Napalm Death «Scum» (1987)
«Scum»: Napalm Death y el ruido inconformista de la supervivencia
Por Claudio Miranda.
Durante los años en que el thrash metal se convirtió en un fenómeno, de la mano de Metallica, Slayer y Kreator. 1987, el año en que Guns N’ Roses redefinía el peligro en el rock n roll con su LP debut «Appetite for Destruction«. Los años del hard rock con cabellos escarmenados y el heavy metal cada vez más pulido, con la power-ballad y el estándar de MTV dictaminando el alcance masivo. En el plano global y político, el mundo estaba dividido en dos bloques y la Guerra Fría llegaba a su punto más tirante, con el presidente de USA Ronald Reagan llevando a cabo su plan de defensa estratégica, también denominada «La Guerra de las Galaxias».En el lado oriental, los efectos del desastre de Chernobyl van de la mano con una política de reestructuración interna de la hoy desaparecida Unión Soviética, llamada también ´Perestroika’. impulsada por el presidente Mijaíl Gorbachov.
En Chile, 1987 fue el año de la visita histórica del Papa Juan Pablo II. Un acontecimiento que refleja los turbulentos aires de un país en plena dictadura, con la represión y la censura a la orden del día. Un Chile hundido en el oscurantismo absoluto, del cual tardaría décadas en salir y sus efectos a nivel cultural serán igual de gravitantes que la radiactividad en Chernobyl y sus alrededores.
En un panorama global de tamaña índole, y con nuestro país lidiando con la cerrazón de un régimen totalitario, 1987 será el año en que una banda inglesa, originaria específicamente de Birmingham, cambiaría para siempre el rumbo de la música extrema. Una banda formada por quinceañeros que se iniciaron tocando música cruda y urgente, a la usanza de Crass, Discharge y Amebix, con alguna inclinación hacia el sonido proto-industrial de Killing Joke y las texturas disonantes de Sonic Youth. Y Por otro lado, y si bien su lazo natural con el hardcore-punk se notaba a todas luces, el componente ‘metalero’ venía de sus gustos por Voivod, Bathory, Death, Sepultura y los inicios de Death. El resultado de dicha mezcla sería un hardcore extremo, también llamado grindcore. Un estilo de naturaleza bastarda, incomprendido y vapuleado por quienes jamás vieron venir tamaña descarga de honestidad y resquemor anti-conformista. Y, por lejos, el punto definitivo de encuentro entre el punk y el metal en un mismo sentimiento de protesta y denuncia hacia el status quo.
Con una discografía extensa y sólida en todos sus surcos, las cuatro décadas de Napalm Death en la carretera no se pueden entender sin un disco seminal en todo aspecto. «Scum» no es solamente un LP debut, sino una declaración de principios. Lo que los musicólogos en su tiempo tildaran como «una masa de ruido ilegible», incluso haciendo hincapié en la supuesta «pobreza» técnica de sus creadores, en realidad es un despliegue de fuerza y agresión llevado hacia un extremo demencial. Ruido feroz hasta el sudor y tapada en sarro, ninguneada por los puristas de la escala pentatónica.
Los datos fríos son de no creer, ni en su momento ni hoy. 28 canciones en un LP cuya duración bordea los 33 minutos. En promedio, menos de 1 minuto dura cada corte, sin duda una ridiculez para los estándares musicales de ayer y hoy. Lo otro, cada lado del vinilo o cassette fue grabado por una formación distinta, donde el único nombre presente en todo el redondo es el baterista Mick Harris, quien se retiraría unos años después de la banda para emprender su proyecto electrónico llamado Scorn, entre otras incursiones futuras. Sin duda, un valor agregado si consideramos que en Napalm Death siempre primó el objetivo en común por sobre el individualismo.
El lado A, además de Mick Harris, incluye a Nic Bullen en bajo y voz, y a ‘un tal’ Justin Broadrick. Desde la bruma de mugre y furia que es «Multinational Corporations», queda claro que Napalm Death toma un estilo poco y nada de digerible. Hay un mensaje político que se escucha fuerte, y que en «Instinct of Survival», pese a su riff certero, toma forma y movimiento sin guardarse nada. Con lo justo, igual que en las siguientes «The Kill» y «Scum», donde reinterpreta tanto la esencia del free-jazz como el sonido doom de Black Sabbath para después arrasar con todo a su paso. La desesperanza de vivir en un sistema implacable, la estupidez que fomentan los medios de consumo masivo y la falta de pensamiento crítico son temas recurrentes y, le dan a Napalm Death una transversalidad que le da un carácter superior al de cualquier etiqueta de turno.
Hablábamos de canciones de duración brutalmente corta, y «You Suffer?» bate todos los récords con su 1,316 segundos. No obstante, «You suffer, but why?», es lo que grita Bullen como un recordatorio sobre la idiotez y el autoengaño, al punto de que el sufrimiento atribuido a la divinidad de turno no es más que la consecuencia de nuestra propia estupidez. El efecto propio de un golpe al mentón, suficiente para dejarnos tambaleando sobre un terreno fuerte en apariencia pero frágil por culpa de nuestra soberbia.
El otro lado del disco, quienes acompañan a Mick, también tendrían un Curriculum Vitae a desarrollar durante las próximas décadas. Lee Dorrian en las voces (fundador de Cathedral y propietario del sello Rise Above), un Bill Steer de 16 años en guitarra y el bajista Jim Whitely. Las tensiones en la interna y la perdida de interés en el proyecto por parte de Nic Bullen, donde en otro caso pudo culminar en un fracaso, fue un imprevisto con resultados positivos para mantener la coherencia en la producción. Justin Broadrick tomaría las baquetas en Head of David y, poco después formaría Godflesh. Steer se haría cargo de las seis cuerdas, para grabar un par de trabajos más con los de Birmingham antes de dedicarse a tiempo completo a Carcass.
La urgencia del cambio repentino en pleno proceso, explica las sutiles diferencias con la alineación anterior. «Ilusiones destrozadas, una existencia de mentiras, una lucha constante, libertad negada», el fraseo brutalmente desalentador de «Life?». Así como «Success?» de alguna manera ‘predice’ el fenómeno de las celebridades en redes sociales, los denominados «influencers» y a todos quienes buscan y obtienen fama inmediata por el afán de ser relevantes, al costo que sea.
Mirada en menos y todo , pero «Pseudo-Youth» es una cachetada a la uniformidad y el conformismo de una juventud cuya postura «rebelde» no es más que un medio para complacer a tu entorno, incluso yendo «a la contra» en vez de apelar a la convicción propia. La podemos hermanar fácilmente con «Moral Crusade», una denuncia justa y necesaria hacia los paladines de la moral, quienes fingen «corrección política» para disfrazar lo podridos que están adentro en realidad.
Si bien Napalm Death se mantiene firme desde entonces con un catálogo maravilloso e imbatible, está claro que «Scum» tiene una importancia imposible de desconocer. No es solamente la piedra angular de un género determinado, sino que, además de tomar el estandarte que portaba Discharge en 1981-82, fue la carta de presentación de unos Napalm Death que la tenían clara en todo aspecto. La música extrema no era solamente rapidez, gritos guturales y letras sobre demonios, guerra y asesinatos. También reflejaba la urgencia de gritarlo todo en un mundo donde la basura, lamentablemente, rige los destinos de quienes estamos marcados para morir mientras pagamos nuestro consumo en cómodas cuotas. Y todo eso con lo mínimo en producción y el máximo en ruido.
Sangría – Esclavo de la Ira (2024)
Por Claudio Miranda
La ruta y (tal vez) la vida de Sangría es como su música. Lenta, pesada, revolcada en el lodo, y muy, pero muy podrida. Son los rasgos inherentes de un género como el sludge metal, el cual se encontraba casi desierto en Chile, y que los hermanos Osvaldo «Oss» y Carlos Frías Salazar vienen cultivando desde hace poco más de dos décadas a nivel local. Y en Sudamérica. Como pocas agrupaciones que en su tiempo se la jugaron por preservar los valores del rock pesado, en el sentido literal de la frase. Inclúyase tanto el recordado proyecto Bicéfalo -Sangría con Comegato, de Yajaira y Electrozombies-, como Kontra -proyecto fundado por Oss y el cual incluye a integrantes de Alterhyde, A Sad Bada y Budasses. No es solamente un Curriculum Vitae, sino un recorrido a lo largo de territorios poco accesibles e inhóspitos. Recovecos donde pocos son capaces de poner un pie sin hundirse en la blandura del pantano.
Fue una espera larga, cerca de 10 años después de «Agnosis» (2015), hace poco reeditado en vinilo. Una placa definitoria que confirmaba lo que en «Renaces de la Miseria» (2009) explotaba como un volcán, con la lava chorreando y arrasando con todo a su paso. Es una década de espera que, sin embargo, tuvo mucha agua -y lodo, sobretodo- fluyendo a base de actividad en vivo y jornadas históricas, destacando las aperturas a Eyehategod y Amenra en nuestro país. Por ende, y obviando la emergencia sanitaria que nos tuvo en la cornisa, era cuestión de tiempo para que los hermanos Frías Salazar y el baterista Pablo Benavides volvieran a la primera plana de lanzamientos discográficos con «Esclavo de la Ira», un trabajo que mantiene el impulso por reflejar el odio que que consume diariamente a la humanidad. Al mismo tiempo, hay toques distintivos respecto a las opus anteriores, poniendo los pies en terrenos ligados al post-metal y cocinando a fuego lento una producción que juega a lo grande sin transar un ápice de su integridad.
La cortina de distorsión reptante de «Kutran» -la enfermedad que fulmina a quienes provocan daño a la naturaleza, de acuerdo a la cosmovisión mapuche-, le da el pase quirúrgico a «Hijos de Nada». La guitarra hiriente de Carlos, marcando la entrada para que el bajo de Oss y la batería de Pablo se sumen a la acción, en un plan de ataque coordinado a la perfección y con efectos devastadores. Un aluvión de riffs pesados hasta el sudor, con la voz de Oss sonando más fétida que nunca y llevando el concepto de «lo peor de lo peor» hacia un nivel más épico. La otra mitad del corte tiene como centro de gravedad el bajo de Oss, para dejar caer todo el peso de nuestra existencia. Desde el estómago y sin sutilezas, como tiene que ser.
Un sonido de respiración mortuoria es el que da el ‘vamos’ a «Somnia», una pieza más orientada al doom y con ese toque Crowbar que Sangría mantiene incólume en su rúbrica. El hastío, el letargo que nos hace sucumbir en la muerte diaria, es un concepto que Sangría maneja a la perfección en un género que no se ampara en el monstruismo ni la velocidad, sino en la convicción por el uso de afinaciones bajísimas y ritmos lentos hasta la sofocación, siempre con el fin de transmitir emociones provenientes desde el lado más oscuro de nuestra condición humana. Y eso es lo que hace de Sangría una banda muy querida y fundamental en el circuito underground, más allá del subgénero o nicho en cuestión: lo descomunalmente genuina de su propuesta, desembocando en el principio que nos mueve tanto en la música como en todo ámbito de la vida. Te gusta o no te gusta.
El guiño a «In Utero» en el inicio de «Confrontación» tiene razón de ser. Oss, Carlos y Pablo se formaron escuchando Nirvana, no el del cliché «mártir-rockstar», sino el de aquella trilogía de álbumes que le devolvió al rock en los ’90s la crudeza que se perdió entre tanto clon genérico de Van Halen durante los ’80s. Y como reza el adagio en estos casos, lo importante no es de dónde lo sacas, sino hacia dónde lo llevas y el carácter que le forjas. Así se entiende la personalidad frontal con que Sangría, en todos sus flancos, define con profundidad abismal la naturaleza de una sociedad que vive en constante enfrentamiento. desde el punto de vista global, hasta en los caminos pedregosos que el individuo debe recorrer para sobrevivir en su entorno.
Por muy raro que parezca, «El Alma Gris» triunfa como el hit-single del disco, al menos en su primera sección. Pero la determinación mostrada tanto acá como en los demás surcos del redondo disipa cualquier duda o prejuicio. Y es en su segunda parte donde la guitarra de Carlos se convierte en la luz-guía que nos acompaña en esta travesía a campo abierto y en las fauces de la noche, con los ladridos de Oss abriéndose paso en pleno alud sónico. Esa avalancha de mugre y barro que derruye todo signo de jovialidad y esperanza, y nos sumerge en la realidad del desastre.
Es en la sexta estación del disco donde apreciamos el subidón de jerarquía en el proceso de escritura. Sabemos que Isis, Eyehategod y Neurosis son influencias vitales en el ADN de Sangría. Pero lo que ocurre en la instrumental «Ancestro» es de una naturaleza escalofriante, exponiendo su devoción por Russian Circles y SUMAC. Es ahí donde Sangría explota su potencial para construir paisajes de dimensiones pantagruélicas y donde el peligro es constante en cada golpe y riff. Es el latido de una tierra indómita, de los antepasados que claman por lo que es suyo, incluso desde otros planos. Qué notable el despliegue de Pablo Benavides, un baterista que la tiene clara respecto a disponer su experticia en los tarros en favor de una idea, la de los cimientos de una tierra que se resiste a la codicia ajena y reluce toda su épica, siempre con lo justo en recursos y el máximo en firmeza y versatilidad.
Nos detenemos un poco para señalar un recordatorio de lo que es Sangría más allá de su determinado estilo musical; el uso con maestría del contraste y la cadencia como ingredientes esenciales, la distribución de texturas cuyo espesor puede encoger la nariz de quienes se nublan con los récords de «notas tocadas por segundo» y el virtuosismo de clínica. No se malentienda; Sangría no solamente va a la contra de la pirotecnia, las tendencias recientes en producción musical y la pulcritud estandarizada, sino que lleva la metáfora del aluvión y la ira humana hacia un terreno cada vez más elevado, siempre priorizando la integridad sobre la ‘fórmula segura’. Tal como Electrozombies -sobretodo en sus últimos dos o tres LPs, en Sangría impera la vocación por el metal en su rol transgresor. Por eso es que cuando sus componentes, además de Eyehategod y Neurosis, invocan a Melvins, Godflesh, Celtic Frost y los todopoderosos Black Sabbath, lo hacen como si nos llevaran por un largo camino de regreso a casa. Hacia donde debe ser el metal en su origen como una fuerza natural totalmente ajena a todo dictámen sociocultural.
Lo descrito en el párrafo anterior nos permite entender el cataclismo con que el último tramo del disco reafirma el estado de gracia y confianza con que Sangría circa ’24 consagra su autoridad cuando hablamos de música pesada en toda su extensión. Bajo el hálito industrial de Godflesh en «Ruinas del Hombre», hay una ferocidad que deja helado hasta al más valiente. Mientras que «Origen» te transmite la sensación de estar encerrado en una catacumba o un laberinto de espacio estrecho, donde la oscuridad puede sumir en un ataque de terrores nocturnos a quien no tenga preparación en dichas incursiones. Y es que en Sangría tienen más que claro que hacer esta música cuyo último fin es ‘entretener’, requiere de una actitud firme y la disposición a encontrarnos cara a cara con nuestro lado más tenebroso.
El broche con «Sentencia & Agonía» es todo un acierto, y no solamente en el título. El cierre de «Esclavo de la Ira» es la descarga final en pleno combate con nuestros pensamientos más oscuros, en cuyo fragor Sangría lo da todo hasta el último aliento. Es la hora final, cuando nuestro destino se sella en un morir lento y doloroso. Un debate entre el puñete del hardcore-punk y el temple intimidante del metal, culminando en un martilleo rítmico donde Oss utiliza su voz para encarnar el grito agónico de una raza condenada a la extinción total.
Probablemente el único ‘pero’ que se le podría achacar a «Esclavo de la Ira» es el largo tiempo de espera. Una década es mucho para una banda tan importante en el desarrollo del metal lodoso en nuestro país y, porqué no, Sudamérica. Por otro lado, en estos tiempos en que pesa más la producción genérica y la cantidad de reproducciones en streaming, y más aún tratándose de una banda se ha mantenido a un ritmo constante y prudente en el circuito de música subterránea en vivo, el tiempo y el resultado final le dan la razón al trinomio Oss-Carlos-Pablo. En especial porque la huella de Primitive Man, una de las bandas más destacadas del género durante la última década, está presente en varios pasajes del disco y se nota a kilómetros que tanto nuestros Sangría como los de Denver respiran el mismo hedor.
Puede leerse o sonar a chovinismo barato, pero es un orgullo que bandas como Sangría, más allá de cuán extenuante sea la competencia en otras latitudes del Globo Terráqueo, trasciendan al punto de que las fronteras geográficas ya no son una barrera infranqueable como en tiempos (no tan) remotos. Y es que si bien el sello chileno Kuyen juega un rol importante en la edición y distribución física, el arte a cargo del destacado fotógrafo y artista italiano Anima Mundi -reconocido por su colaboración en la producción visual de los supremos Amenra-, habla mucho del salto de calidad. Es el resultado de una búsqueda constante y un trabajo cuyo objetivo es llevar el sonido pesado hacia un lenguaje propio. Un idioma con respaldo en la convicción por refregarnos la miseria humana con que debemos lidiar a nuestro alrededor. Y el arte de Anima Mundi no solo cumple a cabalidad, sino que le da a Sangría una jerarquía ganada a pulso y mucho sudor.
Es poco lo que podemos agregar o profundizar en el aspecto técnico de Sangría en sus individualidades. La tarea de Pablo Benavides es como en el fútbol, empezando el equipo en el arco, generando solidez y dejando la sangre en cada golpe o patrón rítmico. Jugando en el medio y arriba, lo que hace Oss al golpear las cuerdas de su bajo es una cátedra de emoción y rabia transformados en música, donde gravita el esqueleto de Sangría. Por supuesto, su voz, hoy más rica en matices y tonalidades dentro de su respectiva escala de grises, se complementa en el ataque con la guitarra de Carlos, un instrumentista que le saca a sus seis o siete cuerdas un distintivo con efecto liberador. Todo aquello, si lo llevas al directo, se traduce a un acto de purificación sonora de proporciones impensadas en el circuito local hace 20 años.
«Esclavo de la Ira», como un todo, exuda honestidad y frustración a raudales. Da el paso adelante sin desprenderse de la cochambre sonora que expresa a lo largo de la placa. Lleva la podredumbre hacia donde las almas grises viven en constante choque, donde el sueño del descanso se vuelve un dolor hasta la locura. Ahí es donde Sangría nos lleva hoy, hacia las ruinas de una humanidad pestilente y cegada, condenada a agonizar en su propio reino de hambre.
Mourners Lament – «A Grey Farewell» (2024)
Por Claudio Miranda.
Para hablar con propiedad de Mourners Lament y el terreno que habita en su estilo, debemos recordar que el doom metal, primero que nada, va mucho más allá de un ritmo determinado. Tiene que ver con el impulso de la búsqueda, la exploración de emociones donde lo oscuro y lo humano se ven las caras en el mismo punto de encuentro. Si llevamos esta idea al desarrollo del género desde aquellos días en que la ferocidad del death metal se encuentra con tamaño manejo de progresiones y cadencias, podemos apreciar la infinidad de propuestas que basan el éxito en la convicción por tocar lento y transformar la cátedra musical en un encuentro emocional.
El camino que lleva transitando Mourners Lament, ha sido pedregoso, a un ritmo que pocos son capaces de aguantar hasta pasar al siguiente nivel de jerarquía. El EP «Unbroken Solemnity» (2008) y el larga duración debut «We All Be Given» (2017) se llevan por casi una década de diferencia, pero donde en su tiempo debió ser una desventaja, el contenido sonoro de ambas placas te habla de un proyecto que cocina su material a fuego lento. Por supuesto, fue necesario el movimiento de piezas en el equipo para dar el siguiente paso, esta vez en grande y denotando una ambición artística que los de Viña del Mar buscaban lograr con ahínco durante años, a pura sangre, sudor y (muchas) lágrimas. Con los antecedentes propios de la búsqueda de toda una vida en las profundidades de un mar con aguas poco amigables, «A Grey Farewell» llega a las estanterías como el fruto de años de estudio musical e introspección conceptual.
Cuando se trata de navegar en aguas poco accesibles a quienes se atreven a navegar rumbo a tierras ignotas, la atmósfera se convierte en un recurso de orientación más que válido. Y es que el arranque con «Towards Abandoment» nos sitúa de manera progresiva e inevitable en dichas profundidades, donde son pocos quienes se sumergen y vuelven a la superficie para contarlo con toda propiedad. De paso, la distancia de casi 7 años con el LP debut es imposible omitirla; donde antes era una carta de presentación que descansaba en los valores del doom y el death metal desde la necesidad, ahora hay una rúbrica que se jerarquiza en base a fuerza descomunal y buen gusto melódico. Las guitarras de Marcos Contreras y Matías Aguirre amplían la paleta de colores en un lienzo que, contra todo prejuicio, mantiene fresca su tonalidad brumosa. Seguida de «Changes», en una versión levemente mejorada de su original en el EP «Grieving at a Distance» (2022) y provista de un ropaje de arreglos de teclados y orquesta que empañan poco y nada el propósito del álbum. En realidad, esos detalles son los que optimizan el concepto a expresar en cada surco. Canciones de kilometraje justificado, con una estatura derechamente superior a sus lanzamientos anteriores. Por cierto, «Changes» supera los 13 minutos de duración y su enormidad te deja con escalofríos, por todo lo que ocurre en una cantidad de tiempo que pasa rápido como la vida mientras la observamos.
«Ocaso» tiene dos rasgos que la distinguen de sus hermanas. El primero es que se trata de la primera canción de Mourners Lament con letras en español. El otro tiene que ver con su duración, sus 7 minutos y 26 segundos la hacen la pieza más ¿corta? del álbum. Que dure lo que tiene que durar, lo que implique ver la luz antes de hundirnos en nuestro crepúsculo diario. Vamos de lleno al factor de las letras en español, porque es ahí donde podemos apreciar el extraordinario caudal de voz que Alfredo Pérez le aporta a Mourners Lament. Su riqueza de matices vocales le permite navegar en medio del oleaje armónico que el binomio de guitarras Aguirre-Contreras domina con maestría de veteranos. Nunca olvidar que, más allá de un género o subgénero determinado, Mourners Lament está conformado por músicos que se formaron escuchando metal a la antigua (Judas Priest, Iron Maiden, Mercyful Fate). Por eso es que las dos guitarras, en vez de hacer lo mismo como es la tendencia actual, crepitan armonías en favor de su propia matriz de expresión.
La evocación que proyecta «The Clear Distance» va de la mano con el peso de nuestra existencia. Nada de aquello se puede entender, por supuesto, sin el aporte de Rodrigo Figueroa en batería y Franco Ciaffaroni en el bajo, este último despachándose unas líneas de bajo, que en el lugar y momento indicado, toman el control gravitacional del álbum, incluso a la par de las guitarras. Mientras, Rodrigo Figueroa demuestra acá su experticia en los golpes con la fluidez suficiente para que Mourners Lament extienda su niebla de pena hasta los recovecos primaverales. Es en el corte 4 de «A Grey Farewell» donde saboreamos la pulpa, la carne de una producción que no escatima recursos de ningún tipo y el quinteto se muestra en toda su capacidad de ejecución e intensidad.
La huella de los primeros tres discos de My Dying Bride y los Anathema con Darren White, le da la razón a Mourners Lament cuando se trata de bañarse en un estilo y momento histórico determinados en la historia del metal extremo. Sus componentes se permiten visitar el lugar común para reforzar un lenguaje propio, agregando condimentos naturales como los teclados y sintetizadores de Eduardo Poblete y el cello -interpretado por Ramón Poveda-, instrumento que potencia la solemnidad sin quitar un ápice de crudeza. Por eso es que «In A White Room», adjunto a lo familiar que nos puede parecer de entrada, se levanta como la bestia de culpas que nos consume por dentro. Recalcamos la extensión de las composiciones, porque es ahí donde la la desnudez, lo que parece jugar en contra por la ausencia de rapidez y pirotecnia, acá se vuelve el momento perfecto para desenrollar su variedad de texturas y pasajes laberínticos, siempre moviéndose en un entorno tan denso como sombrío. Si el espesor vocal de Alfredo Pérez nos recuerda en varios instantes a Lee Dorrian -específicamente, Napalm Death en los tiempos de «Mentally Murdered» (1989)- es porque, como fan de la música extrema desde la tripa misma, decidió pulir sus capacidades vocales apelando a la raíz del estilo. Y el resultado nos muestra una voz de metal y derrumbe en plena forma, en el mismo sitial que referentes locales como Claudio Carrasco, Juan Escobar y el recordado Aldo Araya. Todos forjadores de un timbre arraigado en el espíritu del fanzine fotocopiado en blanco y negro, y el cassette-demo.
Pegada después de «In A White Room», el broche con «Mass Eulogy» es una oda al cataclismo personal por sí misma. Preserva el tono atmosférico del disco, pero brinda el espacio necesario para la variedad de ritmos en su justa dosis, para después disparar la última y volviendo a la niebla mortuoria de inicio, ahora con todas las voces instrumentales rodeando la implacable voz gutural en un clímax dramático que cierra dando el último aliento. Y es que así nos deja tras poco más de una hora de angustia y desolación sonoras, en el suelo y más abajo. Ahí de donde viene el metal, un lugar donde la condena y el tormento se vuelven nuestro destino post-mortem.
Es menester recalcar su soberbia -y espeluznante- producción visual, la portada a cargo del diseñador e ilustrador chileno Enzo Toledo (Poema Arcanus, Electrozombies, Bitterdusk, Invitado de Piedra). Simboliza el concepto detrás de un álbum concebido durante el desastre pandémico, no solamente en cuanto a la pérdida de vidas humanas, sino que alude, en gran parte, al final de aquellas relaciones humanas que se pudrieron en medio de la sin-razón desatada durante el encierro obligado. La muerte no solamente la relacionamos con la pérdida de un ser querido en el mundo terrenal, también está presente en diversas situaciones donde una amistad o un lazo familiar se marchita, con todo el dolor interno que conlleva de un lado u otro. De ahí la parca roja de sangre en pleno mar y bajo la luz de la luna, acarreando un bote con un cadáver envuelto; es la despedida hacia una vida anterior, un pasado que hoy navega a la deriva.
Mourners Lament da un paso categórico con su segundo LP. «A Grey Farewell» es la conformación de una huella dactilar que solo es comparable a la de ilustres como Poema Arcanus y los legendarios Mar de Grises. El doom, y esto es una constatación, se trata de adoptar la lentitud por convicción, el uso de la metáfora y la cadencia, y el ensamble de texturas con un desarrollo narrativo que nos encamina hacia el borde del abismo, sin ninguna posibilidad de redención en vida. Todo aquello con respaldo en un sonido literalmente pesado, sofocante para quienes no están habituados al metal lento y (muy) denso, pero liberador para quienes sabemos que hay algo más profundo y trascendente en el ocaso de la vida.
THERION «Leviathan III»
THERION y Leviathan III: Retomando el vuelo.
Por Meryth.
Lanzado en diciembre del 2023 Leviatán tres llega como complemento perfecto a las dos entregas anteriores con el mismo nombre formando, hasta ahora, una trilogía perfecta. Con un total de 11 canciones el disco cuenta con 52 minutos y medio de melodías sinfónicas operísticas que regresan a la banda a su sonido épico y original.
El comienzo del disco no deja tiempo al suspiro, pues tras las etéreas voces se apresura en aparecer el gruñido de Thomas Vikström inyectando inmediatamente de energía al primer track denominado “Ninkigal”. El orden y el caos parecieran ser parte dentro de esta entrega, siendo “Ruler of Tamag” una vereda completamente diferente a la anterior, casi como si se miraran de reojo la furia y la calma. Aquí las voces limpias brillan en su esplendor y la calmada melodía lidera el camino hacia la incorporación de algunos riffs de guitarras y coros tenores que combinan con la voz operística de Lori Lewis. Las letras de las canciones nadan entre dioses mitológicos y cuentos de hadas, creando la fantasía que tan bien saben realizar.
Una de las canciones más interesantes del disco es “An Unsung Lament”, tanto en la composición instrumental, el coro vocal y las letras que lo componen. En este track la energía somnolienta de una balada de cuna como era el tema anterior pasa a ser una explosion de riffs progresivos, sintetizadores interesantes y tintes de heavy metal que hacen valiosa la escucha. El final del tema es pegajoso y casi bailable, rozando más bien el pop que el metal pero haciendo un juego curioso al mezclar ambos estilos.
El tema más alejado musicalmente de la línea compositiva del disco es “Duende” que comienza con sonidos del folclore flamenco, cantada alternadamente en español y en inglés. La incorporación del folk, la mezcla de las guitarras rápidas y la orquestación en general, hacen de este track la apuesta más arriesgada de todo el disco. El resto de las canciones sigue una línea bastante similar, acordes felices, riffs rápidos de guitarra, percusiones aceleradas que hacen recordar el heavy metal muy de cerca y voces operísticas que le dan el toque sinfónico distintivo de Therion.
En resumen, Leviathan III es una entrega interesante de escuchar sobre todo si se cuenta con el tiempo suficiente para escuchar la trilogía completa. No supera musicalmente a Leviathan I pero se atreve a jugar con sonidos variados lo que hace el proceso de escucha entretenido, generando curiosidad por lo que vendrá después. En cuanto a las letras, estas giran en torno a historias mitológicas y religiosas siendo lo único que une la línea compositiva del disco. De cualquier forma es un disco que merece ser escuchado aunque sea una vez, alejando todo prejuicio de la mente y disfrutando cada una de las canciones que lo componen.
Therion se presentará este 15 de agosto en el Teatro Cariola gracias a Chargola producciones y los encargados de abrir el show serán los nacionales Lapsus Dei.
Tiamat «Wildhoney» (1994)
Wildhoney: el caleidoscopio sensorial de Tiamat
Por Claudio Miranda.
Así como nos explayamos sobre «Ceremony of Opposites» como la obra cumbre de los helvéticos Samael, aprovechamos el vuelo de 1994 como un año clave en la entrega de obras maestras que trascendieron todas las etiquetas posibles y por haber. Y en Suecia hubo una agrupación que, como muchos otros nombres de su estirpe, nacieron en una corriente subterránea para elevarse hasta lograr un sitial de honor. O, en este caso, un lugar de culto, reservado para quienes barren con todas las fronteras impuestas en un mismo territorio.
El impulso que mueve al metal es el de buscar nuevos caminos, explorar alternativas impensadas y, sobretodo, expresar una idea siempre en base a la integridad creativa. Suecia, un país de tradición metalera en (casi) todas sus ramas, nos dio en la década del ’90 a Tiamat, el proyecto estelar del músico, productor y artista visual Johan Edlund, un personaje reservado y, a la vez, dotado de una estampa en escena hoy reconocible en el metal europeo. Como los nombres insignes del género durante aquellos años, Tiamat nos entregó un catálogo imperial en cuanto a consistencia y atmósferas. Y es ahí donde «Wildhoney», su cuarta placa en estudio, triunfa inapelablemente como un disco de carácter angular.
El temple místico de Tiamat ya era un elemento presente y muy notorio en sus producciones anteriores. Tras el debut en grande con el primigenio «Sumerian Cry», la banda liderada por Johan Edlund y el entonces bajista John Hagel adquiere un nivel de aprendizaje extraordinario. «The Astral Sleep» (1991) y «Clouds» (1992) reflejan la orientación espiritual de los suecos potenciada a niveles propios de un conjunto veterano, con la bruma sonora del doom remarcando la dualidad de un estilo único en un ecosistema rico en creatividad e inspiración. Edlund y Hagel, secundados en el estudio por el baterista Lars Sköld, el guitarrista Magnus Sahlgren y el productor-tecladista polaco Waldemar Sorychta -responsable de forjar la personalidad tanto de Tiamat como Samael y otros nombres históricos del metal de vanguardia en Europa-, deciden dar el paso el siguiente nivel, uno bastante insospechado respecto a sus incursiones pasadas escribiendo música.
Si hay un elemento clave que define a Wildhoney como una propuesta inclinada al rock progresivo y la psicodelia a la usanza de 1970, es el amor de Johan Edlund por Pink Floyd. Hasta suena coherente afirmar que Wildhoney es, derechamente, el «Dark Side of the Moon» de Tiamat. Una obra capital en cada surco, donde tamaña fusión de metal extremo y vanguardia floydiana sorprende a toda una generación. Y es que el sonido de canto de los pájaros en pleno lugar campestre, seguida de una pieza musical breve pero atrapante, era una locura pensar en que se podía llevar a cabo. Pero cuando pasas de una a «Whatever That Hurts», te das cuenta de que hay ideas en común entre el viaje sensorial que es Pink Floyd y la introspección profunda -y dolorosa- de lo que conocimos en los ’90s como doom metal. Aquí no hay rimbombancia ni monstruismo, salvo en algunos espacios donde la voz de Edlund pasa del susurro al grito del tormento. Sin duda, una pieza enorme no desde el kilometraje, sino desde la virtud de hacer que el oyente se sienta gigante y pequeño, dependiendo del lugar donde se encuentre su estado anímico.
Dijimos en el párrafo anterior que «Wildhoney» es el Dark Side of the Moon de Tiamat. Y si aquella afirmación te parece exagerada, el paso inmediato de «Whatever That Hurts» a «The Ar» rebate todo intento de discusión. Las pulsaciones se aceleran, los teclados adquieren un rol de vital importancia y la voz soprano de la querida Birgit Zacher (Sentenced, Moonspell) potencian la grandeza que Tiamat proyecta como si entonces llevara un recorrido de décadas haciendo música de estampa suprema. En su segunda mitad, como si se tratara de nuestra respiración interna, «The Ar» nos muestra a Tiamat haciendo vanguardia desde la necesidad de comunicar un sentimiento de reflexión para volver a la intensidad del inicio. Y como en todo viaje, «25th Floor» ejerce como estación intermedia con su follaje de sonidos torrenciales, para contemplar desde las alturas el gran valle que es «Gaia». El encanto de «Wildhoney», el álbum en su totalidad, radica en lo que nos hace sentir cuando nos dejamos llevar. Aquí nos sentimos pequeños, como un grano de arena en la playa que evoca la inmensidad del cosmos. Al mismo tiempo, la carga emocional que destila esta pieza conserva la grandeza individual, la de quien conecta con la música como una sensación o una imagen, y en ambas hay una idea con movimiento y forma reales.
Si el desempeño de Magnus Sahlgren como guitarra solista es de una excelencia suprema a lo largo de la placa, lo que hace en «Visionaire» parece denotar el vibrato de David Gilmour pero adaptado a un lenguaje propio. Como apreciamos en el rol de Waldemar Sorychta la influencia de Richard Wright en la generación de soundscapes, todo eso que hace de «Wildhoney» tanto una experiencia sensorial como la foto precisa de un momento único de creatividad. «Kaleidoscope» se basta de su breve duración -un minuto y 20 segundos-, y nos ubica de inmediato en el lugar más recóndito de nuestra existencia, para que «Do You Dream of Me?» se encargue de botar en grandes pedazos la piedra del alma más endurecida. «Cómo quisiera irrumpir en tus sueños, ¿tendré la fuerza necesaria para irrumpir en tus sueños?». La nostalgia y el deseo de conectar con un ser ausente. El ensueño y la duda ante un sentimiento no correspondido. Todo aquello adjunto a un arreglo musical impecablemente minimalista y constante, con un espacio donde la intensidad aumenta a punta de percusiones marciales y una guitarra española que habla lo justo y necesario.
La figura etérea de «Planets», nos da la razón a quienes sabemos que con lo mínimo en recursos podemos recorrer hasta el último rincón del espacio sideral, la frontera final. Y el cierre con la grandilocuente y brutalmente enorme «A Pocket Size Sun» encarna la catarsis máxima. No desde el exceso de producción ni la pirotecnia, sino desde algo tan simple como vital: comunicar una idea o un pensamiento. Reiteramos, si este disco denota la huella de Pink Floyd desde su concepción hasta el resultado final, el único argumento que vale está a la vista. O al oído. La voz de Birgit Zacher evocando la respuesta a las ideas y pensamientos que Johan Edlund profesa como una paz interior que poco y nada tiene que ver con el del arranque del disco. Una estructura musical que se basta con lo justo para elevarnos al máximo. La batería de Lars Sköld proyectando una inquietud dominada a pura maestría y talento, lo mismo para un Magnus Sahlgren derechamente soberbio en las seis cuerdas. Culminando todo a puro instinto y entendimiento, una dualidad quizás extraña en los tiempos modernos pero apropiada cuando una idea llega a buen puerto.
Si bien los trabajos siguientes nunca gozaron del mismo nivel creativo y la energía brindada sufrió un desgaste considerable, tenemos claro que Tiamat hizo los discos que tenía que hacer. Y los publicó en un momento clave, cuando Katatonia navegaba en medio de una tormenta de doom y death metal antes de abrazar su estilo prog-alternativo de hoy, y un lustro antes del triunfazo de Opeth con el seminal «Blackwater Park» (2001). Donde era más fácil recurrir a la fórmula ganadora, Tiamat nos entregó a través de Wildhoney un caleidoscopio. Diversidad y cambio en favor de lo que los hizo grandes de verdad.
Samael – Ceremony of Opposites (1994)
Por Claudio Miranda.
Pareciera que Suiza no tiene un renombre como escena metalera respecto a los gigantes de USA, Inglaterra, Suecia, Alemania, incluso Brasil. Pero la orientación vanguardista de sus hijos ilustres dice todo lo contrario en cuanto a huella. Celtic Frost en los ’80s abrió un portal donde el metal extremo cruzó la frontera hacia nuevas posibilidades de expresión y destrucción. Coroner, más enfocados en el thrash, le dieron al género un nivel de complejidad y buen gusto que les valió comparaciones (justificadas, hasta cierto punto) con los todopoderosos Rush. The Young Gods, por último, tomaron la bandera de los sonidos industriales y nos entregaron una tirada de producciones que el propio David Bowie se refirió como fundamentales para recuperar su brújula durante el promedio de los ’90s. El último nombre en sumarse fue una banda nacida en el black metal más cavernario, liderada por dos hermanos que en algpun momento se la jugaron por dar el paso hacia adelante. Un paso gigantesco.
En los albores de la década del ’90, con un par de demos y un EP en la mochila, Samael inaugura su debut en Primera División con «Worship Him» (1991), un debut arraigado en el black metal a la usanza de Bathory, con brochazos de metal clásico al estilo de Iron Maiden, Venom y el primigenio Slayer. Tras la edición del sofomoro «Blood Ritual» (1992), los hermanos Michael y Alexandre Locher miran hacia otros horizontes sonoros y se nublan con el fenómeno de Ministry. «Psalm 69: The Way to Succeed and the Way to Suck Eggs» consagra a Al Jourgensen y sus secuaces como estrellas de la música industrial gracias a su mezcla de sabores y olores ligados al speed metal, el rockabilly, adjunto al hálito de peligro y ofensa que le da a la música un distintivo único e incorruptible. Godflesh y los propios The Young Gods también aparecen en el mapa y los Locher tienen más claridad sobre hacia dónde ir en su tercer lanzamiento.
Bajo la supervisión del músico y productor polaco Waldemar Sorychta -responsable de los mejores capítulos de Samael, Tiamat y otros nombres ilustres del metal europeo en los ’90s, «Ceremony of Opposites» marca un quiebre, un momento angular en el catálogo de una banda que, hasta entonces, y en palabras de sus propios creadores, «sonaba igual que el resto». Puede que a los fans de su primera época -y de todo el black metal más crudo y maldito- un disco de tamaña naturaleza les pusiera de mal humor, al menos en un inicio. Las cosas como son: los fans de Ministry y Godflesh sintonizan poco y nada con el sonido de caverna de Bathory y Darkthrone. Y viceversa, los segundos no entendían cuál era la gracia de que los primeros les gustara la música «hecha con máquinas». La respuesta llegaría en 1994 con «Ceremony of Opposites», cuyo título daba una idea de a lo que iba Samael en este episodio discográfico, con efectos inesperados. Y no solamente en el aspecto estilístico.
El rostro de un Jesucristo cadavérico con escarpias en la cabeza en su cubierta delantera. El símbolo del yin-yang con dos cabezas de serpiente en cada lado, sobre un fondo rojizo como sangre en su cubierta interior central. El deleite para la vista cuando la arremetida inicial de «Black Trip», cuyo riff principal te lleva hacia rumbo desconocido. En una senda parecida, pero con el monstruo asumando su cabeza a la superficie, «Celebration of the Fourth» hace bincapié en la atmósfera ocultista del álbum, donde los pocos rastros del black metal primitivo del pasado se funden de manera orgánica con la máquina, todo esto sin transar en lo absoluto su humanidad. Y ahí radica el gran acierto de Vorph y Xy como genios e ideólogos musicales: el uso de ritmos abreviados, con las cuerdas al aire sonando en favor de la construcción de un mundo de carne y máquina, el manejo sabio de las intensidades en cada pasaje. Por eso es que cuando llegas a «Son of Earth», te encuentras con algo que parece simple en cuanto a recursos, pero con una idea que pocos son capaces de profesar desde lo impensado.
Tan solemne e imponente que es «‘Till We Meet Again» en su entrada, y su desarrollo combina el sonido ritual con el avance impertérrito de la maquinaria. Mientras que el dramatismo de «Mask of the red Death» -inspirada en el cuento corto del mismo nombre por el maestro del horror Edgar Allan Poe- dibuja trazos de lujuria y muerte con una jerarquía que se vale de lo justo y necesario. Junto con el single «Baphomet’s Throne», se conforma ahí la pulpa de una obra, donde la voz de Vorph, prese a su crudeza extrema, se muestra legible y bien pulida al desplegar su abanico de matices. Igual que su dominio en la guitarra, el centro gravitacional en Samael, y más en «Ceremony of Opposites», el disco completo. Como es necesario recalcar el aporte de Xy en batería y percusiones, donde en cada golpe y fill proyecta su ‘voz’ como el trueno que retumba en los rincones más oscuros de nuestra condición humana.
Resulta inexplicable que «Flagellation» sea poco reconocida, porque es ahí donde la voluntad de Samael se expone como una realidad de otro mundo. Los teclados y samples a cargo de Rodolphe H., si bien son fundamentales en todo el disco -el único con la banda, a la postre-, acá comparte con la guitarra un protagonismo que al menos en el pasado era una locura sólo pensarlo. Distinción y talento llevados hacia donde pocos se atreven a poner un pie. Al igual que los brochazos de sintetizador en «Crown», cuyo nivel de complejidad y espesor, en vez de saturar la información entregada, resume los rasgos de una -entonces- nueva identidad. Siempre de manera genuina, sin caer en lo prefabricado y dejando en claro que con lo preciso en kilometraje puede pintar tu propio lienzo de luz y oscuridad.
Cuando pasan «To Our Martyrs» y la titular «Ceremoný of Opposites«, te das cuenta de que la duración del disco no pasa de los 36 minutos. En comparación a lanzamientos genéricos donde la duración sólo sirve para rellenar, Samael en el ’94 la tenia clara sobre hacia dónde ir, incluso sin saber a qué peligros se enfrentaría durante su viaje hacia territorios supuestamente ajenos al metal. En el ’96, el lanzamiento de «Passage» terminó consagrando una apuesta que se volvió realidad, pese al recelo de quienes temían que los suizos perdieran el rumbo. Todo lo contrario: ,Vorphalack y Xytras eligieron un camino que nadie pensó en recorrer, abrieron un portal hacia el mundo de los otros dioses, donde la carne y la máquina formaron un solo ser, el cual fue destinado a presidir la ceremonia de los opuestos en el mundo terrenal y espiritual. Lo que no se mide con el uso de etiquetas para suplir la falta de recursos literarios, sino en el objetivo de evadir las políticas ortodoxas e instalarse en un terreno inclasificable. Samael logró con éxito su meta, y «Ceremony of Opposites» es la prueba fehaciente de la existencia de un mundo que, hoy al menos, tan lejano no parece.
Mayhemic «Toba» (2024)
Por Claudio Miranda.
En el cada vez más nutrido circuito local de black-thrash metal de viejo cuño, Mayhemic se conforma como un nombre referencial por derecho propio. De las cenizas de Alienation y con integrantes que ejercen militancia en agrupaciones como Critical Defiance, Hellish y Deviants, surgió a finales de la década anterior este proyecto formado por fanáticos del metal a la antigua, hasta el sudor. El EP «Mortuary Feast of Skeletons» (2019)y el split con Hellish «The Rising of Darkness» (2020) son muestras irrefutables de un estilo que no busca reinventar ni salvar nada, sino reflejar en la música lo peor de nuestra condición humana, con la velocidad y los riffs malditos distribuidos con la sapiencia de quienes respiran hasta morir el metal más sanguinario y crudo. Fanáticos duros del Venom clásico, los Slayer del «Hell Awaits», Possessed, el primer LP de Sarcófago, y el thrash alemán en su fase primigenia (Kreator, Sodom y Destruction en sus inicios adolescentes), el haber nacido muchos años después de aquella era dorada del metal no les impide en absoluto comprender las reglas en el underground más allá de todo cliché. Simplemente, comen y respiran el género como lo que fue en un inicio: un impulso desde la tripa misma.
Grabado en los estudios AudioCustom, y bajo la supervisión del destacado productor e ingeniero Seba Puente, «Toba» le hace honor a su nombre en cada surco. El mítico supervolcán ubicado en la isla de Sumatra, en pleno sudeste asiático cerca de Indonesia. Su erupción hace 74.000 años -sus 100km de largo y 30km de ancho lo hacen el lago de cráter más grande del mundo- marca el punto angular para un compendio de relatos sobre un cataclismo de potencial extintivo. Y es ahí donde Mayhemic le atina medio a medio: hay cosas que no se miden solamente por la referencia a los padres fundadores de un determinado género musical, sino por los fotogramas proyectados en la música. En este caso, como una película de catástrofe con escenas de desastre y muerte de alto calibre.
La furia volcánica a la que apela el primer largaduración de Mayhemic se justifica desde el arranque con «Kollarbone Crushed Neanderthal», un comienzo perfecto cuando se trata de derribar todo sin dejar nada en pies. La orden es clara cuando se trata de devastar sin dejar sobrevivientes, con riffs asesinos y una voz desquiciada que escupe odio visceral como si en ello se le fuera la vida. Y cuando bajan la velocidad, es solamente para dejar caer todo su peso sobre una humanidad condenada. El tufillo al Sepultura de «Morbid Visions» está ahí escondido y encaja con brillantez en su idea del odio sudamericano como bandera. le sigue «Extinction & Misery», mucho más al hueso y firme en su nervio black-speed. Las guitarras de Doom y Noctumbra provocan un tiroteo constante donde las balas no hieren… acribillan.
La vena heavy metal de «Valley of the Tundra» puede sonar extraña respecto a casi toda la placa, pero en el contexto del álbum se entiende la idea de no aferrarse solamente a un subgénero determinado. El riff con melodía oriental marca una diferencia determinante, pero siempre en el marco íntegro de una agrupación que apela tanto a la caverna como a los paisajes tropicales donde el mar de lava ha minado toda señal de supervivencia. El iracundo -y breve- solo de batería en «Triumph Portrait», en tanto, nos devuelve a la pulpa sónica del disco. Un castigo que provoca fracturas múltiples, como si tomaran lo que hizo Kreator en el ’86 con «Pleasure To Kill» -la canción-, pero desarrollando un lenguaje propio dentro de un terreno que conocen de sobra.
La instrumental «Eschatological Symphony» nos permite apreciar más al detalle las virtudes de Mayhemic al momento de desatar la hecatombe con poco y nada en palabras y el máximo en una energía cada vez más descomunal durante cada pasada. Hacemos hincapié en la manera que el riff maldito, literalmente hablando, impone sus términos como forma incorruptible de expresión. El verbo no es proferir ni hablar, sino vomitar, el cual se conjuga a lo largo del álbum. «Hazardous Prowler» retoma dicha sensación de vómito, con un sentido de melodía que en vez de restar ferocidad, le suma potencia destructiva. El acecho de la bestia que abre sus fauces y te devora sin contemplación alguna. Se nos viene a la mente los Destruction del EP «Sentenced to Death», cuarenta años de diferencia pero las mismas ganas de mandar todo al carajo, y traducir aquel sentimiento de destrucción total en la música como si se supieran el camino de memoria, incluso en plena oscuridad de la noche y con las bestias del bosque fijando su mirada en la siguiente presa.
Con todo el mérito correspondiente a la banda, el oído quirúrgico del productor Seba Puente le permite al oyente contemplar el buen gusto con que una pieza de la talla de «Olduvai’s Lullaby» hace de «Toba», el álbum, un redondo que transita entre la paliza sónica y el viaje hacia el núcleo donde el magma fulmina toda señal de vida. Y es que el corte que titula el álbum, se asoma lentamente solo para que el horror de la erupción del maldito metal haga desaparecer todo vestigio de civilización. Reiteramos, si el metal no es capaz de escupir un sentimiento oscuro, o no genera imágenes o sensaciones, se queda en la cáscara. Y en la recta final, Mayhemic desborda todo su potencial destructivo sin que el status quo pueda hacer algo por mantener sus dominios en pie.
Culminando hace poco una gira por Bolivia, y acumulando hitos como la apertura a Marduk hace unos meses en nuestro país. está claro que a Mayhemic les está yendo muy bien y «Toba» es la prueba tajante de aquello. Por la misma razón que a referentes locales de la última década como Dekapited, los hoy laureados Demoniac, pesos pesados como Nuclear o leyendas del under más radical como Unaussprechlichen Kulten el éxito los unge a nivel local y sudamericano: porque sus integrantes son (muy) metaleros, y es cosa de mirar la portada del disco para comprobar su dedicación a toda prueba. Por eso les va bien tocando música que provoca de todo menos agradarle al resto. Y como el supervolcán que inspiró el título y los conceptos del álbum, Mayhemic puede alterar el curso migratorio de toda una región cuando la muerte se extiende como un mar de azufre.
Negative Ør Nothing «Void» (2024)
Por Claudio Miranda
Durante poco más de quince años, Negative Ør Nothing ha forjado una rúbrica que hermana lo abstracto con el vacío mental. La angustia que provoca el peso de nuestra existencia ha sido traducida en un catálogo marcado por las atmósferas espesas y las voces de angustia y lamento, las cuales se infiltran por los espacios que dejan sus capas de distorsión y ruido de ultratumba. Sus LPs «Non Metuit Mortem, Qui Scit Contemnere Vitam» (2015) y «Drowned» (2020) son fotografías en blanco y negro de un propósito que reniega de toda intención o mensaje optimista. Hay un buen gusto en las armonías que va de la mano con un sentimiento de tortura y sufrimiento lacerantes. Es lo que define a Negative Ør Nothing en su esencia, naciendo en el black metal suicida/depresivo, y creciendo hasta madurar y concebir su propio ecosistema de pérdida y lamento.
Lo que se fructifica en «Drowned», Negative Ør Nothing quiere llevarlo al siguiente nivel sin transar un ápice de su aluvión de negación. Y es así como nos encontramos con «Vøid», un trabajo de reducida duración respecto a sus hermanos mayores. Son quince minutos y medio, lo justo y necesario para sentir y distinguir una esencia incorruptible. Y no es un trabajo compuesto por 6 u 8 piezas, sino apenas dos. Por ende, hay un desafío mayo tanto para sus creadores como para el oyente, sea un iniciado o un novato. Y es que hablamos de una agrupación que se basta con lo mínimo en recursos para desplegar al máximo su propia visión de un mundo condenado a desaparecer.
El material que compone «Vøid» data de material inédito y escrito durante los días posteriores al demo «Introspections» (2011), así como un proyecto paralelo que, a pesar de su corta vida, dejó un legado para el futuro, el momento actual de Negative Ør Nothing. Son esos «recuerdos» enterrados bajo la arena del tiempo -o el olvido- los que le dan razón al nombre del EP. Hay un vacío, un elemento por la superficie del mundo exterior. Un conjunto de ideas descartadas en el pasado, y que hoy adquieren una dimensión real, una razón de ser sin cuestionamiento alguno. Es cosa de observar la portada del álbum, la ventana de una mazmorra desenfocada, donde la poca luz que entra en el día, en la noche se transforma en el fantasma de una salida que jamás hubo. Es la visión resignada de quien ve el exterior como una utopía mientras se consume en su propia miseria.
La pieza que inaugura el descenso hacia la oscuridad humana, «Sorrow Brings Forth», amanece como si alguien esperara su hora fatal. Es la imagen del destino que nos persigue hasta alcanzarnos, del reloj cuyas agujas giran hacia el tiempo de la sentencia. El tiempo de la lapidación y el castigo implacable, con la intensidad disminuyendo solamente para respirar antes del descenso hacia los infiernos sin posibilidad de subida. En el plano musical, resulta notable el paso del black metal cavernoso con tintes crust hacia un pasaje más tenue pero no por ello menos espeso. Es lo que produce el dolor, el desgarro de la amargura y la paz de la resignación ante la fatalidad del diario morir.
La segunda y última estación, «Devoid Self», destaca por la enormidad de su vorágine. No deja de ser llamativo que su origen radique en tres piezas compuestas para un proyecto que jamás llegó a puerto, porque el resultado final es propio de una dirección progresiva hasta cierto punto. A la antigua, pegando (literalmente) aquellas piezas en un distintivo que explora los nueve círculos del infierno, hasta el recoveco más subyacente. Es aquí donde se manifiesta Negative Ør Nothing en su estampa más grandilocuente y soberbia, con el vacío existencial gravitando en la música como una causa por la cual vivir años y siglos de agonía. No exageramos al hablar de un desequilibrio que muchos buscan obtener y pocos lo logran con éxito. Te hace sentir tan pequeño como enorme, y en ambos estados de ánimo el trazo de introspección se extiende hasta lo más recóndito de nuestra penumbra espiritual.
Para los iniciados en el género, las huellas de Leviathan, Silencer, Shining en su etapa primigenia y los primeros trabajos de Forgotten Tomb, son reconocibles a lo largo de los ¿apenas? 15 minutos de descenso sin vuelta a la superficie. Las múltiples capas de polución sónica no solamente ejercen de ropaje, sino que le brindan a la música un hedor que disipa toda señal de placer. Entre la fuerza del dolor y el vacío del yo desde su concepción, Negative Ør Nothing nos brinda un trabajo acotado y gigante. Lo primero por el poco tiempo de duración respecto a sus dos LPs, en especial «Drowned», el disco que terminó forjando su personalidad. Y gigante por el mismo vacío que motiva a un puñado de personas, como tú y yo, a llenarlo mediante lo que de verdad nos valida ante la ruindad de nuestro entorno.
Yajaira «Epopeya» (2024)
Por Claudio Miranda
A nada de llegar a los 30 años de carrera, Yajaira vive un momento que se traduce en la acertada elección del título. Tras finalizar el ciclo del sólido «Post Tenebras Lux»(2017), y con la emergencia sanitaria que mantuvo en vilo a todo un planeta, Comegato y Sam se las ingeniaron para mantenerse en forma y cocinar un largaduración que tuvo mil peripecias en el camino. Algo nos avisaron con el lanzamiento del EP «Turbias Visiones», pero el «gran proyecto» pedía a gritos salir hacia la oscuridad exterior, la que hoy envuelve a un planeta que sobrevivió al fin de los tiempos modernos. Resulta extraordinario que el título del álbum sea coherente con las hazañas de un conjunto que tuvo que superar mil y un obstáculos en un período de cuatro largos años. En palabras del propio Comegato a un destacado medio local: «… lo más cercano a un relato heróico sobre hechos y acontecimientos, largamente desarrollados, que tiene que ver con lo que nos pasó y en cómo fue hecho el disco«. Y con toda razón, si «Epopeya», tanto en la identidad de las canciones como en su trasfondo es una proeza, donde primó el valor y la voluntad en medio de la incertidumbre. Es la historia reciente de una agrupación pionera en el género stoner-doom en Chile y Sudamérica, marcada durante la última década por la convicción de la autogestión y la fidelidad a los valores del rock pesado en una época de altas turbulencias.
Si el anterior «Post Tenebras Lux» (2017) destacaba por su personalidad más directa y muy en plan «dos cucharadas y a la papa», ahora toman un camino distinto. Quizás elaborado y con un trabajo de arquitectura mucho más variado y grandilocuente. «Epopeya» es un edificio babilónico, un laberinto de atmósferas y momentos anímicos que nos sumergen en un mundo aparte. Y es cosa de tasar el corte titular, el más largo de la placa, para darnos cuenta de que en Yajaira hay un sentido del desafío que sus integrantes abrazan como una causa por la cual dar la vida en cada ciclo. Un sonido voluminoso y cristalino a la vez, un nivel de composición que nos remonta a los primeros tres discos, en especial «La Ira de Dios» (2002), pero siempre con la mirada hacia adelante y los pies en el entorno que los rodea hoy. Hay un toque progresivo que se manifiesta a lo largo en determinados pasajes, donde en 10 minutos ocurren mil cosas y donde cada instrumento y componente intercala protagonismo sin opacar al resto. El desempeño de Comegato, tanto en la voz como en el bajo, es una clase magistral de expresión que transforma lo abstracto en una idea concreta. En las bajas frecuencias, su entendimiento con Sebastián Flecha Arce, el baterista de los primeros dos discos y retornado para grabar el disco y algunas fechas en vivo, es inapelable cuando se trata de subir y bajar la velocidad en favor del objetivo en cada parada. La guitarra de Sam, en tanto, se mueve entre la consistencia y lo etéreo, invocando desde los fundamentales Soundgarden y Kyuss hasta la nube onírica de Cocteau Twins. Y como veremos en toda la placa, y así ha sido en sus LPs anteriores, no hay lugar para la obviedad del género, sino que lo que ya conocemos hace 30 años se canaliza con maestría en cada episodio.
En «Las Pestes» vuelve el Yajaira más directo, pero no nos confundamos. Si en ocasiones anteriores solían culminar el patadón de furia con una bajada hacia el letargo del valle, acá se la juegan por sostener su calor de metal crudo de inicio a fin. Sabemos que Sam, además de ser un guitarrista extraordinario, tiene una voz que rememora la entrega de Mark Arm. Y nada de eso nos previene de cómo exige sus cuerdas vocales hasta el último aliento, mientras Comegato acompaña en la voz como si fueran cómplices en pleno acto contra la ley o escapando ambos ante la amenaza pandémica que cobra vidas por doquier. La gran diferencia entre una buena canción y un puñetazo en la cara, se explica en esta pieza de manera clara.
El bajo acechante de Comegato es el centro gravitacional en «Cuerpos Extraños». Rock pesado en estado químicamente puro, sin etiqueta que valga cuando hay un propósito desde el estómago. El hálito a Saint Vitus en su fase primigenia con algunas cucharadas de Fleetwood Mac (Peter Green) el Pink Floyd post-Barrett, le da a este pasaje del disco un temple que se eleva hasta el firmamento. Dicen que el gran abismo no está abajo, sino hacia arriba, donde «Vuelta al Sol» levanta sus brazos para recibir la luz del astro-rey cada vez que su órbita lo acerca. Con qué elegancia y swing Yajaira te brinda esta pieza de antología, para después retomar los decibeles en «Algo se está Quemando». Uno de los adelantos de «Epopeya», donde Sam le exprime a la guitarra todos sus recursos ‘vocales’ en favor del viaje como objetivo manteniendo en trance al oyente para que la voz de Comegato lo despierte hasta mantenerlo en su mismo estado alterado. Sólido y consistente en cada surco, convergiendo melodía y eclecticismo en una rúbrica grabada a fuego en la piel. Y hablando de estados hipnóticos, «Rayo Psíquico» destila su encanto de manera sigilosa hacia quienes creen estar preparados para tamaña muestra de poder mental. Por cierto, cómo lo hace Flecha para conllevar la potencia de su pegada con la fineza propia de la experiencia dentro y fuera del rock pesado. Pieza fundamental en un trabajo que marca diferencias y, al mismo tiempo, reluce la integridad de una agrupación que se aferra a la suya.
El cierre con «Siglos de Opresión» define, precisamente, la rectitud de Yajaira como nombre estandarte del rock subterráneo. Su efecto es de un alucinógeno que de la paz inicial progresa hacia la desesperación, hasta dejarte en un estado psicótico de consecuencias irreversibles. En caída libre hacia la oscuridad de los tiempos, para terminar flotando en un limbo mental. Hay cosas que no pasan solamente por tocar de una forma u otra, sino que dicha forma de tocar y sonar derive en la proyección de imágenes y metáforas sin necesidad de caer en la explicación obvia. Por eso es que «Epopeya» marca un nuevo y apasionante capítulo en una discografía intachable; porque a sus creadores les gusta el peligro. No el de la caricatura rockstar, sino el que se debe a los mismos principios que los hijos de la noche profesan de manera silenciosa y ruidosa a la vez.
Los bonus tracks de «Epopeya» no solamente mantienen el nivel de la placa, sino que conforman un deleite para los fans del Yajaira antiguo. Tanto «Monolítico» como «Odisea» -son un acierto al incluirlas en un álbum que de por sí nos deja sin aliento. En especial la segunda, cuyo título y esqueleto sirve de enlace entre el inicio de nuestra leyenda subterránea y el presente marcado por ideas genuinas que se mantienen a contracorriente de toda señal de modernidad. «Epopeya» se debe a su variedad de ritmos a la par de su atmósfera de clima cambiante. Hay madurez y contundencia que en vez de restar vitalidad, le suman gracias a su propósito genuino. Mucho más de lo que esperábamos en estos tiempos, Yajaira nos ofrece una nueva gesta, tan inclasificable como suprema.
HAIL SPIRIT NOIR (Grecia), lanza su nuevo álbum “Fossil Gardens”.
Por Juan Carlos Ibañez @blacknedul
Desde las tierras de los antiguos dioses griegos nos llega el ultimo trabajo de Hail Spirit Noir, “Fossil Gardens” lanzado el 28 de junio por el sello polaco Agonia Records. La recomendación de este disco nos llegó por parte de una querida amiga que desde las sombras nos ha inspirado a escribir esta reseña. (¡gracias por compartir este gran álbum!)
Siempre es genial conocer nuevas bandas y estilos, que abran la mente a nuevos sonidos y variantes de la gran y versátil escena metalera actual. En ese contexto preparamos nuestros oídos para escuchar con atención este álbum, de una banda hasta ese momento totalmente desconocida para mí. Lo primero es un breve pero necesario resumen de esta banda. Hail Spirit Noir nace como trío en la ciudad de Salónica en Grecia el año 2010, con una propuesta musical que explora sonidos que transitan entre el black metal y el rock progresivo psicodélico, lanzando su primer LP el año 2012, el cual tuvo una gran recepción de los medios y público en general y siendo este “Fossil Gardens” su sexto larga duración.
“Fossil Gardens” nos ofrece 7 temas muy bien estructurados y ejecutados que completan 42 minutos de duración, durante los cuales serás transportado a un viaje musical con una experiencia sonora muy interesante. Lo primero a destacar es el arte de su portada que nos muestra una figura humana surrealista flotando en la inmensidad del cosmos, lo que nos abre más aun el apetito musical por descubrir esta misteriosa obra.
La travesía comienza con “Starfront Promenade”, que con suaves sintetizadores y una voz limpia parecen darnos la bienvenida a este viaje estelar para luego detonar en un black metal clásico, oscuro y tenebroso muy bien acompañado de algunos efectos, coros y armonías sutilmente equilibradas.
Luego continua, “The Temple of Curved Space” un verdadero temazo de un black metal que transita entre los medios tiempos y la aceleración extrema, con un doble bombo infernal y voces limpias que cambian sin aviso a alaridos desgarradores mezclados en una atmosfera psicodélica que te transportan a distintos estados y parajes cósmicos imaginarios. Le sigue “Curse You, Entropia” y “The Blue DoT”, dos temas de poco más de 5 minutos cada uno que mantienen la fórmula de todo el disco, con inicios armónicos y melódicos que luego se transforman en riffs oscuros, en ocasiones depresivos y cargados de misticismo.
No siendo un fanático del metal mas progresivo o experimental debo decir que la composición musical de Hail Spirit Noir me sorprendió gratamente, la incorporación de elementos electrónicos, sintetizadores y efectos no satura ni sobrecarga la apuesta sonora de la banda, al revés, creo que estos elementos se equilibran y complementan perfectamente para lograr esta atmosfera de black metal cósmico sin perder la crudeza y oscuridad de cada interpretación.
En prácticamente la mitad del álbum suena la majestuosa “The Road to Awe” que creo resume y simboliza lo mejor del disco, con diez minutos de duración no se hace interminable ni aburrida, muy por el contrario, cada minuto va transitando por todas las variantes experimentales de la banda, cargada de emociones y con una ejecución perfecta de cada instrumento. Definitivamente mi tema favorito de este disco.
“Ludwig in Orbit” nos brinda una tregua instrumental de 2 minutos, pausa necesaria para procesar lo que hemos escuchado hasta ahora, un corte progresivo que sin duda suma al valor conceptual del álbum. Todo llega a su fin con “Fossil Gradens” tema que da el título al disco y que logra un cierre magistral para esta pieza de verdadero arte musical.
Sin duda este disco ya forma parte de mi playlist y obviamente estará incluido en el ranking de los mejores lanzamientos de este 2024.














