Avatar en Chile: ¡Que arda el Apocalipsis!!!
Por Claudio Miranda.
Fotos por Rodrigo Damiani @sonidosocultos .
Poco más de 20 años y casi una decena de discos. No sólo resume en datos la carrera de Avatar, sino que suma como estadística lo que hubo que esperar para que el debut en Sudamérica se concretara de una vez por todas. Su estilo ecléctico, el cual hermana la música extrema y los sonidos industriales-modernos en canciones con vocación de himno, se potencia con una teatralidad escalofriante. El impacto de Rammstein, lo grotesco de Marilyn Manson y la cochambre de Ministry, todo en un sello artístico que muchos anhelan obtener y pocos lo logran llevarlo a su propio circo de horror. Agreguémosle la obra de Beethoven, la cabalgata de Iron Maiden y, en algunos casos, el caos sistemático de Meshuggah. Y, bueno,la huella de New York Dolls, Alice Cooper y Kiss corona un propósito que logra ser creativo y trivial a la vez, grande y pequeño cuando hay que serlo, revolucionario e insistente. Todo eso sin dejarse intimidar por la opinión del resto, lo cual es primordial para que el combo fundado por el baterista John Alfredsson y el guitarrista Jonas «Kungen» Jarlsby se ganara a pulso propio el sitial de honor que relucen hoy.
El lanzamiento de Dance Devil Dance (2023), sin duda fue una sorpresa y, al mismo tiempo, una señal de confirmación y recuperación. «Hunter Gatherer» (2020), como muchos lanzamientos en plenos días de pandemia, sufrió los embates del COVID-19, entre éstos el final abrupto de la gira con Tallah en 2021 debido a que integrantes de dicho grupo contrajeron el virus. Días de alta turbulencia que hoy parecen lejanos por el estado de gracia y la intensidad que Avatar proyecta en el escenario, esta vez como dueños y generadores de un estilo de shock-rock de grueso calibre. Y el anuncio de Chile como el primer capítulo en la «desconocida» Sudamérica, era cosa de tiempo. Quizás impensado hace 15 años o un poco menos, pero en estos días, y con una cartelera quizás sobrepoblada cada semana, el anuncio oficial cayó como bomba entre sus seguidores locales.
Esta fecha histórica tenía que ser una fiesta de principio a fin, desde el momento en que al hacer la fila divisamos algunas caras pintadas con el maquillaje de Johannes. Muchas de esas caras también estaban preparadas para la apertura a cargo de We Are the Monster, una joven agrupación cuyo espectáculo y propuesta desembocan en el primer terremoto de la noche. Y no exageramos al afirmar que somos testigos y partícipes de un momento totalmente aparte, pues lo que se anunció de manera oficial como banda telonera, en la práctica es una erupción volcánica sin precedentes en estos parajes. Y es que «Born in the End», «One Last Song» y la homónima «We Are the Monster» detonan la locura en una fanaticada que echa fuego desde temprano.
Parece increíble que una banda con apenas tres años de carrera te ofrezca -y refriegue- un nivel de bestialidad y agresión como si llevaran décadas en la ruta. Pero la categoría de «Destructive World», el martillo castigador de «Fearless» y la grandeza de «Fire», todas en vivo son muestras de la brisa refrescante que le da We Are the Monster al metal. Todo potenciado con un desplante en escena arrollador, donde todos son parte de algo tan poderoso e innovador. La voz de Zero, a ratos se pierde en la metralla de sus colegas, pero lo compensa con una presencia aplastante y prácticamente se adueña del escenario con una soltura de veterano de mil batallas. Igual que Anaxor, la encargada de los teclados -importante elemento en el pantano moderno-industrial de WATM, quien se suma a la entrega en vivo como resumiendo el disfrute de tocar la música que les gusta y dejar hasta la última gota de sudor. Son 45 minutos clavados, aprovechados sobre el escenario como si les fuera la vida en ello. We Are The Monster es una revolución en su esencia.
La espera se extiende 45 minutos, los que terminan con el primer bombazo. «Dance Devil Dance» y el oleaje de personas saltando se vuelve la reacción natural a un debut esperado durante años en el sur del cielo. De un misilazo a otro, «The Eagle has Landed» disminuye los bpm, pero libera todo su peso y gusto melódico. Con qué facilidad Avatar se apropia del escenario y lo transforma en su propio circo de metal y humor negro, a la vez que su habilidad musical sale triunfante. Por otro lado, «Valley of Disease» transforma la euforia en una hoguera, como si Slipknot fuera pasado por el filtro de Avatar. Hay una identidad que los fans abrazan a punta de sudor y lágrimas en los coros. La cancha abriéndose para una centrífuga humana de nivel pantagruelesco, lo dice todo cuando se trata de dar la vida por una banda que hace lo mismo con la suya en el escenario.
Nos inclinamos ante la calidad de Johannes como frontman y maestro de ceremonias. Un tipo que sabe cómo llegar a su público sin necesidad de venderla. Si apela a nuestro lado animal en «Chimp Mosh Pit», es porque la locura es una opción natural. El moshpit como muestra de cariño entrañable, Johannes logrando el punto más alto de su registro vocal, la música hermanando belleza y extravagancia en su mismo espectro, las guitarras de Tim Öhrström y Kungen disfrazándose de las «gemelas» de Iron Maiden en «Paint Me Red»… Sí, hay espacio para la referencia y el lugar común, pero la lección que nos deja Avatar es la originalidad que traspasa al directo como un sello intransferible y único en su especie.
La naturaleza industrial que profesa Avatar en «Bloody Angel», resiste y gana en toda prueba. Una baja de intensidad que después aumenta como una explosión, al igual que la recepción por los fans a los coros. La música le pertenece tanto a sus creadores como a la gente, y eso se agradece desde el corazón. Igual que «Make It Rain» y el clímax melódico marcando la pauta junto a la fuerza de los riffs y una base rítmica que intercala brutalidad y groove. Como las buenas canciones, dejando prendidos a los fans que transformaron la cancha en una pista de baile.
El humor de Johannes queda de manifiesto en «Puppet Master», una canción de aire circense hasta lo demencial. El peak de la fiesta, con el tipo apareciendo en el palco derecho ante la sorpresa del público, primero inflando un globo y tirando bromas visuales en doble sentido. De pronto, saca una trompeta y el Cariola se vuelve un circo de rarezas en llamas. No se necesita nada más, salvo lo que tiene Avatar para llevar el concepto del espectáculo hasta formas que pocos pensarían en llevar a la práctica. Y lo otro, es que el manejo de Johannes con el público en «When the Snow Lies Red», nos habla de un personaje infravalorado, al frente de una banda inexplicablemente subvalorada.
Si querían metal extremo, sea death o black, «Do You Feel in Control?«tiene eso con que sale, literalmente, a romper cientos de cuellos. Un shock de voltaje que te deja marcando ocupado hasta el K.O. Y así también hay espacio para el duelo de guitarras, con Kungen y Tim Öhrström turnándose en sus solos, para que después Johannes reaparezca con globos de colores en mano. «Black Waltz», literalmente un vals de black-death metal de circo. Siniestro, perverso… y divertido. Muy divertido. Avatar lo pasa bien, Johannes lo disfruta como un psicótico, mientras John Alfredsson en la batería le da al doble pedal como un animal. Como lo que somos todos cuando la música despierta nuestros instintos más escondidos. Y también hay que darle el mérito a Henrik Sandelin, un bajista de bajo perfil en apariencia, pero que se integra a la vorágine cuando llega su momento.
El momento más íntimo y distinto lo vivimos en «Tower», con Johannes solo en el piano. La intensidad disminuye considerablemente, pero se compensa con una emoción enternecedora hasta las lágrimas. Qué rico cuando un artista nos comparte su propia introspección y nos hace parte de aquello, de su mundo creativo y su sensibilidad. A lo grande, lo que nos gusta de Avatar más allá de la apariencia. abarcando terrenos quizás insospechados en medio de su grandeza en vivo. Y el final de la pieza, con la gente cantando a capella… estremecedor en todos sus surcos.
Volvemos a la pista de baile con «The Dirt I’m Buried In» y hermanamos los estilos extremos con la épica celta en «Statue of a King». Una fiesta a la que todos están invitados, mientras Johannes corre y baila como un loco de remate. De ahí al binomio de «Colossus» y «Let It Burn», la segunda rememorando el impacto noventero de White Zombie al estilo de Avatar. No paran de hacerte trizas el cuello, al mismo tiempo que Johannes reluce su tono más operático sin descuidar su vertiente gutural. Es ahí donde nos brinda otro de sus discursos con dedicatoria a los fans, en especial a quienes saben que esta música va dirigida a otros igual de extravagantes y desadaptados en la vida. Y con sombrero de chupalla, aparece y resurge para presentar la panteresca «Smell LIke a Freakshow» -ni los problemas técnicos pueden mermar la bruma de insanidad de los suecos. Si la gente se sabe las letras de memoria de inicio a fin, es porque su categoría de clásico está merecida desde su concepción hasta la tendalada en vivo. Y con el final pletórico en «Hail the Apocalypse», coronamos la primera vez de una banda que continúa la senda del shock rock a la antigua, pero siempre con su paleta de colores a mano. La misma paleta que durante casi un cuarto de siglo le permitió a Avatar desarrollar un estilo personal, capaz de hacer arder el Apocalipsis en suelo chileno.
The Metal Fest Chile 2024: Entre la variedad y la actitud.
Por Claudio Miranda.
Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Tras el retorno de The Metal Fest el año pasado, luego de un silencio de casi una década, había que apuntar a lo grande. Si la edición anterior fue un desfile de las bandas más importantes en todas sus divisiones de estilo, ahora se apeló a la variedad. O, mejor dicho, al riesgo. No se entienda como un rasgo negativo, sino desde el punto de vista de quienes sabemos lo que significa el metal más allá de la etiqueta o el cliché. Tiene que ver con la diferencia, lo impensado, la variedad de colores dentro de un mismo espectro de rebeldía y talento. El abrir otros caminos hacia lo ignoto, lo que hace 20 o 30 años fuera una manera impensada de hacer las cosas, hoy se imponga como escuela. Para bien o para mal, pues así como hoy hay muchos elementos que conforman una fórmula a la segura, también lo hay en cuanto a lo que es meterse al bolsillo la convención de la industria y el status quo en todas sus formas.
Las cosas como son: el metal, sobretodo en sus corrientes más extremas, goza de una popularidad relativa en Chile. No despierta el mismo hype que Lollalapooza, Knotfest y otros festivales que abarrotan un estadio o un parque completo, y el Movistar Arena a 3/4 de su capacidad (siendo generosos) grafica lo innegable. Pero nada de eso a quien vive y muere por esta música debería afectarle, sino más bien definir la esencia de un estilo musical que, simplemente, no busca agradar a nadie, salvo a quienes lo abrazan tanto asistiendo a conciertos como adquiriendo material (discos en formato físico, poleras), para no dejarlo más. Por ende, se justifica cuando al momento de analizar un evento de tamaña importancia la objetividad se marea. Porque en una fiesta donde los stand de merchandising y tatuajes/barbería juegan un papel determinante como las sesiones de firmas de autógrafos, la experiencia no te la saca nadie. De la misma forma en que los puestos de comida y cervezas completan el aire de camaradería en un fin de semana que rememora las primeras dos ediciones. Volver una década atrás, con algunos de sus protagonistas de esa vez generando un deja-vu en los mayores, y un impacto emocional para quienes tienen su primera vez en estos días.
DÍA 1: En la variedad está el gusto.
Empecemos primero por el heavy metal de nuestros Battlerage. Sin duda la banda que marcó la ruta del amanecer de los 2000, cuando «Steel Supremacy» (2004) apareció en los estantes como una señal para los amantes del estilo en su fase más pura y épica. No sólo le dieron el «vamos!» al festival, sino que se plantaron de una con su puño de heavy metal gigante y una metralla de himnos de batalla que se impusieron hasta al corte de energía que por un par de minutos nos tuvo en vilo. Y es que con un frontman de la talla de Fox-Lin, se agradece tamaña descarga de poder con puño en alto. Battlerage tropezó por dicho imprevisto, pero jamás cayó porque su hacha de heavy metal, después de 20 años, sigue intacta e igual de furiosa.
Un recreo de media hora, con el reloj en toda su precisión para que a las 14 horas los alemanes de In Extremo nos presentaran su fusión de metal y folk europeo, siempre con ese temple rockero que se echa al bolsillo tanto a su minoría incondicional como a los curiosos. El primer acto internacional de la jornada, y la unión de gaitas y guitarras que triunfa sin apelación en cortes como «Troja», «Vollmond» y «Störberker», impone sus términos y condiciones con la categoría que les valió la atención de todo el orbe en el promedio de los ’90s. Imposible omitir el atractivo de «Esta Noche» en el público sudamericano, un himno por derecho propio que en nuestro país al menos tiene eso que lo hace especial, como un regalo desde tierras germanas hacia los fans del sur de mundo. Comienzo auspicioso de una maratón musical repleta de vértigo y calidad.
El death metal blasfemo de Necrodemon, se basta por sus méritos cuando se trata de cuestionar lo sagrado para la humanidad. Dijimos cuestionar porque es la palabra correcta, pero lo que generan los ariqueños a nivel local, es una muestra de amor hacia un género musical que combina la bestialidad implacable del death metal con el concepto anticristiano en plena declaración de principios. No se puede entender de otra forma a Necrodemon, si cuando gritan desde la tripa «QUE MUERA EL PERRO JESÚS!!», lo hacen vomitando lo abominable. Como tiene que ser.
El retorno de los legendarios Exodus al Movistar Arena (2012, se acuerdan de la edición inaugural?), tuvo todos los ingredientes para darle a The Metal Fest un rótulo de imperdible en todos sus horarios. Y los californianos empiezan el bombardeo con el binomio «Bonded By Blood» y «And Then There Were None». Casi nada, con la primera desatando la hecatombe esperable en estos casos, y la segunda ganando mediante esos coros literalmente hechos para echar abajo el recinto que sea. Tras la paliza con «Fabulous Disaster», viene una selección de su material más reciente, donde la intensidad en cancha disminuye, pero nos permite apreciar el estado de gracia y confianza en una banda cuyos integrantes promedian los 60 años. Cuarenta y cinco minutos de rabia y nihilismo que superan los límites del thrash y nos dejan satisfechos cuando se trata de liberar energía. A lo más, el broche con la bailable «Toxic Waltz» pudo ser más aplastante. Algo faltó ahí para cerrar en lo alto, pero con más de cuatro décadas en la mochila, hay que tomarlo como una muestra más de la sangre thrash que nos une en torno a un solo propósito.
De vuelta al Hell Stage, la clase de historia que nos da Vastator es asignatura obligatoria. Y sí, es una cátedra por lo que significa su aporte al metal chileno desde fionales de los ’80s. La época de los demos, los cuales tienen su presencia asegurada en un repertorio donde resaltan «Las Joyas del Cura», «Inconsciencia Asesina» y «En las Frías Paredes del Nicho». Rob Díaz debe ser una de las voces y figuras más emblemáticas en nuestro medio, llevando la influencia de Rob Halford y Geoff Tate a su propia estampa artística. Hubo que lidiar en algunos momentos con un sonido regular, pero de todas maneras se agradece a Vastator por recordarnos los valores de una era (no tan) lejana en la historia del metal en Chile.
Las sensaciones respecto a Sepultura son encontradas. La partida con «Refuse/Resist» y «Territory» provocaron un terremoto, el que genera el poder de los clásicos y las buenas canciones. Con un repertorio acotado en tiempo y cantidad, los brasileños echaron abajo el recinto ubicado en el Parque O’Higgins y aprovecharon el tiempo como si cada segundo en el escenario valiera la vida. Sus fans de toda la vida, sea en cancha o platea, dan la vida por la banda más importante de Sudamérica, es cosa de ver la recepción que generan «Kairós» y «Means to an End», ambas muestras de un catálogo reciente rico en frescura. ¿Cuál es el problema? Que pese al aluvión que genera «Arise» o el maremoto humano en «Roots Bloody Roots», pareciera que su gira de 40 años se depreció en cuanto a importancia; merecía un lugar como headliner. De todas formas, y tal como nos lo promete Andreas, esto es solo un aperitivo para lo que será su retorno el próximo año. Nos dieron su palabra, ojalá la espera no sea tan larga.
Desde la IX Región, Derrumbando Defensas dice ‘presente!’ en The Metal Fest como exponentes de la música extrema.como grito de protesta. Su ropaje de hardcore y death metal es el que eligieron Maritza, Mónica, Carolina y Coty, todas unidas durante más de una década en un mismo propósito, al cual adhieren quienes caen de rodillas de inmediato ante la ira profesada por sus creadoras. Y las mencionamos a las cuatro porque «Industria Asesina», «No me Representas» y «Esclavitud Moderna» no funcionarían en vivo si no proyectaran dicha unión como grupo. Hay cosas que no se explican tanto por la calidad musical, sino por las ganas de patearle la cara a la corrección política. Y así debiera ser siempre cuando hay una rabia genuina.
El metal progresivo tuvo su exponente en los suecos de Soen. Con la pura empezada de «Sincere» y el himno «Martyrs», nos queda claro que el tiempo y el trabajo duro le dieron la razón a Martin López cuando decidió emprender su propio proyecto. Y su esperado retorno a Chile, un año después de coronar la edición inaugural de CL.Prog en el Caupolicán), se puede leer tanto como una sorpresa para una mayoría como un voto de comunión obligatorio para sus fans chilenos.
Explayémonos un poco en lo que provoca Soen, porque su objetivo apela a la evocación y la construcción de atmósferas introspectivas, todo potenciado con el encanto de las buenas canciones y un espectáculo sobrio en pirotecnia pero intenso en entrega. Llamativo es el fenómeno que genera con su estilo marcado por la huella de Katatonia (en su fase más reciente), pero con una puesta en escena mucho más dinámica, como lo refleja Joel Ekelöf y sus movimientos tan seductores como su voz. Lars Åhlund en teclados, es un aporte gigante y silencioso a la vez, como el del eterno Richard Wright en Pink Floyd. Hay que guardar distancias con el lugar común, como tampoco podemos pasar por alto lo que ocurre en «Modesty», «Violence» y «Antagonist». Por cierto, notable que su repertorio se enfoque en sus últimas tres placas, porque si hay algo que define el trance de Soen, es su mirada en el momento con ruta hacia su propio futuro.
No se puede entender el death metal en Chile sin Sadism. Probablemente la banda definitiva de las que surgieron en su tiempo, hoy portando el estandarte del género con la propiedad de toda institución. Con el sempiterno Ricardo Roberts al frente, había tiempo y espacio suficiente para descargar una selección con lo más granado y contundente de su catálogo. «Faces of Terror», «Exsanguination» y la clásica «Perdition of Souls», ahí tenemos algunas muestras de una propuesta arraigada en el viejo cuño, de cuando el death metal surgió como un impulso por arrasar con todo y vomitar el odio contra toda autoridad, literalmente. Un número d alto octanaje y, cómo no, una cátedra de metal crudo e inflexible desde la tripa. Tocar death metal es una cosa, retratar el horror humano en la música más podrida y castigadora es otra y mucho mejor.
La cuota de power metal, a la usanza europea de la década del ’90, se la debemos a Gamma Ray. Es cierto, son de la casa y Kai Hansen es EL pionero de la movida del power metal melódico en Alemania y Europa desde sus tiempos con Helloween. Pero basta con que la intro «Welcome» y la patada inicial de «Land of the Free» para que los alemanes justifiquen nuevamente su condición de local en estos parajes. «Last Before the Storm» y «Rebellion in Dreamland» le dan al espectáculo un carácter de viaje en el tiempo hacia los tiempos dorados de un estilo que construía su propio imaginario de metal y Sci-Fi fuera de todas las tendencias ajenas de ayer y hoy.
La adición del cantante Frank Beck, quien lleva 9 años a bordo, le da a Gamma Ray la disposición suficiente para abarcar tanto el distintivo único de la banda como la etapa más primaria, mucho más cercana al heavy alemán de esos años. es así como «Master of Confusion» y «Dethrone Tyranny» obvian la distancia temporal que los separa en favor de una identidad inexpugnable, así como «Heaven Can Wait», «Somewhere Out in Space» y «Send Me a Sign» rememoran el shock heavy-metalero de una época crucial en el desarrollo del género. A destacar el carisma de Kai Hansen en escena, un tipo que se da el tiempo de interactuar con el público, al mismo tiempo que su labor con Kasperi Heikkinen en las guitarras es de antología. La emergencia sufrida por Henjo Richter hace unos meses motivó el cambio para el periplo sudamericano, y funcionó como si fueran colegas de años. Eso es Gamma Ray, eso es el power metal, lo que se vive y suda como un principio de escape y fantasía.
El escenario local trae de vuelta a nuestros Dogma, quienes mejoraron el silencio durante el atardecer de los ’90s. No podemos ser objetivos cuando tienes una obra maestra como «Improve the Silence» (1997), de los pocos discos debut con designación de clásico inmediato. Con los fundadores Gabriel Almazán (guitarra y voz) y Sebastián «Chupete» Rojas (baterista chileno radicado en Suecia) al frente, el ejercicio de nostalgia es necesario y natural a la vez. Una a una salen a rugir «Diesel», «Mr Waste», «Improve the Silence», «Instinto Asesino», y una que les valió inscribir su nombre en la cultura pop chilena, «Vampiro», precisamente por su aparición en la banda sonora de la recordada película de terror chilena «Sangre Eterna». Potentes, bien aceitados, aunque hubo que batallar con algunos problemas en cuanto al sonido, a ratos muy saturado. De todas maneras, siempre será necesaria la dosis de groove en el engranaje del sistema imperante.
¿Qué decir de Killswitch Engage? Primero que nada, el sentido de variedad en The Metal Fest tiene sentido con la presencia de una institución del metal más moderno. Exponentes absolutos del sonido metalcore durante el actual milenio, con un catálogo arrollador igual que su espectáculo en vivo. Y tan importante como lo anterior, es la manera en que su alineación histórica se mantiene igual de lubricada, lo que explica el fenómeno que provoca de manera transversal. «My Curse», «This Fire», «Strength of the Mind» y «The End of Heartache», todas rememorando la rabia juvenil de toda una generación que vio en los de Westfield una voz representativa. Eran los 2000 y a pesar de toda el agua que ha corrido en el río, y las visitas anteriores a nuestro país, verlos echar fuego en un escenario grande es un deleite.
«The Signal Fire» y «Unleashed» fueron las únicas embajadoras de «Atonement» (2019), su producción más reciente. Aún así, Jesse Leach y los suyos tienen algo que les permite mantenerse en forma, con los bríos de la juventud canalizados en algo mucho más grande. es el sentimiento de un género que abre el camino a las siguientes generaciones, las mismas que transpiran el cover de «Holy Diver» (sí, el legendario Ronnie James Dio está más vivo que nunca) hacia el final como si se les fuera la vida. Es lo bonito de Killswitch Engage en vivo; lo que hacen por unir distintas generaciones en una misma atmósfera, y el aire que le da a una música que supera las fronteras de lo clásico.
En el cierre de la jornada inaugural para la armada chilena, la elección de Dorso era obvia y bienvenida siempre. Con un repertorio muy cargado a «El Espanto Surge de la Tumba» (1993) -por lejos, su álbum más importante, incluso fuera del metal-, el Hell Stage lleno fue testigo y partícipe de un ritual que te puedes saber de memoria, y, aún así, no para de sorprenderte. «Deadly Pajarraco», «Vampire of the Night», «El Espanto…», «Ultraputrefactus Criatura» y «Horrible Sacrifice» salen a rebanarle el cuello a todo el mundo. Poco que agregar a una presentación en que la jerarquía artística, el recurso musical y la metáfora como objetivo definen lo que es Dorso en vivo. Una experiencia, pero de esas macabras y dotadas de un humor negro…y muy chileno. No puede ser de otra forma, mucho menos cuando tenemos a nuestro ‘Pera’ Cuadra exponiendo sus credenciales como los próceres saben hacerlo.
El broche del primer día estuvo a cargo de Emperor. Una voz presentadora, una pletórica «Into the Infinity of Thoughts» en el arranque y lo demás que fluya. Pasaron casi 2 años desde aquel debut inolvidable en suelo chileno, y a pesar de que la experiencia en el Caupolicán fue más íntima y más compacta, el desempeño de los nórdicos en contexto de festival es demoledor.
Con los fundadores Ihsahn y Samoth al frente, Emperor juega a lo que sabe. Juega a la grandeza que los hizo resaltar en su generación y tanto en «Thus Spake the Nightspirit» como en «Ensorcelled by Khaos» se manifiesta el frío gélido de aquellas tierras donde el black metal se transformó en una forma distinta de ver el mundo. De la misma forma en que «In the Wordless Chamber» proyecta la faceta más vanguardista de una agrupación que culminó su discografía en un momento decisivo. Y es que la carrera de Emperor, a pesar de sus tantas reuniones y los más de 20 años de silencio discográfico, hoy se enfoca en sumergirnos en los misterios de un sonido abrasivo y purificador a la vez.
En contexto de festival, y es necesario remarcarlo, Ihsahn se muestra mucho más empático con el público chileno. Asume su papel de líder y frontman -tal como Steven Wilson en Porcupine Tree, con una Telecaster en mano como queriendo decirnos que el tipo está a otro nivel de músico. No es casual la referencia porque Emperor nació en un género determinado y llevó el asunto hacia lugares ignotos. «The Loss and Curse of Reverence» y «With Strength I Burn» tienen eso que se traduce en un efecto de devastación y limpieza en vivo. Lo cual se puede explicar no solo en el desempeño de las guitarras de Ihsahn y Samoth, o en la batería de Trym Torson, sino en los teclados de Jørgen Munkeby y el bajo de Secthdamon. Es ahí, tanto en sus ideólogos como en los acompañantes de viaje, donde radica la pulcritud sonora de una propuesta que en otros casos no va por ese camino. Pero el interés de Emperor por el estudio y el perfeccionamiento es lo que explica la efectividad de clásicos como «Curse You All Men!«, la inmortalidad de «I Am the Black Wizards» o la grandeza escalofriante de «Inno A Satana».
La dupleta final con «The Burning Shadows of Silence» y «Ye Entrancemperium» le dan el toque supremo a Emperor como una experiencia total. Y, de paso, nos da la razón a quienes sabemos de antemano que la variedad, la que define el gusto personal, puede transitar por caminos muy luminosos y otros de tiniebla absoluta. Como también asumimos que la jornada siguiente cambiaría ¿un poco? la cosa.
DÍA 2: Sígueme o muere!
El título para la segunda jornada tiene razón de ser, y no solamente por el acto estelar. De la diversidad de la jornada anterior, pasamos al protagonismo del thrash metal, la revolución metalera por excelencia desde la década del ’80. Tampoco se perdió el sentido de variedad del primer día, pero el peso de los nombres muchas veces dice más por sí solo.
Directo al Hell Stage, tenemos a Parasyche abriendo el domingo con su estilo de metal técnico y muy melódico. Al grano, iniciando el ataque con «Parálisis», afirmándose en «Mamba» y lo demás es ganancia. Cristian Suarez, quien había estado antes como bajista, se hace del liderazgo en escena dándole una nueva energía a la banda. Es lo más importante cuando se trata de abrir una jornada, y más con un espectáculo que obtiene su recepción en un público más joven y con ganas de mosh.
Dijimos que la cosa el domingo estaría más cargada al thrash metal y Forbidden es el acto elegido. Igual que en 2012, abriendo el cartel internacional, aunque esta vez es Norman Skinner quien sale como titular en vez del histórico Russ Anderson. Repertorio 100% vieja escuela, con «Forbidden Evil» (1988) marcando dominio y satisfaciendo a los fans más duros del thrash. Ahí tienes «March into Fire», «Through Eyes of Glass» y la megaclásica «Chalice of Blood», asomando también «Step by Step» y «Twisted Into Form». Preciso, triturador y con la centrífuga humana respondiendo a lo requerido.
El sábado lo hizo Dogma. El domingo le tocó a Total Mosh realizar el ejercicio de nostalgia que en la práctica se vuelve algo mucho más grande y fresco. Alineación original, incluyendo al baterista Rodrigo Sánchez. Moviéndose en el mismo hábitat temporal que Prong, White Zombie y Pantera, el cuarteto te brinda un espectáculo de experiencia sin olvidar la rabia que le dio a «Violencia Necesaria» (1997) un sitial de honor en la discografía de música extrema hecha en Chile.
No pasó un año para que Dark Tranquility volviera a presentarse delante de un público que los acoge de toda la vida. No pasó mucho tiempo para que «Encircled» y «Atoma» , ambos de su penúltimo álbum, se nos plantaran como himnos capitales para después llevarnos a los mejores momentos del sonido metal de Gotemburgo. Y es cierto, sabemos que hoy Dark Tranquility es mucho más que el nombre histórico de una escena de renombre, pero hay algo en su evolución de tres décadas que jamás se perdió y es la coherencia. Por ende, «Phantom Days» suena igual de potente que otras más laureadas como «Hours Passed in Exile», «Nothing to No One» o la más antigua «ThereIn». En todas hay una mística que congenia el buen gusto y la transgresión, como una forma y un estímulo interno. No sabemos si hablar del aporte de cada integrante, porque el oído que tiene Mikael Stanne para continuar su proyecto durante más de tres décadas lo dice en todas sus formas. Reiteramos, hay variedad aún, incluso dentro de lo áspero en su justa medida.
Desde Calama, el death-thrash de Dark God continúa la maratón local. La crítica es necesaria hacerla; muy al debe en cuanto a sonido, con un bajo muy arriba respecto a la guitarra. Viendo lo positivo, se destaca la trayectoria de una agrupación que bebió directamente de lo que venían haciendo Morbid Angel e Immolation en su época, como podemos apreciar en «Cremation of the Saint» y «The Forces of Evil», sólo un par de ejemplos en un repertorio corto en tiempo y nada de amigable, lo último como tiene que ser y verse el death metal sin aditivos.
Sabemos que Amorphis son de la casa y que el mito de la tierra legendaria de Karelia tiene muchos adherentes y fanáticos chilenos que llegaron a dicha épica por la música. Incluso tenemos claro que el lujo que nos ofrecen los fineses es enorme en todo aspecto, sobretodo en la música, por supuesto. Vienen promocionando «Halo», del cual «Northwards» y «The Moon» salen airosas y se ganan su lugar merecido en el repertorio. Pero en el marco de festival, también hay un par de regalos para los fans más antiguos, «Black Winter Day» y «My Kantele». Los ’90s hermanados con el resurgir de los 2000, no solamente en presencia, sino en lo que Amorphis provoca en vivo. No se nos ocurre cómo etiquetar a una banda que recrea en un escenario grande su propia mística, porque de eso se trata. Amorphis pone el tema distinto, el de las raíces culturales de su natal Finlandia, complementando el concepto con una riqueza sonora que no para de sorprender y encantarnos. Se hace poco hacia el final con «The Bee», lo cual esperemos que sea solamente un adelanto para una próxima visita en solitario.
Si el death metal chileno se mantuvo incólume en los 2000, hay que darle los créditos a Cerberus. Con Juan Pablo Baquedano y Claudio Astorga como integrantes históricos, da gusto lo que han logrado en 30 años de carrera. Sobretodo durante los 2000, cuando el lanzamiento de Ébola volvió locos a quienes buscaban en Chile el relevo de los ya veteranos Sadism y Torturer. De todo su catálogo relucen «Ébola», «Brutalized» e «Immortal Hate» de manera infencciosa, a veces como la mordida de una bestia que te saca trozos de piel y órganos. Eso es el death metal y Cerberus en The Metal fest es un hito por lo que significa para dicho género.
El retorno de Evan Seinfeld a Biohazard fue tan esperado que se justifica su condición de headliner. Una paliza, no hay otra forma de rotular lo que hicieron en el Movistar Arena, y con toda razón si tienes un repertorio totalmente inclinado a su trilogía clásica. En especial «Urban Discipline», un fundamental en cualquier discografía hardcore-punk, de la cual nos gusta destacar «Shades of Grey». No es solamente el desmadre en vivo, sino la forma en que Evan sale jugando con micrófono en mano después de una avería en su equipamiento de bajo. Ante la urgencia, y si cuentas con una pandilla que te respalda en todas. Una ola humana que sube y baja al ritmo de «Wrong Side of the Tracks», «Black and White and Red All Over», «Down for Life» y «Victory». Todos misilazos de hardcore puro. con alguna interrupción de parte de la propia banda. Y quienes escuchamos hablar a Evan en su español singular para pedirle al público bajar la vehemencia en el pit o saltar con más pelotas al ritmo de la música, sabemos que el tipo lo dice con la voz de su experiencia. Por ahpi el asomo a la primera vez en Chile, cuando tocaron con Bad Religion, de ahí el cover a «We´re Only Gonna Die» y su significado en Chile. O el impacto generacional de «Punishment», incluida la intro sacada de la película de culto «The Punisher», protagonizada por Dolph Lundgren. Quizpas a pocos les importará ese dato, pero Biohazard se volvió un clásico por las mismas razones que una generación vibra y salta con ellos, incluso si no eres muy fan del hardcore.
Si hay una banda que lleva años y décadas portando el estandarte del rock chileno desde el lugar del hombre común, ninguna lo hace como Alto Voltaje. Presentando «Manifiesto» como su producción salida del horno durante el segundo semestre del año pasado, el combo liderado por Víctor Escobar y Ery López no se guarda nada y dispara contra quienes nos tienen sumidos en la miseria del diario vivir. «Vidas Rotas», «El Juicio», con dedicatoria a los curas, «Mueres por ser Pobre», todas con un mensaje, una impronta de rock y calle desde la visión del obrero que se rompe la espalda por surgir y dejar una huella. En la misma senda tienes un clásico como «Adiós a la Fábrica», un corte autobiográfico (Victor la escribió inspirado en su padre) que el rockero de bar y pilsen en mano adopta como un relato que te puede pasar a ti o a un ser querido. No se puede ser objetivo con Alto Voltaje, porque lo que transmiten es como parte de nuestra cultura subterránea. Desde esta tribuna les damos las gracias por lo que le dan al rock chileno desde el lugar donde se escribe la historia.
Sabíamos que por causa de enfermedad de D.D. Verni, Overkill tendría en su lugar al icónico bajista Dave Ellefson, como reemplazo de emergencia. Lo que no esperábamos es el nivel de velocidad y salvajismo con que los neoyorkinos desplegarían todo su arsenal. «Scorched», «Bring Me the Night», «Electric Rattlesnake»… Dos cucharadas y a la papa, sin eufemismos. «Hello from the Gutter», el primer clásico y el Movistar Arena viniéndose abajo, con el mosh detonado en lo inmediato. Bobby «Blitz» Ellsworth, próximo a cumplir 65 años y la manera en que exprime su voz hasta niveles inhumanos, todo abrumador. Linsk y Tailer en guitarras, aplastantes y supremos como ellos mismos, mientras Ellefson se da el gustito con algún guiño a su ex-banda. Y como nadie lo veía venir (?), las tres o cuatro bengalas en «Elimination» resumen lo que despierta Overkill como reyes de las guitarras motosierras en New York. Cerrando con «Rotten to the Core» y la coreada «F*ck You», con el público levantando el dedo medio como en la portada del EP del mismo nombre, el vuelo relámpago de Overkill provocó daños y numerosas bajas, inclúyase zapatillas y otros artefactos volando en plena zona de desastre.
El death metal de Bonebreaker también tuvo la palabra, presentando «Bullet» y «Socially Deranged», ambas de su placa debut titulada «Hell’s Bullet». En la senda del Undercroft clásico, preservando los principios de un género que no tiene empacho en apuntar contra la clase política o lo que se parezca. La temperatura bajaba a esas horas, pero el escenario exterior atiborrado habla de lo que realmente importa y nos convoca. «El Mapuche no muere!!» vocifera Tito Melín con la autoridad propia de un referente a nivel local y, porqué no, sudamericano. Es la autoridad de Bonebreaker como estandartes de un estilo que dispara las balas del infierno hacia el verdadero enemigo.
Seamos honestos respecto a Within Temptation. Fue el acto sinfónico en una jornada cargada de sonidos extremos, mosh y velocidad. Y es probable que el gusto de sus fans conecte poco y nada que ver con el resto del cartel. Pero con la tirada inicial de «The Reckoning», «Faster» y «Bleed Out» es suficiente para que los neerlandeses levanten su propio reino de ensoñación y pérdida. Con su líder y fundadora Sharon den Adel a la cabeza, el metal sinfónico sale triunfante en todo aspecto y la jerarquía en el directo se superpone a cualquier discusión bizantina. «Raise Your Banner» califica como uno de los pasajes más altos, y no solo por lo brillante y musculosa que suena en vivo, sino por la bandera de Ucrania que porta Sharon, una extraordinaria cantante que no la piensa dos veces al momento de usar la música como voz de protesta ante ciertos conflictos globales. Emoción, solemnidad, un aire de grandilocuencia y ambición musical que en vivo rememora los tiempos en que el metal sinfónico llamaba la atención por escapar a la fragosidad habitual en el estilo. Y rematando con el valor agregado en instancias de festival: la entrega de sus fans por causa de lo que transmite esta música que funde la electricidad del metal con la sutileza melódica. Te gusta o no te gusta, pero Within Temptation no deja indiferente a nadie.
Le tocó a Dorso el sábado, también tenía que tocarle a Atomic Aggressor darle el cierre de oro a la liturgia del domingo en el escenario nacional. Sinónimo de death metal desde los tiempos en que el estilo era un impulso, cuando en USA el thrash metal ya estaba en su momento peak y había que llevar el asunto al siguiente nivel de odio y horror. Y eso es lo que nos da una banda compuesta por señores que respiraron aquel ecosistema que empezaba a cultivarse en el ya lejano 1989. Es importante el dato cuando tienes un tiempo relativamente corto, porque ahí se nota el nivel de experiencia y clase tanto en sonido como en ejecución. Cuando escuchas «Primordial Wisdom», «Beyond the Reality» o «Bleed in the Altar» en vivo, sea primera vez o incluso siendo seguidor de años, te das cuenta del orgullo que nos provoca tener en Chile una banda de tamaña importancia, donde la ira y los relatos de horror cósmico obtienen inspiración por toneladas, sin menguar ni transar un gramo de todo eso. Atomic Aggressor, tal como Sadism la noche anterior, proyecta en vivo lo peor de lo nuestro. No hay espacio para la curiosidad ni «la experiencia», y eso nos gusta.
De la casa. De una casa cada vez más loca, donde la enfermedad se esparce como el moshpit en cada visita de los neoyorkinos. Con «The Number of the Beast» de Iron Maiden dándole el pase a la música de «The Blues Brothers» en los parlantes. La alerta para quienes están dispuestos a dar la vida cuando la intro de «Among the Living» nos predispone a lo inevitable, a lo que venimos. No hay medias tintas para Anthrax, la banda más grande que le ha dado Nueva York al metal. Tan grande que no es necesario encasillarte para sumarte a la centrífuga humana, la misma que en «Caught in a Mosh» le da cara incluso a los embates de la naturaleza. Comienzo pero con todo, y alrededor de un sentimiento de catarsis y fiesta. Y mucha, mucha locura.
Cuatro décadas, en plena forma como para que tras un sutil guiño a Judas Priest, «Madhouse» transforme el recinto en lo que tiene que ser siempre el metal, al menos para quienes nos gusta el speed-thrash en su forma primaria. Los riffs serrucho de Scott Ian, la voz de Joey Belladonna sobrellevando el desgaste con clase de veterano de mil batallas, Charlie Benante haciendo su tarea en la batería con precisión de relojería e intensidad de maquinaria. El bueno de Jon Donais, silencioso y de bajo perfil respecto a sus colegas más renombrados, pero su desempeño en los leads es para meterle fichas como uno más de la familia. Y a falta de Frank Bello, el retorno de Dan Lilker como reemplazo momentáneo le da ese sabor especial que el propio Scott Ian aprovecha para preguntarle a los fans si les gusta el thrash metal. Así es presentada «Metal Thrashing Mad», extraída del debut «Fistful of Metal» (1984), el único álbum con Lilker en su alineación. Momento significativo, un viaje hacia las raíces heavy-speed y los tiempos en que el thrash metal no era una etiqueta ni se hablaba de aquello como pasa hoy, sino una forma de desafiar y escupirle en la cara a las normas de toda autoridad. El paso adelante que después de 40 años congrega minorías dispuestas a dejar la sangre y el sudor en el circle-pit.
En un set totalmente vieja escuela, da gusto que «Keep it in the Family» tenga su lugar preferencial. Al menos para los fans del Anthrax clásico es un lujo. Un corte bien oscuro, al igual que su álbum madre «Persistence of Time» (1990). No es precisamente un pasaje de algarabía, pero tiene eso que le dio a Anthrax en 1990-91 una credibilidad como potencia en una época clave. De ahí volvemos al angular «Among the Living» (1987), cuando «Efilnikufesin (N.F.L.)» retoma las voces del público coreando el riff principal. «nice f*ckin’ life!!!», el homenaje gritado y con puño cerrado al desaparecido John Belushi, el mismo protagonista de «The Blues Brothers». Maravilloso, incluso a pesar de que en algunos pasajes hay problemas con el sonido, en especial con la guitarra de Scott Ian. Poco importa respecto a lo que significa Anthrax en la locura diaria.
«Antisocial», «I Am the Law» y «Medusa», puros misiles de metal infeccioso. Les queda chico el mote de «clásico» a todas, si el Movistar Arena completo se entrega al desastre y su banda sonora. En algún momento alguien supuso que bajaría la intensidad, pero el bajo de Lilker dando la partida a «Got the Time» termina por echar todo abajo. Y la imponente «A.I.R.» lo vuelve a levantar sólo para meternos a todos en su bruma de terror y demencia. Como una de esas tantas películas de terror clase B de los ’70s y ’80s, pero con la dosis de diversión propia de un concierto de Anthrax. Tuvimos el arsenal de Megadeth prendiendo fuego al mundo hace un par de semanas, lo de Anthrax va por invitar a todos a una fiesta donde quien permanece quieto y de brazos cruzados es porque está muerto. Así de simple.
El ‘grand finale’ con la enorme «Indians», un himno de la gente. Un canto de lucha, con el «war dance» sumando a metaleros y fans de todas la edades. Y con el desastre final culmina una nueva edición de The Metal Fest en Chile. Como tiene que ser, un día apelando a los gustos varios dentro de un lugar común. Y el día siguiente, marcado por las ganas de arrasar con todo y liberar todas las tensiones. «Sígueme o muere», como tiene que ser el metal. No en el sentido de seguir un dogma religioso, sino de lo que significa el metal para quienes nos gusta y para quienes lo ven desde afuera sin entenderlo. Así es la cosa, te gusta o no te gusta esta música, no hay intermedios. Y si escribimos esta nota es para quienes no solo les gusta, sino que buscan en un festival lo que la música nos da ya sea en el escenario o haciendo girar los vinilos en la tornamesa con una buena helada en mano. O en la polera de tu banda favorita. No sabemos si habrá una siguiente edición, o al menos habrá que esperar el anuncio oficial si llega a ser como esperamos. Pero la variedad y la actitud estuvieron ahí y es lo que importa.
Bitterdusk en MiBar: Guardianes del Cosmos
Por Claudio Miranda.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
El doom metal en Chile no se puede entender sin Bitterdusk. Una institución del género que congrega a los entendidos que profesan lealtad al riff monolítico. Un nombre referencial que culminó el hiato discográfico de una década hace unos años con el lanzamiento de «Árbol Cósmico», hoy volviendo con todo a la cancha con el recién salido del horno «Guardián del Valle». La demora fue menor al del ciclo anterior, y como nunca, el presente de su reciente lanzamiento va de la mano con una potencia registrada a base de elementos bienvenidos en esta nueva fase.
Así como el baterista Kurt Heyer -también golpeando los tarros en Yajaira– ya acumula años y kilometraje en la banda de los hermanos Alvarado, la suma de Seba Puente (Nuclear) a la producción y avanzada de guitarras fue todo un acierto. Completando el cuadro los sempiternos Fabián y Leo, y tratándose de una máquina de lubricación probada en todas sus líneas, era cosa de tiempo que MiBar fuera el epicentro de un lanzamiento esperado por quienes disfrutamos del riff lento y real como opción de vida.
Al igual que en el rock de vanguardia -o ‘progresivo’, lo dejamos a juicio del lector, el doom metal no es precisamente un estilo que genera efervescencia mediática fuera de sus dominios. Y la apertura a cargo de Black Messiah es la ocasión para apreciar aquello, no como un contra, sino por lo que genera entre los fans del estilo en su faceta más tradicional.
Cultores de una propuesta muy en plan «fans de Slayer y Testament tocando la música de Candlemass», el espectáculo de Black Messiah va por dejar la vida en cada riff, potenciándolo todo con una actitud callejera desde la tripa. Una intro densa para el primer bombazo con «Stay in the Dark» , seguida de la más agresiva «In the Shadows», nos muestra las mejores armas de una banda que bucea en las aguas profundas de la vieja escuela. Felipe Troncoso en los solos, y Rodrigo Echeverría en la bruma de los riffs, ambos te definen el peso irrefrenable de las guitarras en un estilo personal sin precedentes a nivel local y sudamericano.
La voz de Rodrigo «Yuyo» Pérez, un cantante que respira metal de viejo cuño y lleva el asunto a su puesta escénica con sus espasmos de locura, es la corona de una catedral ruinosa que hacia el final con «Church of Pain» lo deja todo, incluso el cuello. Es la sensación que nos deja Black Messiah hasta el sudor, donde las cadencias y el gusto por la melodía son determinantes en el nombre que han logrado dentro de un hábitat donde pocos logran poner un pie sin caer en el abismo.
Con el recinto de calle Santa Isabel registrando una notable concurrencia de fieles doomsters hasta la médula, y con la intro homónima a la altura de su contexto, «The Inward Battle» inicia el viaje de Bitterdusk desde sus raíces ligadas a la influencia de Paradise Lost y Anathema, allá en los ¿lejanos? ’90s. No es solamente presentar un nuevo trabajo, sino recordar los inicios de una agrupación que va para las tres décadas en la carretera y hoy goza de sus mejores años. De ahí pasamos a «Árbol Cósmico», el corte titular de su penúltimo álbum, en vivo ganando puntos en fuerza y energía suficientes para sumergirnos en el trance propio de la música pesada con temple etéreo.
Hasta ahí, la suma de la segunda guitarra a cargo de Seba Puente le da a los clásicos un brío juvenil que da gusto por el estado de gracia con que Bitterdusk despliega su repertorio. Suficiente para darle el «¡vamos!» al material recién salido del horno, primero con la principal «Guardián del Valle», una muestra de rock pesado y arrastrado tan envolvente y liberadora como lo que provoca en su versión en estudio. Ahí nos permitimos apreciar las virtudes de Leonardo Alvarado en bajo y voz, no podemos entender el sonido pesado de Bitterdusk sin la solidez en la bajas frecuencias, mucho menos sin su voz bajando por las montañas hacia el valle del doom. Lo mismo con Fabián, un guitarrista con presencia sobria en escena pero con un sonido en las seis cuerdas que combina agresión sónica con la construcción de texturas sonoras, siempre transitando en senderos de psicodelia oscura.
«Ascención del Sol Interno», «Ojos de la Montaña» y «Rezo Antiguo», todas ganan un carácter imponente y honesto a la vez, con la guitarra de Seba Puente sumándose con fluidez al mar de riffs con que Bitterdusk en vivo consolida el fulgor de una fase gloriosa, la de hoy, la de los días dorados. En la batería, nos parece admirable la forma en que Kurt Heyer, un fan acérrimo de Ian Paice, vuelca su sangre púrpura en un estilo que domina como una extensión de su experticia con las banquetas. De ahí que del doom más pantanoso pasemos con naturalidad a una atmósfera de rock gótico ochentero, al estilo de The Cult. Lo que hay en el disco, se amplifica en el directo de manera incuestionable.
El remate con el binomio conformado por «Amanecer de la Galaxia» y «El Llamado», con lo distintas que parecen ambas, en realidad tienen eso que nos impulsa a dejar la última hora de sudor. Y es que Bitterdusk, con lo justo para hablarle al público en las pausas, te deja literalmente sin aliento, así como ellos dejan la vida durante el viaje hacia el valle cósmico. El mismo valle que sus guardianes protegen a muerte, ante los ojos de la montaña del rock pesado.
Paul Masvidal: Liturgia de integridad
Por Claudio Miranda
Fotos por Francisco Aguilar @FranciscoAguilar.PH
En pocos días se cumplirá un año del histórico debut de Cynic en Chile. Un aterrizaje con el Club Chocolate a tablero vuelto, nada para menos si hablamos de una espera que en su momento parecía algo impensado hace al menos una década. Su líder y único fundador, Paul Masvidal, dejó en claro tanto en entrevistas previas como durante aquella presentación que el concepto de Cynic, tanto en estudio como en vivo, equivale al de una experiencia para los sentidos y la mente. Un temple espiritual que se traspasa a la obra y la proyección en vivo, no solo al frente de uno de los nombres referenciales en el death metal técnico de los ’90s-2000, sino en todos los proyectos emprendidos donde el nombre de Masvidal figura como creador y partícipe.
La carrera artística de Paul Masvidal, por supuesto, va más allá de su aporte al metal progresivo con su proyecto titular y su participación en los Death del mítico Chuck Schuldiner -Human (1991), piedra angular en el catálogo de la banda más grande del death metal. Durante el receso de Cynic durante cerca de una década, el músico nacido en San Juan de Puerto Rico hace casi 53 años conformó un proyecto de rock alternativo llamado Æon Spoke, cuya propuesta crea un aire de nostalgia y pérdida con gran impacto emocional. Le bastó dos placas en estudio, ambas de naturaleza extraordinaria, para dejar una huella entre los fans que siguieron sus pasos fuera del metal. De ahí, y adjunto al retorno consolidado de Cynic, le siguió una carrera solista traducida en tres álbumes de alta factura, ya tomando un viraje acústico rico en matices sonoros y un propósito de integridad imposible de encasillar. Y pese al cambio del Nescafé de las Artes al club RBX, la concurrencia de sus fans más devotos se tomó como un deber de comunión.
El acto de apertura estuvo a cargo de Hidalgo, el proyecto liderado por el destacado instrumentista nacional Gabriel Hidalgo. En modo dúo con Angelina Bernini, los treinta minutos de espacio fueron aprovechados para desplegar un repertorio que se basta de dos guitarras de seis cuerdas y una voz bien dotada para desplegar su potencia creativa en el directo. Lo que uno podría aseverar desde el prejuicio que se pierde en electricidad, en realidad suma puntos en la garra con que «Wara» y «Garuda» exhiben su anatomía. En especial la segunda, con la voz de Angelina Bernini dándole al lienzo sonoro unas cuantas pinceladas de matiz dimensional, al mismo tiempo que la cantante y guitarrista intercambia turnos con Gabriel Hidalgo en los solos. Hay una atmósfera de música chilena desde la raíz, una muestra de ambición que adquiere sustancia y peso. Todo en la dosis suficiente para un público que incluso participa aplaudiendo al ritmo de la música, no desde el recurso fácil sino desde lo que transmite una agrupación cuya firma abarca un abanico de estilos fusionados en favor de una matriz personal. Cómo permanecer impertérritos ante el peso irrefrenable de «Lancuyen», la cual emula la bravura de un pueblo que lleva cinco siglos de lucha contra la codicia ajena. La época, la consecuencia, y la honestidad, tres virtudes reforzadas con la maestría requerida, calan hondo en quienes apreciamos la identidad y el compromiso con la raíz local ante todo. Guitarras que atacan y defienden en favor de la expresión ancestral, lo que significa Hidalgo más allá del virtuosismo musical.
Puntual, sin tanto preámbulo, ataviado de una máscara, rodeado de un juego de luces sobrio pero efectivo, y asumiendo el rol de ‘arte-terapeuta’ mediante la música como remedio. Invocando a nuestro Pancho Sazo, «sabemos que una canción no cambia nada, pero a veces ayuda», porque basta con la arrancada de «Emmanuel» para surtir el efecto curativo en cuestión. No hay otra forma de definir lo que hace y evoca Paul Masvidal como cantautor e intérprete. un artista que vive la música como respira y se mueve en la vida cotidiana. Igual que en las siguientes «Evolutionary» y «Silence», donde las diferencias de ropaje entre Cynic y Æon Spoke se disuelven cuando su principal jerarca las hermana en un mismo ecosistema espiritual. Llega el turno de «Parasite», la primera de su trilogía solista y extraída del álbum «Mythical», el álbum que inaugura la saga continuada por «Human» (2019) y «Vessel» (2020). No es solamente un dato para la estadística, sino un valor extra con que la propuesta de Masvidal ostenta su riqueza en sentido y razón. Es como si Víctor Jara y los Buckley padre e hijo (Tim y Jeff, inmortalizados en las Pléyades), a pesar de las latitudes que separan ambos legados, se encontraran en el vórtice que el propio Masvidal abre en plena bóveda celeste.
La brisa de emoción fresca en «Face the Wind» nos tiene sumidos en un estado de diálogo y sanación, todo mutuo y desde la importancia de COMUNICAR. De la misma forma en que «Ghost Letter», «Into the War» y «No Other Words», todas del mencionado «Mythical», le dan forma y movimiento al duelo interno del que Masvidal se explaya en algunas pausas. Entre medio, «Space» aporta con su cuota de luz en medio de la introspección. Adjunta a las texturas electrónicas de su versión original. La presencia de material de Cynic en el repertorio del maestro, se explica por la naturaleza de su concepción. Y los creadores como Paul Masvidal la tienen clara al momento de profesar su entereza como artistas hacia un público que se rinde encantado en pleno trance hipnótico.
«No Other Words» y «Hand of Mouth» llegan para completar el repaso por el material solista de Masvidal. La segunda, del disco «Human», puede jactarse de una transparencia que gana emotividad con su recepción inmediata en directo. A lo que apela Paul Masvidal en su prédica y la forma en que lleva sus ideas a cabo mediante lo que importa. Y vamos de vuelta a los tiempos de Æon Spoke, con «Grace» y «The Fisher Tale» asomando su halo de procesión y proyectándose hasta el umbral del desgarro. Lo que parece un desafío para quienes están poco familiarizados con esta propuesta, Masvidal lo transforma en una invitación hacia los secretos de un sello artístico que pocos están dispuestos a abrazar desde el corazón.
Llegamos a la recta final, primero con «Integral», cantada por el público como un salmo religioso que se transforma en mantra de sanación. Y así como Masvidal nos habla de la conexión interna en un mundo cada vez más loco e implacable, «Sand and Foam» cierra el encuentro con el maestro mediante un oleaje que purifica hasta al más escéptico. Así nos sentimos al final, tras 1 hora y 15 minutos de música pura sin aditivos ni saborizantes. Sólo la voluntad que nos permite alcanzar el conocimiento de nuestra condición como individuos y la orientación hacia la vida en comunidad mediante el equilibrio interno. Sin duda, recordaremos esta velada con Paul Masvidal como una liturgia de integridad artística y humana hasta la médula.
Megadeth en Chile: Más que un clásico
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos.
Fotos por Miguel Fuentes.
Lo ocurrido el 9 de abril quedará en la historia como el show número 14 en Chile del grupo norteamericano Megadeth, transformándose en la agrupación de metal internacional Anglo que mas veces ha realizado conciertos en este largo y lejano país. Es con esta tremenda premisa y con un Sold Out total anunciado desde meses que nos imaginábamos un show potente, brutal y muy devastador , situación que por supuesto se cumplió con creces, superando la expectativa de todos los presentes. Encontrándonos un cuarteto dinámico y que sigue sonando muy bien a pesar de que se piense lo contrario por la edad del colorado Dave mustaine (62 años). Quien a pesar de no cantar como antaño, sigue ejecutando la guitarra de manera magistral y manteniendo el liderato indiscutido en el grupo.
Pero volvamos al principio, ya bajándonos del metro Parque Ohiggins se percibía un gran ambiente, eran pasado las 18 horas y las hordas de metaleros se tomaban el metro de Santiago dirigiéndose solo a un lugar, Arena Movistar (Hace tiempo no iba tan aplastado en dicho transporte). De forma inédita y para mí sorpresa había mas seguridad que de costumbre. Por primera vez habían rejas afuera del Parque Ohiggins que ordenaron el ingreso del respetable por dos entradas, de esta forma se evito que las personas se pusieran a tomar al interior del parque, algo que ya se había normalizado ante cualquier concierto en dicho local. Algo que me parece bien , ya que siempre hay muchos niños presentes.
Ya mirando el plano general de como estaba funcionando la cosa, fui al acceso de prensa, donde pude acreditarme para poder entrar sin ningún tipo de problema al afamado recinto. Al ingresar ya se estaba presentando la agrupación SAKEN, banda que tiene 30 años de trayectoria y que quizás ha pasado desaperciba por las grandes masas pero la banda viene trabajando hace mucho tiempo logrando varios hitos como teloneros a bandas internacionales como OPETH, MEGADETH, KREATOR, EXODUS, MACHINE HEAD, BLACK LABEL SOCIETY logrando además crear su propio festival (SAKEN FEST). También en la previa se podía leer en redes sociales criticas por respecto a esta apertura de show, que la banda no es conocida, que hay bandas mejores y un largo etc….. Todo lo cual fue acallado con musica, tal cual debe ser. Si señores el cuarteto santiaguino fue capaz de meterse al bolsillo a la fanaticada de Megadeth, logrando que los apoyara y hasta disfrutara del show. Algo que en mí mente jamás pensé que ocurriera. Y al final fue super merecido ya que el grupo sono bien y escogió muy bien los temas a interpretar los cuales eran bastante rápidos y frescos. También fue un momento alto la invitación a subir a compartir micrófono a «Andreas Vingbäck» actual vocalista de Dark Funeral y que se le ve asistiendo a todos los conciertos de metal pesado. Al parecer el cantante sueco esta viviendo en CHILE. El grupo en sus 35 minutos de show interpretó los siguientes temas: «Fuck and Roll»,»Ego», «The Last One», «Xcyclon B», «Nasty Gods» y «Less».
Después de terminado el show, se podía percibir un gran ambiente. Debo reconocer que he ido muchas veces a dicho recinto y hace mucho tiempo que no veía tanta gente sobre todo en cancha, de hecho costaba hasta estar parado, los empujes eran normales. Quien le diera ganas de ir al baño estaba en graves problemas ya que no se podía transitar de forma expedita. Dicho esto es que por fin y con horario extremadamente puntual (21 horas) salía a escena el grupo comandado por DAVE MUSTAINE y que salía en suelo chileno por 14 vez. Es difícil describir lo sucedido, realmente la banda desde el primer segundo conectó de forma inmediata con el respetable quien estaba dispuesto a entregarse completamente al cuarteto. Agradable también fue ver a un publico bastante diverso, niños y niñas, abuelos y abuelas, metalero y metaleras con todas las pintas imaginables, todos unidos para ver a Megadeth. El evento que duro exactamente una hora y 30 minutos sirvió de repaso por la expensa discografía del grupo, escogiendo muy bien los temas interpretados. Para mí sorpresa solo se desarrollaron dos temas del último disco de estudio «The Sick, the Dying… and the Dead!» sonando el tema del mismo nombre abriendo el show y «We’ll Be Back» tema 13 de este setlist, single que anteriormente sirvió de poderoso adelanto y que el publico chileno reconoce muy bien y que disfruto plenamente sobre todo en la parte de los punteos. El show continuó con «Skin o’ My Teeth» del tremendo álbum –Coundown To Exctinction– siendo uno de los clásicos que todo fans reconoce desde la primera nota.
El show continuó con «Dystopia», track que personalmente me recuerda el paso de Kiko Loureiro en las guitarras de la banda siendo reemplazado de forma magistral por Teemu Mäntysaari de finlandia. Acá se vio reflejada toda la maestría del guitarrista de 37 años. La cosa continuó con el ya clásico track «Hangar 18» uno que nos recuerda el mejor lineup del grupo por allá en los años 90 junto al discazo «Rust in Peace» y que también aprovecho de descansar de ser el tema de apertura de los shows. Desatando la furia guitarrística en todo momento. La cosa continuó con dos clásicos más del álbum -Coundown To Exctinction –«Sweating Bullets y «This Was My Life» desatando los primeros desmayos del respetable, me imagino que por la cantidad de personas en la cancha. A esta altura estábamos con poco aire para ser sinceros, pero valiendo la pena por cada riff interpretado.
El viaje metálico continuó con «Angry Again» del álbum «Hidden Treasures» y que personalmente me recuerda a la película protagonizada en los 90 por Arnold Schwarzenegger «Last Action Hero» y que resonó muy fuerte en Movistar Arena y que inevitablemente recordó mí infancia. Ahora era el turno de dos clásicos del disco «Cryptic Writings» (1997) los temas «She Wolf» y «Trust» este último transformándose en un hit del grupo el cual siempre fue comparado con Enter Sandman de Metallica. El gran show no paro nunca de ritmo excepto en «A tout le monde», donde se bajo por unos minutos los decibeles y se logró disfrutar de esta casi balada metalera para continuar con un verdadero tornado del metal, «Tornado Of Souls» generando masivos mosh al rededor de toda la cancha del recinto capitalino. La cosa avanzo con uno de los hits que no pueden faltar en Megadeth tocando en Chile , Symphony Of Destruction y el famoso coro «Megadeth Megadeth aguante Megadeth» grito que se realiza siempre en Argentina y Chile… Ya con los ánimos mas que arriba seguía » Well Be back», track del nuevo disco y como señale al principio de esta nota fue disfrutado de gran manera.
El último tridente estuvo a cargo de las canciones «Peace Sells», «Mechanix» y «Holy Wars… The Punishment Due» que simplemente nos hicieron transportar a la mejor época del grupo, a este periodo mas pesado y que los fanáticos mas duros del metal valoran mucho, este metal donde la rabia y la rapidez quedo impregnada para siempre. De hecho en Mechanix se prendió la bengala que se ve en los videos, transformándose en el climax de la presentación de los norteamericanos.
La verdad es que fue un concierto solido en todo sentido. Con un setlist que sorprendió a todos (Me incluyo) sonando de gran manera y mostrando la vigencia de DAVE MUSTAINE y compañía. Esperamos que el grupo no se canse de venir, al menos sus fanáticos no se cansaran de ir. (También me incluyo).
Setlist Megadeth Live Chile 2024
1-The Sick, the Dying… and the Dead!
2-Skin o’ My Teeth (First time since 2018)
3-Dystopia
4-Hangar 18
5-Sweating Bullets
6-This Was My Life
7-Angry Again
8-She-Wolf
9-Trust
10-A tout le monde
11-Tornado of Souls
12-Symphony of Destruction
13-We’ll Be Back
Encore:
14-Peace Sells
15-Mechanix
Encore 2:
16-Holy Wars… The Punishment Due
Death Angel en Chile: El retorno de la vieja escuela
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Fotos por Francisco Aguilar @FranciscoAguilar.PH
08 de abril del 2024 no sólo quedará en el recuerdo por el afamado eclipse solar que paso a eso de las 12:45 en Chile, y que sin dudas desato la histeria en algunas personas al rededor del mundo y las redes sociales como el supuesto día del apocalipsis. Si no también será el día en que Death Angel volvió a tierras nacionales desde la costa de los Estados Unidos después de largos 14 años en torno a su gira «Latin America Humanicide 2024» la cual además agendó muchas fechas alrededor de varios países de la región.( México, Colombia, Perú, Uruguay, Brasil, Argentina, Ecuador y Chile). En esta nueva oportunidad acompañados por la banda chilena Dezaztre Natural quien recién acaba de lanzar un nuevo trabajo. Además de los norteamericanos de BAT y el trio canadiense Exciter quienes se sumaron a esta fecha de lo extremo, donde la rapidez y la calle se respiraron en todo momento e instante.
La jornada comenzó puntualmente con el ahora cuartero Desaztre Natural , logrando interpretar temas de su nuevo álbum » Violencia Perpetua» y un repaso express en su discografía demostrando por que son uno de los principales exponentes del crossover thrash metal en Chile. Lo no tan positivo es que a las 18 hrs no habían mas de 30 personas disfrutando del espectáculo. Eso no mermo el entusiasmo del grupo quien desarrollo un buen show en un poco mas de media hora. Puntos altos «Marihuana» y «Engendro». También sirvió para escuchar temas de su nuevo disco los cuales son mas melódicos pero no menos intensos y callejeros que sus tracks del pasado.
BAT la banda formada por miembros de Municipal Waste «Ryan Waste» y «Nick Poulos» presentan un telón imponente que el respetable puede observar desde cualquier ubicación del teatro. En cuanto al show en si, pudimos escuchar un sonido de la escuela de Motorhead al menos demostrado ser una gran influencia para la banda con ese bajo tan característico y esos riff brutales en rapidez y crudeza. Acá ya con un teatro mas lleno comenzaron a asomarse los primeros mosh brutales, sirviendo al publico para entrar en calor y conexión con el metal impuesto por BAT.
Exciter. Los canadienses realizaron su cuarto show en el país , desatando toda la locura con el speed metal que tan bien realiza siempre mezclándolo con el thrash metal. Su principal baterista y vocalista realmente se robo la película, logrando interpretar con maestría ambos instrumentos y siempre siendo el principal interlocutor con el publico. Cada integrante cumpliendo muy bien su rol en la banda. Entregando un show motivado y energético lleno de buenas canciones, las cuales se disfrutaron en un recinto bastante lleno a esa altura.
Death angel aparecía en escena, ya con un Teatro Coliseo en un 80% de su capacidad al menos en lo que respecta a cancha, encontrándose con una fanaticada nacional muy entregada y que nunca falla cuando hay que apoyar a una leyenda viviente del metal. Siempre acompañados de un telón gigante el cual mostro la portada de su último disco de estudio «Humanicide» (2019) el cual trajo a la agrupación a esta gran gira latinoamericana pero solo interpretando 3 canciones del nuevo disco «Aggresor» «Humanicide» y «I Came for Blood» al menos en su show en Chile.
Se vio un quinteto entregado que compartió cada riff con mucha pasión y entrega, por lo que el publico asistente respondió con mosh masivos los cuales se registraron durante toda la jornada. Uno tras otro sin parar. Punto aparte toda la presencia y experiencia del frontman Mark Osegueda, quien se robo la película en un show donde si bien todos son igual de importantes y relevantes en la pirámide de la banda, el carismático vocalista logra robarse la atención, corriendo por todo el escenario de lado a lado e interactuando con el publico presente en todo momento, moviéndose sin parar mostrando mucho oficio.
En cuanto a la presentación respectiva esta desarrollo 16 canciones en mas de una hora y veinte minutos de show transitando los mejores clásicos de su gran discografía «Humanicide», «Relentless Retribution» , «Killing Season», «The Dream Calls for Blood» ,»The Ultra‐Violence» «Act III», «Frolic Through the Park» «The Art of Dying» y «The Evil Divide». Lo sorprendente es que el grupo nunca bajo los decibeles entregándonos un show enérgico y preciso con los temas que todos queríamos escuchar. De todas maneras me hubiera gustado oír mas temas del ultimo disco, ya que es realmente muy bueno. Solo eso se puede decir de un show que solo tuvo puntos altos.
Set List Death Angel live Chile 2024
1-Lord of Hate
2-Voracious Souls
3-Seemingly Endless Time
4-Buried Alive
5-3rd Floor
6-I Came for Blood
7-The Dream Calls for Blood
8-The Moth
9-Humanicide
10-Absence of Light
11-Aggressor
12-Caster of Shame
13-Relentless Revolution
14-Truce
15-The Ultra-Violence / Mistress of Pain
16-Thrown to the Wolves
CL. Prog 2024: La fiesta progresiva en Chile
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Fotos por Francisco Aguilar. @FranciscoAguilar.PH
Sin dudas este 6 de abril del 2024 será una fecha histórica para los amantes del rock progresivo y la buena música en general. Dicha fecha sirvió de reunión para los fanáticos del estilo entorno al estilo antes señalado en una nueva versión del CL.Prog instancia que este año se realizó en Teatro Caupolicán y que quedará en la memoria de los miles de asistentes y que sin dudas también quedará en la memoria de las bandas participantes: Octopus Duo, Orphaned Land, Gong, Mono, Vola y Riverside.
Al llegar al teatro a eso de las 16:40 PM ya se percibía un buen ambiente en las afueras del recinto capitalino, viendo una gran fila de asistentes esperando con ansias poder entrar al lugar. Algo que internamente me alegro mucho ya que la primera banda del festival era chilena y tenia un poco de dudas de que no hubiera la cantidad de personas necesarias para la realización del show.
Eran las 17:03 y OCTOPUS DUO salía a escena después de muchos años de inactividad masiva, recordar que este grupo con 20 años de trayectoria es una de las principales en el metal progresivo acá en el país, por lo que fue un real lujo poder verla y disfrutarla ahora en su nuevo formato, solo con Koke Benavides a cargo de la guitarra y Cristóbal Orozco en la batería, ambos interpretando con mucho corazón y virtuosismo sin cometer ningún tipo de error y con un sonido realmente brutal y avasallador. Logrando desarrollar libremente el estilo interpretado encantando al publico presente quien apoyo desde la primera nota. A pesar de interpretar un show corto por la magnitud del fest estos lograron ocupar bien su tiempo interpretando «Intro-Momentum Kriget», «Fall», «Off Limits», «Slussen» y «8CT8» en no mas de 25 minutos dejando prendido al respetable que ya esperaba al próximo show anunciado.
Desde Israel aterriza directamente al CL.Prog ,Orphaned land, a la hora estipulada 18:00 ante un Teatro Caupolicán ya eufórico esperando la elegancia sonora que el grupo transmite con un cuarteto transitorio, por motivos que desconocemos no estaba el bajista y fundador del grupo, que mezcla lo progresivo con pasajes bastantes brutales sobre todo con los guturales de su vocalista «Kobi Fahri» que se asoman en periodos breves, demostrando que él es el corazón del grupo. Los coros siempre llevados por los guitarristas quienes se iban turnando el protagonismo . Sin dudas gusta mucho el sonido original del grupo logrando incorporar también elementos mas sinfónicos originarios de su tierra y también sonidos mas cercanos al powermetal. 45 minutos de show que dejaron bien alta la vara, dentro de los temas interpretados encontramos: «The Cave», «All is One» ,»The Kiss», «Ocean Land», «Like Orpheus», «Sapari», «In Thy» y «Norra + Oma».
Dejando la vara bien alta es que salía a escena el grupo anglo francés «GONG» formado por el musico australiano Daevid Allen en 1967. El show comenzaba a eso de las 19:24 llegando a Chile con un rock progresivo realmente alucinante con tintes de clásico y compuesto por un quinteto realmente aplanador donde los vientos le dan toda la onda al grupo (Saxofón y Trompeta). Entregando un sonido muy comprometido en la psicodelia y lo progresivo. El show fue magistral logrando un viaje extraordinario con musica realmente bien hecha e interpretada. Un quinteto arrollador que creó atmosferas que mezlcan el rock y la experimentación. Tambien hubo mucho de jazz en la propuesta siempre reflejada en el global de la ejecucion. Un show de 45 minutos aproximados que se desarrollo sin telon ni imagenes de apoyo y realmente nunca se necesitaron ya que la musica se tomo todos los sentidos de los expectadores y hablo por si misma. Los temas interpretados fueron « My Guitar is a spaceship», «Kapital» , «Tiny Galaxies», » My Sawtooth Wake», «Lunar Invovation», «OM Riff» y «Choose Your Goddess».
Eran las 20:40 aproximados y salía a escena uno de los grupos mas esperados por el respetable, desde Japón «MONO» nos visitaba por segunda vez en Chile, proyecto que se especializa en entregar muchos elementos sonoros pero siempre centrados en el estilo Shoegaze de la mas alta calidad que logra mezclar también sonidos del Post Rock y el Post Metal. Siempre dejando espacio para la experimentación y también lugar para el rock progresivo que se muestra sutilmente en esta propuesta. La conexión con el ya casi repleto teatro fue inmediata y los pequeños problemas surgidos ; se apago la batería en un momento, no mermo la gran disposición y talento por parte del cuartero nipón que sin dudas lo dio todo en el escenario. Y que nos dejo los siguientes temas interpretados «Riptide», «Ashes» , «Imperfect» , «Innocence», «Halcyon» y COM (?).
Nuevamente dejando la vara extremadamente alta es que aparecía en escena el grupo de Dinamarca ,VOLA, quienes nos visitaban por segunda vez en Chile. Eran las 22:00 horas sale a escena el cuarteto dándolo todo en el escenario ya con una performance audiovisual, la misma utilizada en su visita anterior en CLUB CHOCOLATE, con una performance acompañada junto a luces Leeds que cambiaban de color y acompañaban los brutales riff interpretados y cambios de ritmo que el grupo es capaz de ofrecer. El cuarteto desarrollo un show impecable en todo nivel y forma. Entregando un espectáculo arrollador en todo sentido solo entregando sensaciones positivas. Debo reconocer que la brutalidad y la calma que el grupo expresa solo genera sensaciones positivas. Ojalá que el grupo pueda seguir viniendo por estas tierras. El grupo interpretó 12 canciones, una nueva y otras pertenecientes a los discos «Witness», «Applause of a Distant Crowd» y «Inmazes».
Ya con los ánimos mas que arriba aparecía en escena a eso de las 23:38 (hora antigua) la agrupación polaca Riverside, cabeza de cartel para esta segunda versión del CL.PROG. y que sin dudas entregó un show de lujo no sólo en lo musical , si no también en la performance audiovisual presentada con un entretenido juego de luces y que funcionó a la perfección, la cual sin dudas dejo sorprendido a todos los asistentes. Esta banda con 23 años de vida hizo un repaso por algunos discos de su discografía interpretando temas de sus discos «ID.Entity» ,»Anno Domini High Definition» , «Love, Fear and the Time Machine», «Rapid Eye Movement» y «Second Life Syndrome». Dejando al publico mas que satisfecho y a pesar de todos estar bastante exhaustos por la extensa jornada vivida, también el respetable se fue agotado pero con una gran sonrisa en el rosto, con la gran satisfacción de haber vivido un gran festival con puros momentos altos.
Felicitar a la producción por excelente festival realizado y por supuesto al publico presente, quien hace que todo lo vivido valga la pena.
Setlist Riverside
1-#Addicted
2-02 Panic Room
3-Landmine Blast
4-Big Tech Brother
5-Lost (Why Should I Be Frightened By a Hat?)
6-Left Out
7-Post-Truth
8-Egoist Hedonist
9-Friend or Foe?
Encore:
10-Self-Aware / Driven to Destruction
11-Conceiving You
(Extended version with whispering screams)
12-Sidney Samson – Riverside
(Outro)
Malevolent Creation y Morta Skuld: Masacre de Viernes Santo
Por Claudio Miranda.
Fotos por Francisco Aguilar. @FranciscoAguilar.ph
El death metal no solamente implica baterías rápidas e intensas (blast-beat), guitarras filosas como motosierra y riffs asesinos, voces guturales y letras sobre lo abominable que es el mundo. También implica algo fundamental como es la coherencia, y más cuando hay tres décadas de recorrido en la mochila. El caso de Malevolent Creation tiene todo eso y más, además de compartir el lugar de origen: Buffalo, Nueva York, la misma tierra de donde surgió Cannibal Corpse. Y lo que une a ambas bandas, fuera de la ventaja mediática de uno respecto al otro, es la coherencia a nivel de estilo, música y letras. Su primer demo (1987), y la tirada inicial de LPs como «The Ten Commandments» (1991), «Retribution» (1992) «Stillborn» (1993) y «Eternal» (1995), todos trabajos obligados en cualquier colección que se precie tal, donde la influencia de los míticos Possessed derivó en un sonido propio y constante. Death metal desde la tripa, en la suya y sin aditivo que valga. Como fue en los ’90s y debiera ser hoy.
Ese mismo sentido de consecuencia es lo que impulsa a Morta Skuld, sus compañeros de jornada anoche en el escenario de Sala Metrónomo, a seguir adelante durante un lapso parecido al acto estelar. Cultores de un sonido podrido en la vena de Obituary y «hermano» de correrías junto a Vital Remains, los de Milwaukee tuvieron que sortear un receso de poco más de una década (inicios de los 2000) y tanto su catálogo editado en los ’90 como la tripleta que vio la luz durante la última década -a destacar el más recién salido del horno «Creation Undone«, editado en febrero de este 2024-, tienen todos los ingredientes que requiere un género que se debe a sí mismo contra el status quo. En la misma que Malevolent Creation y otros nombres de culto para todo amante del death metal más voraz y podrido, los liderados por el guitarrista y fundador Dave Gregor tienen algo que gritar en un mundo de permanente agonía.
Como tiene que ser en una jornada dedicada al metal hecho a la antigua, la apertura a cargo de Diabolvs no podía ser más idónea. Un grupo de amigos, todos nombres de peso en el metal chileno (Claudio Carrasco, Felipe Vuletich, Sergio Aravena, Rolando Castillo e Ian Huidobro), que hacen uso de sus kilometrajes respectivos para tocar la música que les gusta. Está el tiempo suficiente para que «Temple of Hypocrites» y «Killing my Enemies», ambos de su EP «Rite of Consecration» (2020), desfilen con la bestialidad propia del género, al igual que las recién estrenadas «Deceiver Christ» y «God’s Beast», las dos adelantando lo que será el largaduración debut. Imposible pasar por alto el hecho de que estos cinco amigos, todos con un CV extraordinario a nivel de recorrido y proyectos, realmente disfrutan de tocar death metal y se nota en la identidad de las canciones. Y si sumamos las palabras de Claudio respecto a la fecha -jornada de metal extremo en viernes santo-, obtenemos una atmósfera especial. A veces no necesitamos de tanto alarde musical ni la blasfemia más adornada en estos ritos donde lo único sagrado debe ser lo que nos convoca para vociferar contra lo impuesto por los poderes fácticos.
De la junta de viejos amigos, vamos al presente fulgurante de Demoniac. El ciclo de su aclamado LP «Nube Negra» no para de cosechar frutos y lo que ofrecen los de la V Región en el directo refleja al desnudo un sentido de transgresión abrumador. No hay nada que no nos maraville en lo que podemos encontrar en pasajes como «Granada», donde el clarinete a cargo del guitarrista y cantante Javier Ortiz se integra de manera natural a una tormenta poblada de riffs letales y ritmos que hacen y deshacen a gusto propio en su propia vorágine. Una identidad que se entiende a la perfección con el material anterior, representados por «The Trap» y «Death Comes», donde se aprecia el poderío sin discusión de una banda que abre un vórtice hacia terrenos ignotos sin renegar en lo absoluto de su vena metalera. Y es ahí donde Demoniac, aludiendo al tema que cierra su presentación, apela al Equilibrio Fatal como un broche artístico que abre posibilidades sin transar sus principios. En la misma senda que leyendas como Voivod, Death y Coroner, da gusto cuando el metal, desde lo más subterráneo de la condición humana, abre un camino hacia otras posibilidades. Y Demoniac tiene aquello que lo hace supremo e inclasificable.
Le costó a Morta Skuld impresionar de entrada, en especial por los casi 15 minutos de pana por un problema en el retorno de Dave Gregor. Pero el arranque con «Without Sin» y «Useless to Man» disipa toda duda y saca adelante un espectáculo que va de menos a más. Llegando a «Rotting Ways», es un hecho que el aceitaje de los norteamericanos se basa por sus méritos y sin dobles intenciones, formando una muralla sónica de metal de la muerte en forma más pura. Y es que Gregor, un líder que ha reactivado el proyecto con músicos calificados para dejar la vida tocando dicho estilo, la tiene clara en lo que ofrece cuando se trata de death metal arquetípico.
«In Judgement», «Perfect Prey», y la clásica «Dying Remains», una tras otra marchando como si les valiera la vida, y Gregor sabe lo que significa la incursión sudamericana (y chilena). Secundado por Scott Willecke en guitarra, el bajista John Hill y el baterista Eric House, el funcionamiento de la máquina infernal que es Morta Skuld es irrebatible. Hablábamos de la coherencia en el metal al comienzo de la nota, y el público tiene claro lo que implica, te guste o no. Ese sonido crocante e intratable de los ’90s que hoy suena igual de iracundo, es la prueba en vivo de lo que es aferrarse a sus convicciones, incluso con todos los baches que implique hacer esta música ante lo que imponga la industria con sus nuevas tendencias. Por eso es que «Dead Weight», «Hatred» y «We Rise We Fall», hacia el final, son recibidas como himnos por una minoría que sabe que esto va más allá de nombres consagrados. Eso es Morta Skuld en su esencia, la banda sonora de una humanidad que se funde en los caminos de lo podrido.
Sabemos de antemano que Malevolent Creation tiene la localía asegurada en nuestro país. La tripleta inicial con «Eve of the Apocalypse», «Coronation of Our Domain» y «Slaughter of Innocence», no hay mucho que agregar ni analizar, sino caer de rodillas ante el castigo sónico que nos propina una banda que apela a un repertorio casi todo ‘old school’. Es verdad que las nuevas generaciones mantienen viva la llama, pero también hay que ver la cantidad de metaleros sobre los 40 años que vive y transpira el metal extremo como un paisaje musical que se mantuvo al margen de las tendencias musicales de su época. Y es cosa de preguntarle a Phil Fasciana, guitarrista y único fundador sobreviviente, quien se hace cargo del asunto acompañándose de una banda dispuesta al todo o nada.
Repertorio vieja escuela, como dijimos en el párrafo anterior, implica actitud vieja escuela. Para quienes disfrutamos del metal sonando con identidad propia, «Monster», «Prematurial Burial» y «Remnants of Withered Decay» son bienvenidas tanto por su presencia como por la centrífuga humana que detona el público. Cómo permanecer impasibles ante la muestra de categoría que te da una banda que ha sorteado mil y un problemas durante más de treinta años rebanándole el cuello al mundo. Es lo que encarna Malevolent Creation como una institución del death metal más puro e indomable, el que te apuñala en la yugular como pasa en «Multiple Stab Wounds», un título que refleja el nivel de peligro y brutalidad propios de un género que va por su propio camino.
«Carnivorous Misgivings» y «Dominated Resurgency», ambas del fundamental «Stillborn», hacen acto de presencia como hermanas en la muerte y el averno post-mortem. Lo que también permite apreciar las credenciales de Phil Fasciana y Deron Miller en las seis cuerdas, este último dueño de un gutural acorde al requerimiento de una leyenda. Qué decir del baterista Ron Parmer y el baterista Jesse Jolly, ambos definiendo el andamiaje rítmico de Malevolent Creation hasta el último surco, como formando una pared impenetrable. He ahí el acierto de Phil Fasciana cuando se trata de continuar su propio proyecto, incluso se da el tiempo en algún momento de fumar un cigarro con cierta sustancia que le da alguien del público. Ambiente de fiesta, todo permitido dentro de un ambiente de camaradería sin perder el hilo. de lo que nos convoca.
Notable lo que ocurre en «Infernal Desire», donde tras una partida en falso, retoman para no dejar nada en pie. Es el entendimiento propio en una banda donde prima el humor y el profesionalismo, lo que explica el arrastre que provoca Malevolent Creation en nuestro país. O lo que ocurre hacia el final en «Living in Fear», «Manic Demise» y «Blood Brothers», donde el sudor y la música conforman una cátedra de actitud que se valora cuando no se necesita nada más. Sin duda, con poco más de 60 minutos de brutalidad musical, vivimos una matanza de inocentes en pleno viernes santo. Y la pasión en poleras mojadas en transpiración es suficiente para retribuir a los héroes menos reconocidos en un género que pule el buen arte del crimen.
Heretoir en Chile: En nuestra propia esfera
Por Claudio Miranda.
Fotos por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
No podemos empezar esta reseña sin destacar la jugada de Feral, un colectivo chileno cuya dedicación al post-metal y los sonidos alternativos responde al impulso de ir más, literalmente. De la forma en que el género en Chile tiene un espacio de difusión que hace 10 o 20 años era impensado en el circuito local, la producción de eventos internacionales se convierte en el siguiente paso, uno más arriesgado por razones obvias, pero que marca un gran movimiento mediante la autogestión y la prioridad hacia los referentes de la última década.
Precisamente, la ética del «D.I.Y.» («do it yourself», «hazlo tú mismo») es la manera en la que se mueven los referentes de la música subterránea en estos días, y el espíritu del post-metal tiene mucho de eso. Es el caso de los alemanes de Heretoir, agrupación cultora de un estilo marcado por la luz y la penumbra, muy a la usanza de Alcest en su fase vanguardista, el camaleonismo de Deafheaven o el temple cósmico de los austríacos Harakiri for the Sky. Su nombre, un juego de palabras entre «heresy» y la sílaba francesa «-toir», nos da una idea concreta de lo que proponen los bávaros a nivel de sonido y concepto. Un camino propio forjado por sus creadores, donde la transgresión de lo sagrado se complementa con el peso psicológico de la existencia humana. Una mezcla que no va por probar algo, sino por sumergirse en un océano de pérdida y emerger en una playa de nostalgia. Y sus tres producciones de larga duración reflejan hasta qué punto Heretoir se ha ganado un sitial para los amantes del género, con el más reciente «Nightsphere» (2023) confirmando la realidad de una firma artística en plena sintonía con quienes hacen de la búsqueda y el viaje como prioridad máxima.
Para ser la primera vez de Heretoir en suelo chileno, y en un recinto presto a abarrotar como lo es la sala RBX de Santiago, la escuadra nacional debía de estar a la altura. Y en el caso de IIII hay méritos que conforman en vivo una tormenta de ruido y disonancia que armoniza en total control. Con un EP recién editado bajo el nombre de «CVATRO», el preámbulo se destila en un oleaje de catarsis en su sentido más puro y basta con que «Élegos» y «Nimio» aprovechen su espacio en el repertorio para desatar su trance guitarras agudas y gritos primales en estado de hermandad con su propia libertad. De lo más pesado a lo más rápido, con las raíces en el postpunk dando rienda suelta a su forma de ver y decir las cosas, como podemos apreciar en piezas fundamentales como «Sceletarus» y «Judas», ambas formando parte de un soundtrack que hoy desafía toda convención, incluso dentro de la propia música pesada. O la implacable «Fauces» devorando toda señal de esperanza en un territorio donde pocos logran poner un pie y vivir para contarlo, como lo promete en lo que será su próximo lanzamiento a finales del presente año. Todo aquello traspasado a un constante clímax melódico y la repetición de patrones en favor de comunicar un mensaje o un estado de ánimo, siempre navegando en la turbulencia de nuestra condición humana. El tiempo en el escenario es breve, pero tanto los novatos como los iniciados pueden hacerse en el acto una noción de lo que es IIII más allá del género al que se le asocia.
Como tiene que ser en una noche de música con atmósfera propia de inicio a fin, la presencia de Luxferre es tan merecida en el cartel como bienvenida entre los amantes del post-metal enlazado al doom. «Faces» (2022), su único LP hasta la fecha, les valió de manera inmediata un punto angular como practicantes de un estilo que bebe directamente de la cochambre sónica de los fundamentales Neurosis y, en especial, Cult of Luna. Y es cosa de tasar la presencia de Pedro Salgado en los teclados y sintetizadores, quien es el encargado de darle matices y ambientación a un estilo musical que se hermana con la actitud de Pink Floyd en un nivel derechamente alienígena. Es lo que obtienes de una banda que deja la vida en pasajes como «Voices» y «About Loss and Hope», ambas espejando una grandeza escalofriante y un desarrollo musical que va a la par con una estampa sonora de música desgarradora hasta la médula. No hay puntos medios acá, ni siquiera en el bache técnico que pausó por unos minutos la presentación. Y eso es porque Luxferre hace de un momento inesperado el instante para exponer su humanidad, donde ni la pulcritud ni el virtuosismo de clínica bastan para hacer del sonido una tormenta nebular a prueba de todo. Una bestia con múltiples caras y un solo sentimiento hacia la poca bondad que permanece en el mundo, así se define Luxferre de inicio a fin.
Para hablar de lo que significa Heretoir como experiencia en vivo, primero debemos retomar el concepto del «D.Y.I», y no solo en realizar una gira 100% autogestionada, sino en los costos que implica, incluso a nivel humano. Como el equivalente a jugar un clásico con dos jugadores menos desde el inicio, la incursión sudamericana no podía ser otra cosa que una muestra de energía y talento en la forma más profesional posible. Para el ‘jefe’ y fundador Eklatanz, secundado por Kevin Storm en las seis cuerdas y Nils Groth en batería, el periplo por el Hemisferio Sur había que aprovecharlo como fuera. Y con todo un panorama quizás adverso -y extraño- en apariencia, el puntapié inicial con «Exhale» fue suficiente para hacer realidad una liturgia obligada para todo amante de la música pesada en su sentido literal. Lo que se respira, se inhala y exhala, lo que se transpira en un martes de verano por la noche en la capital, lo que preside una banda que se para a lo grande y le entrega a quienes abrazan los valores de un estilo que navega por mares y ríos donde la aventura y el peligro se dan la mano. Tras un saludo breve de un extasiado Eklatanz, «Twilight of the Machines» nos grafica el presente inmenso de Heretoir, un momento en que su propuesta nos hace alucinar con lo que realmente importa en todo ámbito de la vida: vivir el instante hasta el sudor. De una escalada a pie por la montaña hasta el derrumbe emocional reflejado en su sección ‘hardcore’, resulta abrumador lo que transmiten los alemanes, con la suciedad y la aspereza haciendo simbiosis en favor de la emoción más profunda.
La homónima «Heretoir», «Fatigue» y Graue Bauten» nos devuelven una tras otra una década atrás en el tiempo, al del debut titulado con el nombre del proyecto (2011). Cuando su parecido con Alcest enganchaba a quienes descubrían que tanto en Europa como en algunas partes del otro lado del Atlántico había algo que decir. Una tirada que para los seguidores más antiguos cae como un bálsamo curativo de música brumosa. En el directo, queda claro que Heretoir es de esas bandas que, con lo justo en recursos y pirotecnia, pueden procrear su propio universo, uno quizás no muy distinto a la apatía que nos rodea en la vida cotidiana. Como en esos tiempos, no cambia en absoluto el efecto generado, lo que realmente nos llega directo al estómago y más abajo.
Si tienes un trabajo cumbre como «The Circle», es esperable lo que provoca «Golden Dust» de entrada. Un baterista como Nils Groth siempre serpa un ejemplo a seguir cuando se trata de proponer ideas y matices sin ceder sus funciones en el ensamblaje de Heretoir. de la misma forma en que Eklatanz, además de exhibir una voz que transita entre la luz de la esperanza y la oscuridad de la pérdida, se entiende en la guitarra con Kevin Storm como hermanos de toda una vida. Hay un sentido del buen gusto, una sutileza que se vale por las capacidades de sus intérpretes, donde el shoegaze pasa de ser un agregado a un condimento fundamental en la infalible receta de los alemanes. El mínimo de luz que entra en los espacios que deja el espesor de la niebla sonora, solo ese mínimo basta para armonizar climas distintos en un ecosistema único. Lo que también apreciamos en «Wastelands», donde la batería de Nils Groth toma en el inicio el núcleo gravitacional que normalmente tiene a Eklatanz como su dueño legítimo. Es la gran virtud de Heretoir como un nombre que se basta por sus principios ante todo, el gusto musical y un concepto genuino llevados a su propia vorágine humana. Y si le sumamos la entrega mutua con el público, hay algo en ellos que les vale un sitial de honor que poco y nada nubla su prioridad artística.
La admiración por Austere -referentes absolutos del black metal depresivo en los 2000-, se traduce en una conmovedora versión de «Just for a Moment», con Eklatanz en la guitarra y voz, en plan solitario. Notable cuando el líder y fundador se refiere con su humor característico al hecho de girar por el mundo con una sola guitarra, una locura en el circuito mainstream, una constante cuando tienes que hacer las cosas por ti mismo. Es de esos momentos que superan el factor musical, y tienen que ver con lo que se traspasa e identifica a quienes saben que las buenas ideas se cubren con algo más poderoso que el equipamiento o el software: la voluntad de expresar algo que trascienda las barreras humanas. «The Circle (Omega)«, la pieza que clausura la Opus de 2017, tiene todo eso y su interpretación en vivo es una viva señal de sus creadores yendo por más en el viaje. Como reza la obra en su título, Heretoir completa en cada pasada un círculo propio, uno donde cada nota se respira como si fuera el último día en la vida. Y el broche dorado con «Eclipse», nos deja orbitando en otros planetas a años luz del nuestro. Sí, suena cliché, pero lo que una banda como Heretoir logra hacernos sentir, merece exprimir litros de imaginación, a lo mejor imposibles de describir en términos analíticos, pero adjuntos al sentimiento que hace de esta música un encuentro de sanación y respuesta introspectiva.
No podemos terminar esta nota sin destacar, nuevamente, el aporte del Colectivo Feral a la difusión de un género que no necesita ceder a los vicios de las industria musical para trascender en quienes abrazan la diferencia. Tampoco descartar que haya una próxima vez de Heretoir en suelo chileno, porque lo vivido anoche en la sala RBX tuvo pasajes de catequesis sonora, así literal. Es todo lo que se puede vivir y respirar en su propia esfera nocturna, en un círculo que se cierra para abrirse una y otra vez a quienes lo exploren con gusto.
Genetics: abriendo la Caja Musical (2024)
Por Claudio Miranda.
Fotos Rodrigo Lagos @rodrigolagos_c .
El caso de Genetics, a nivel de trayectoria y aporte artístico, es digno de admirar y estudiar. El grupo formado de las cenizas de Rael, banda de culto argentina cuya propuesta se empapó en Genesis sin ninguna culpa, lleva poco más de 20 años rindiendo homenaje a la legendaria banda británica en su etapa clásica, la del ciclo 1970-80, tanto el tiempo mitológico con Peter Gabriel a la cabeza como el amanecer de la era Collins poco antes del estrellato de estadios. No es solamente la interpretación, la experticia o el equipamiento; es la atmósfera de una época de leyenda, cuando Genesis era una rareza musical para el mundo, con un frontman de desplante teatral llevado hasta la locura (literalmente, muchos pensaban que Gabriel era un loco de remate) y una propuesta que marcaría los años imperiales del rock progresivo de la Bretaña del mito.
No ha pasado un año desde la visita anterior (dos fechas, igual que ahora), cuando se sumó el maestro Steve Hackett en una jornada de ensueño, al mismo tiempo que en 2022 los argentinos venían presentando el repertorio del bootleg «Live at Lyceum 1980». Esta vez, el Nescafé de la Artes sería el lugar elegido, y así como se anunció una fecha especial para recrear el concierto registrado en el Rainbow Theatre en 1973 (en el marco de la celebración-promoción del fundamental «Selling England by the Pound», también fue la oportunidad para sumar otra fecha y ofrecer un repertorio distinto. Y Genetics, a base de experiencia y el estudio meticuloso del Genesis alienígena, la tienen clara cuando se trata de capturar y proyectar la mística de un conjunto que le voló la cabeza a toda Europa y otras latitudes hace casi medio siglo.
La velada del miércoles 20 de Marzo en el recinto ubicado en la comuna de Providencia, sumó un invitado ilustre a nivel local y sudamericano. No hay otra forma de referirnos a H-Sur, quienes hacen de la música de Rush una experiencia de primera división para cualquier lugar en el mundo. Son 26 años de recorrido, más de un cuarto de siglo en la ruta y queda claro el porqué es una banda tan querida. De la intro con el audio de la mítica serie de comedia «Los Tres Chiflados» vamos al puntapié inicial con el preludio de «Cygnus X-1, Book II: Hemispheres» y el toque siempre refrescante de «The Spirit of Radio». No es solamente tener la competencia para tocar como Ged, Lerst y Neil, sino emular la energía con que los canadienses se ganaron un espacio tanto en los fans del rock de vanguardia como los inclinados al metal más crudo.
La trilogía con «Limelight», «Distant Early Warning» y «Marathon» nos deja en claro que el repertorio se inclina a la etapa ochentera de Rush, cuando el sintetizador se volvió tan fundamental como la guitarra en el distintivo sonoro de los de Toronto. Y H-Sur, una banda que respira un fanatismo que apunta a un hábitat de melómano y estudiosos, se expresa en toda su forma. Esa misma vocación por el estudio es lo que impulsa al baterista y fundador Michael Dumay a dejar la vida y poner de su talento creativo en el solo que se manda en medio de «YYZ», donde el homenaje al eterno Neil Peart va en cómo una infinidad de posibilidades se materializa en el talento y genio de un músico chileno que le exige a sus compañeros el máximo. Como tiene que ser si va a tocar Rush.
La introspección de «The Pass», el humor distendido tras una accidentada «Freewill» y la bruma de «Jacob’s Ladder», hacen de H-Sur un paisaje musical que en cada incursión en vivo se hace nuevo y atractivo. Incluso a pesar de que en algunos momentos muy específicos hubo problemas de lubricación, el final con la icónica «Tom Sawyer» nos deja con la satisfacción de un regreso a lo grande.
El espíritu de Rush en Chile está más vivo que nunca, igual hace más de 25 años cuando en el mismo recinto, entonces Teatro Providencia, un grupo de amigos-fans se subió por primera vez a un escenario para tocar la música de su banda favorita. Un cuarto de siglo y un poquito más, y no ha cambiado mucho, ni con el avance tecnológico de turno.
Poco después, a eso de las 22:30, el ingreso de los argentinos de Genetics marchando en fila desde la entrada del recinto hasta el escenario, nos sumerge de entrada para avisarnos que «The Battle of Epping Forest» será el disparo de salida en este viaje hacia el tiempo de los dioses en la Tierra. Hablábamos al comienzo de esta nota de lo que hace Genetics transformando el formato «banda-tributo» en un encuentro cercano al tercer tipo. Y cuando ves a Tomás Price mimetizándose en base su voz y movimientos escénicos con el sello camaleónico Peter Gabriel de 1973-74, sabes que la cosa para ellos siempre va en serio.
La sección «The Lamb Lies Down on Broadway», «Fly on the Windshield» y «Broadway Melody of 1974», todas del monstruo conceptual de 1974, define para iniciados y novatos el significado de la atmósfera en la música. Y lo que hace Genetics, dentro de lo maravilloso que es de entrada, también es una muestra de lo que hace del quinteto argentino una institución a nivel mundial. Tienes a Horacio Pozzo en el ‘papel’ de Tony Banks llevando la batuta con sus múltiples capas de teclado, piano, sintetizador y mellotron. Un estudioso de un sonido particular como su socio de ruta Claudio Lafalce, quien emula con fluidez absoluta la experticia de Michael Rutherford en su bajo Rickenbacker de doble mástil y las guitarras de 6-12 cuerdas.
Entre la pasada con «The Lamia» y la enorme «In The Cage», y la promesa de volver a Chile el próximo año para presentar la cumbre «The Lamb Lies Down on Broadway», la atmósfera que proyecta Genetics no es el de un tributo, sino de una embajada oficial que ofrece su propia liturgia a quienes no dudan en hacer de «The Carpet Crawlers» un karaoke, como el himno de todo un espíritu. La embajada de la leyenda, la de una época en que los discos sonaban con personalidad y los artistas eran mucho más que virtuosos de conservatorio. Prueba de aquello es la labor que se manda Leo Fernández como Steve Hackett en su guitarra Gibson Les Paul negra, tanto en el solo durante la parte media de «Firth of Fifth» como en la guitarra con slide que acompaña la voz de Price en la mencionada «The Carpet Crawlers», un pasaje musical de lo más cercano a la definición de hacer música como la gloria misma.
La batería de Daniel Rawsi, quien hace de Phil Collins también en las voces de apoyo, combina sutileza y bestialidad en el momento preciso. Y sólo así se entiende lo que ocurre en «The Musical Box», precedida de la lectura «gabrielesca» en inglés que hace Tomás Price del relato sobre Henry y Cinthia, un cuento de horror que inspiró incluso al cineasta William Friedkin para escribir el guión de «The Exorcist» (estrenada por esos años). Porque hay una intensidad, un aire de paz lúgubre que acentúa la angustia reinante en cada nota y golpe, y Rawsi la tiene clara cuando la potencia rockera en el material clásico circa 1970-75 es un factor imprescindible.
Tras el final de puño en alto con la suprema (y muy oreja) «I Know What I Like (In Your Wardrobe)», las palabras de Claudio Lafalce sobre «The Lamb Lies Down on Broadway» en vivo en Chile laten con fuerza adjunto al deleite de tamaño viaje en el tiempo. Es el encanto de Genetics como acto en vivo, una oportunidad imperdible para abrir la caja musical de una época que aún deja huellas en quienes abrazamos el sonido de los dioses.



















































































