019) evocó una propuesta sólida e identificable. En lo que desbordaba categoría y propósito ante todo, los de Concepción se jugaron con todo por una cátedra de psicodelia pesada, rica en texturas y pasajes sonoros de alcance sideral, aunque sin transar un ápice de su celeridad. Y es, precisamente, el elemento de la urgencia lo que le daba The Polvos! un temple distintivo que, a pesar de los dos largos años sin poder pisar un escenario -razones obvias-, se supo potenciar para lo que sería «Floating», su segundo largaduración y, con toda seguridad, un tremendo paso adelante.
La tonalidad de cada producción discográfica, es un elemento vital. Hacer sonar los discos con personalidad. Y es cosa de observar la producción visual de Floating para reparar en la diferencia con su antecesor. Si «Darkness Emotion» nos pone en la piel del arriero explorando los secretos de un valle verdoso bajo el firmamento estrellado, «Floating» es un despertar mental ante la apertura del vórtice hacia lo desconocido. ¿Un encuentro cercano del Tercer Tipo? ¿Una nueva forma de pensar? Preguntas y respuestas por doquier, es el auditor quien llega a sus propias conclusiones post-trance.
Nada de preámbulos ni introducciones pomposas. Dos cucharadas y a la papa, «Into The Space» nos sumerge de inmediato en un viaje espacial con velocidad Warp. La agudeza punk que Roberto Mora le inyecta a su labor en los tarros, es un rasgo fundamental en el sello inconfundible de The Polvos, mientras las guitarras de José Ignacio Mora, Bruno Flores y Francisco Pavez conforman un torrente nebular en pleno cinturón de Orion. Todo reforzado con la hondura que el bajo de Wladimir Rodríguez le brinda al puzzle sonoro de una banda que optimiza lo mostrado en «Darkness Emotions». El material en «Floating» es de estatura superior, extiende su propuesta con matices que en el LP debut asoman con fuerza, pero que ahora están presentes en el entorno sonoro que The Polvos proyecta de inicio a fin.
Los bpm disminuyen un poco en «Fire Dance», solamente para desplegar la energía cósmica que la voz de José Ignacio Mora canaliza con sutileza quirúrgica. Unas cucharadas de The Stooges que nutren la complexión psicotrópica de The Polvos, con las guitarras construyendo una fortaleza cuyos interiores pueden aterrar a quien ponga un pie en sus aposentos. La cadencia, la reiteración de sonidos y ritmos con regularidad infranqueable, es una herramienta que los penquistas utilizan para expandir su signatura hasta aquellos lugares donde lo esencial escapa a la vista.
El gran rasgo que le da a The Polvos un cariz diferenciador en gran parte del circuito stoner o «heavy-psych», es su olfato para seleccionar ingredientes impensados en apariencia pero coherentes a una integridad con cimientos en el impulso ante cualquier regla ajena. «Going Down», la tercera estación de «Floating«, lleva a la práctica los apuntes tomados de The Velvet Underground y Sonic Youth, brindándoles un matiz fantasmagórico y seductor a la vez. Hay una intensidad que va en aumento hasta manifestarse como una criatura de proporciones descomunales. De esos pasajes en que la voz de José Ignacio Mora, el componente más humano en la estructura sonora de The Polvos, se levanta en todo su esplendor. Nótese que al situarnos en la carne del disco, el protagonismo de las guitarras solistas va de la mano con una robustez en los riffs y la base rítmica. Características potenciadas por una excelente producción en el estudio que nos permite «ver» el aporreo constante de Roberto Mora a los tarros, secundado por un Wladimir Rodríguez impecable y sólido en las bajas frecuencias. Es la pulpa de Floating, y eso nos demuestra que no hay nada dejado al azar cuando se trata de hacer del álbum un viaje acorde a su mapa de ruta.
Pocas bandas tienen la capacidad de unir mundos tan distintos entre sí en un ecosistema propio. Y es que la intro de «Acid Waterfall», por mucho que pueda beber de la psicodelia lisérgica de Hawkwind, nos conecta de manera natural con un pasaje muy al estilo de Killing Joke o los ya mencionados Sonic Youth, ambos en sus etapas ochenteras. No son referencias cualquiera, porque si hay algo que distingue a The Polvos! es que no apelan a lo obvio, sino que van hacia los padres fundadores, a sus propias bases musicales como artistas. Algo impensado en apariencia como ir hacia adelante, a un pulso constante sobre el cual las cuerdas flotan y se deslizan en armonía hacia un mismo punto de respiración.
La última parada de Floating nos sitúa en el Valle de los Reyes, el panteón egipcio. «The Anubis Death» entabla una conexión con «Sahara», del anterior «Darkness Emotions«, aunque valiéndose por sí misma como un mundo autónomo. Es el espíritu del desierto y el misticismo oriental. La invocación al dios de la muerte, el acompañante de las almas de los difuntos hacia el encuentro con el supremo juez Osiris, a su vez el dios de la fertilidad y la resurrección. Nos abruma la forma en que The Polvos le da forma y movimiento al viento de arena que revuelve el desierto hasta la ribera del Nilo. Y eso tiene que ver con lo que busca una agrupación que, en palabras de sus componentes, tiene como influencia primaria el punk -y su fase post- y lleva dicho género hacia lugares tan remotos para la gente como soñados por todo aventurero. Y, por supuesto, nada de eso se entiende sin la presencia de los sintetizadores en conjunción con las pinceladas de guitarra en cada espacio. Todo distribuido en su justa medida, con la precisión requerida en terrenos donde es fácil extraviarse si te desvías de la ruta trazada.
Viniendo de una banda que hace sonar sus producciones discográficas con identidad propia, las diferencias entre «Darkness Emotions» y «Floating» son notorias dentro del hábitat que vio nacer andas placas. Si el primero destaca por la contundencia y el gancho inmediato. en «Floating» hay una orientación hacia la búsqueda y la formación de texturas que amplían los horizontes de navegación. Y The Polvos nos presenta su carta de navegación en 35 minutos de música que explora diversos rincones y pasajes, todo dentro de su trayecto hacia el nacimiento de todos los desiertos. Un rasgo que los penquistas aprovechan en favor de una matriz personal, resultando en que cada pieza en el disco se consagra como un momento indeleble.
El paso gigante que da The Polvos con «Floating», es un triunfo en todo aspecto. No solamente se ganan un lugar de honor junto a referentes locales como Vago Sagrado o los propios Kayros -nombre vital en el desarrollo del género heavy-psych en la Región del Bío Bío-, sino que se permitieron reeditar en vinilo el álbum en cuestión. Y es que la ética de trabajo en The Polvos tiene como objetivo el tomar la raíz musical de sus integrantes, el punk, y bañarlo en aquellos ríos que corren a través de la tierra yerma. De alguna forma, lo transforman en su propia versión del post-punk -pensemos en Echo & the Bunnymen, sobretodo sus primeros 4 discos-, sin caer en lo obvio, y transformando los rincones invisibles del lugar común en puntos de búsqueda para los arqueólogos del futuro.
No se puede agregar mucho a esta segunda andanza de The Polvos. Todo está dicho ante una banda capaz de mantenerse a flote y navegar sobre sus propios fluidos sonoros. Una virtud a resaltar en estos tiempos.
P.O.D «Veritas» (2024)
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
P.O.D., es un grupo estadounidense de rapcore y nu metal de ascendencia mexicana fundado en 1992 y que se conoce por ser una de las bandas cristianas mas reconocidas en el metal. Las iniciales P.O.D. significan Pagable al morir. El grupo esta compuesto por Sonny Sandoval, Wuv Bernardo, Traa Daniels y Marcos Curiel. Y acaban de lanzar su nuevo disco «Veritas», el cual los tendrá girando por Latinoamérica incluyendo a Chile (16 octubre, Teatro Cariola).
Hablemos del nuevo disco «Veritas», uno que logra mantener en líneas generales al grupo en lo mas alto de la música pesada. Un disco que suena fresco y moderno y que vamos a analizar canción por canción. El viaje parte con DROP (feat. Randy Blythe) , una versión alternativa y experimental de casi introducción acompañada de una gran potencia de nu metal clásico que va mezclando elementos mas pop con el rock pesado. Un inicio bastante interesante que desemboca en «I GOT THAT» otro corte mas pausado pero igual de intenso y con bastante ritmo. Continua uno de los principales hits AFRAID TO DIE (feat. Tatiana Shmayluk from Jinjer), logrando una gran mezcla de estilos y entregando un valor agregado con el talento de Tatiana en las voces e interpretación. Un single perfecto con excelente ritmo y coros amigables.
Continua «Dead Right» y «Breaking», la primera siendo bastante intensa y dinámica entregando elementos mas progresivos en la ejecución incluyendo sintetizadores y un gran ambiente también con una melodía bastante agradable de escuchar, sin duda de los puntos altos de este álbum incluyendo los riff mas pesados. La segunda canción señalada nos entrega una pausa, un momento mas de reflexión donde el rap se transforma en el hilo natural conductor pero siempre logrando incorporar ese elemento de rock pesado. «LAY ME DOWN (Roo’s Song)» otro corte que es bastante potente mostrando el característico estilo del grupo. Si bien no es nada novedoso cumple lo suficiente. La otra pieza es «I WON’T BOW DOWN» también bastante densa entregando nuevamente dinamismo a través de buenos riffs con una voz principal acompañando de gran manera.
THIS IS MY LIFE (feat. Cove Reber from Dead American) una de las sorpresas de este disco, personalmente no conocía esta canción y me agrado mucho la versión que P.O.D pudo lograr impregnando su sello tan clásico de un nu metal alternativo que es capaz de integrar varios estilos a la vez. El viaje sonoro continua con «LIES WE TELL OURSELVES» una de las mas pausadas y armónicas a la vez, con bastante estilo logrando incorporar elementos del metalcore o un rock mas pesado recordando el sonido de los años 90. Cerrando el disco nos encontramos con otra de las joyas y puntos altos WE ARE ONE (OUR STRUGGLE),track con bastante fuerza y onda para posicionarse como un posible hit. Un resumen perfecto de la energía renovada por parte del grupo. Este disco llega a su fin con FEELING STRANGE uno de los track mas cercanos al pop y al rock alternativo, bastante agradable de escuchar. El resumen un disco que muestra que el grupo sigue estando bastante vigente con un sonido propio que ha logrado pulir en estos 30 años de carrera.














